La política no puede ser “AloLoco”



Juan Pablo Duarte, el padre fundador de la nacionalidad dominicana, fue quien expresó de manera más elocuente el verdadero significado e importancia de la actividad política como fuente del poder y la autoridad delegada por el pueblo mediante el sufragio universal: “La política no es una especulación; es la ciencia más pura y más digna, después de la filosofía, de ocupar las inteligencias nobles”.

La cita viene a cuenta a propósito de la aparición inusitada de figuras públicas con gran impacto mediático, los llamados influencers que mueven los ‘bites’ de las plataformas digitales creando cadenas de seguidores a través de la reproducción de una diversa gama de contenidos audiovisuales cargados de hedonismo y futilidad a veces innecesariamente vulgar.

No se trataría de algo intrínsecamente despreciable. Solo es el producto natural de la nueva sociedad líquida de la hiperconectividad y re-semantización de los códigos de convivencia humana. El peligro está en la pretendida suplantación artificiosa de la ‘real politik’ por engañosas ofertas de mesianismo digital ausentes por completo del necesario contenido filosófico de la ciencia política en los términos del postulado duartiano.

La crisis de representatividad ciudadana por la que atraviesa hoy el sistema político dominicano se convierte en un caldo de cultivo para el laborantismo político en la periferia de la llamada cultura urbana que tiende a rebozar los contenidos digitales en las redes sociales.

Pero tal como le explicaba a Junior, el taxista que me trajo a casa desde el aeropuerto la semana pasada, no es lo mismo mantener animada una masa de seguidores en la red social, a través del ‘podcast’ y los ‘lives’ de los influencers, que derivar de esa engañosa relación virtual una fuente de poder político capaz de transformar positivamente toda una sociedad. El riesgo sería demasiado grande.

Reflexionando sobre esta realidad, justificadamente preocupante para muchos, procuré la ayuda del ‘ChatGPT’ para que me refrescara la memoria sobre una famosa frase que había leído hace mucho tiempo en algún texto clásico moderno, «C’était pire qu’un crime, c’était une faute», atribuida tradicionalmente a Charles-Maurice de Talleyrand, el célebre diplomático y ministro de Napoleón Bonaparte:

“La frase está vinculada a uno de los episodios más escandalosos del gobierno de Napoleón: la ejecución del duque de Enghien (Luis Antonio de Borbón-Condé) en 1804.

El duque era un príncipe de la casa de Borbón. Napoleón sospechaba que estaba implicado en conspiraciones monárquicas contra él. Ordenó que fuera secuestrado en territorio neutral, llevado a Francia, sometido a un juicio militar y fusilado en el castillo de Vincennes el 21 de marzo de 1804.

El problema era que el duque no había sido demostrado culpable de la conspiración que Napoleón temía. La ejecución provocó una enorme conmoción política y dañó la imagen del emperador en Europa.

Es en ese contexto donde aparece la célebre sentencia de Talleyrand:

«Fue peor que un crimen: fue un error.»

La idea es especialmente mordaz: un crimen ya sería algo terrible, pero este acto era además un error político de enormes consecuencias.Concluyo esta reflexión de manera simple: Un error político puede llegar a ser peor que un crimen. Este último se reduciría al efecto jurídico por afectación a una única persona, pero un error político podría acarrear la ruina de todo un pueblo e incluso la de una nación entera.

La política no puede ser “AloLoco”.

Joaquín Gerónimo

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