Por Antonio Ledezma
Invocamos la historia no para quedar atrapados en sus relatos nostálgicos, sino para inspirarnos en el heroísmo de quienes enfrentaron grandes adversidades y supieron convertirlas en oportunidades.
El propósito es encontrar en ese pasado la fuerza necesaria para perseverar y convertir nuestros sueños en un proyecto de país.
En La República Fragmentada, Tomás Straka ofrece claves importantes para comprender la Venezuela de hoy. Según el historiador, la crisis actual no surgió de manera repentina: es el desenlace de tensiones incubadas a lo largo de dos siglos. Al desmontar la narrativa de la llamada “revolución”, Straka muestra la persistencia del caudillismo y del militarismo, así como la polarización, la desconfianza en las instituciones y el pesimismo colectivo que han impedido construir un proyecto nacional cohesionado.
Comprender ese diagnóstico no debe conducirnos al desaliento. Por el contrario, debe ayudarnos a superar las causas que han bloqueado el desarrollo del país. Hay que pisar tierra, confrontar la realidad y reconocer que el modelo impuesto durante los últimos años ha dejado a Venezuela con servicios públicos colapsados, una economía debilitada y enormes carencias, entre ellas la falta de electricidad y de agua.
El ingeniero Efraín Carrera lo pudiera resumir con una frase cargada de sarcasmo: “Sin luz no hay patria”. Más allá de la ironía, el mensaje es fundamental: sin energía eléctrica no es posible poner en marcha los motores de una República devastada. La electricidad no es un lujo ni un asunto secundario; es la condición necesaria para que funcionen los hospitales, las escuelas, las industrias, los comercios y los hogares.
La pregunta, entonces, es inevitable: ¿cómo se derrota el estancamiento económico que padece Venezuela? ¿Con qué medios volverán a abrir sus puertas los cientos de fábricas e industrias que permanecen inoperantes, particularmente en estados como Carabobo y Aragua?
La respuesta comienza por restablecer el Servicio Eléctrico Nacional. Venezuela cuenta con una importante capacidad instalada de generación hidroeléctrica y termoeléctrica, a la que podrían sumarse, de manera progresiva, fuentes alternativas como la solar y la eólica.
Pero antes de formular grandes planes hay que resolver lo más urgente. Sin electricidad no hay producción; sin agua potable no hay salud ni vida digna.
Basta preguntarle a un maracucho cómo se vive en el estado petrolero por excelencia de Venezuela, Zulia, durante los prolongados apagones y las fallas recurrentes del suministro de agua.
La historia también puede ofrecernos ejemplos de perseverancia. Rafael Arráiz Lucca ha publicado recientemente obras dedicadas a Simón Bolívar y a José Antonio Páez. En su libro sobre el Libertador recuerda que Bolívar quedó huérfano de padre y madre a temprana edad. Aunque heredó una considerable fortuna, debió enfrentar pérdidas, dificultades y una prematura viudez.
Sus convicciones, su formación y la fuerza de sus ideales lo llevaron al Monte Sacro, donde juró luchar por la independencia de nuestro pueblo.
La lección resulta pertinente para la Venezuela actual. Salir del atolladero exige algo más que diagnósticos: hace falta una dosis generosa de ilusión, de esperanza y de voluntad de servicio. También se necesitan ciudadanos capaces de honrar sus compromisos, como quienes suscribimos el pasado 24 de mayo el “Manifiesto de Panamá”.
En su obra sobre Páez, Arráiz Lucca recuerda que al Centauro de los Llanos no le temblaba el pulso cuando ordenaba: “¡Vuelvan caras!”. Así logró imponerse a fuerzas superiores en número de soldados y armamento. Lo que en ocasiones lo hacía caer de su corcel no era una lanza enemiga, sino la epilepsia. Sin embargo, nunca convirtió su enfermedad en un pretexto para abandonar la lucha.
También cuenta que Páez les temía a las culebras. Aun así, aprendió a enfrentarse a víboras más peligrosas: las traiciones. Esa imagen permite comprender la perseverancia de quienes, en la Venezuela de hoy, siguen defendiendo la libertad y la recuperación institucional del país. María Corina Machado representa, para muchos venezolanos, esa determinación de continuar la marcha pese a los obstáculos.
Otra anécdota revela el espíritu emprendedor de Páez. Durante su exilio en Nueva York intentó establecer una fábrica de papelón.
La historia demuestra que los venezolanos no carecen de iniciativa ni de capacidad creadora. Hoy también existen miles de emprendedores dispuestos a levantar fábricas, industrias y empresas de servicios. Pero para hacerlo necesitan condiciones básicas: seguridad jurídica, financiamiento, electricidad, agua e instituciones confiables.
No basta con afirmar que Venezuela posee ríos caudalosos. Es indispensable recuperar los acueductos, ampliar las redes de distribución, construir y mantener plantas de tratamiento y garantizar que el agua llegue a los hogares y a las unidades productivas. La reconstrucción nacional no se hará únicamente con discursos ni con recuerdos gloriosos: se hará transformando los recursos del país en servicios eficaces y oportunidades concretas.
Con razón proclamó el Libertador que “moral y luces son nuestras primeras necesidades”. Hoy, desde la sabiduría sencilla de un veguero del llano guariqueño, podríamos añadir: “Pero luz y agua también, camarita”.
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