Por Cándido Mercedes
“Los bajos instintos nos incitan a odiar y envidiar a los buenos hombres antes que a amarlos y emularlos. Sigmund Freud nos advirtió que en el ser humano se oculta una sucia y oscura pulsión que obtiene placer destruyendo”. (Eduardo Infante: Ética en la Calle).
No hay nada más poderoso que ser fiel a nuestros sentimientos, valores y compromisos.
La eternidad ha sido la eterna agonía del ser humano, no entendió su muerte, su temporalidad. A la muerte no concebimos entregarnos como una fluidez de fortaleza y debilidad, frente al otro que no vemos, empero, que significa no doblegarnos ante lo inexorable que es la muerte y nos vence.
La eternidad deviene y deriva en su imagen factual, ante la responsabilidad que significa valorar las consecuencias de nuestros actos en el plan de nuestras acciones y decisiones.
Como sociedad no somos una formación disciplinada, entendida esta como la capacidad de actuar ordenada y perseverantemente para conseguir un bien. Es un valor que exige, requiere autoexigencia, vale decir, dar la milla extra, el plus necesario, el esfuerzo extra, porque al final de cuenta la disciplina es la distancia entre los sueños y la realidad.
Es el alcance de nuestra imaginación puesta en acción. Es el despliegue de nuestras alas en función de un contexto, de una realidad, de unos límites.
Por eso, en gran medida, cuando hablamos del éxito es, en cierta forma, la instrumentalización de la disciplina. La disciplina es el medio, la herramienta, el puente, sin el cual no podemos lograr la fundamentación esencial de nuestra existencia como humano. Hoy en día el quid pro quo medular, nodal, de la vida, que solo niega la muerte, cuando obramos con:
1) Honestidad.
2) Honradez.
3) Integridad.
4) Ser justo.
5) Decente.
6) Rectitud.
La disciplina es el campo de las normas de una sociedad, de sus regulaciones y controles. Su praxis es lo que dimana las distintas fuentes de las relaciones e interactuaciones que expresan, a fin de cuentas, la estructura social, que constituye las bases, el andamiaje, las columnas en que descansan los soportes condicionados de nuestras acciones, pues el ser humano no obra en el vacío.
Es la estructura social y económica conjuntamente con la cultura lo que distingue una sociedad, un grupo social determinado de los demás.
Ya lo señalaba Compte-Sponville “Obra siempre de modo tal que la máxima de tu acción pueda ser erigida en norma universal”. Hay seres humanos que hablan de ética, de moral, de deontología y creen que simplemente es no robar, no ser corrupto en lo material. No obstante, la perversidad, la malignidad, la conspiración, la manipulación con el fin de lograr un objetivo es tan cruel como la putrefacción que ostenta la corrupción. Los hay en los dos planos.
Es pérfido, ignominioso, lacerante iniquidad el que actúa acusando a otro que no tiene nada que ver con un episodio, para el logro de un alcance político, de una desviación, sin considerar la vida de una familia. Es el caso de las elecciones municipales de 2020 cuando el gobierno del PLD acusó a un técnico de claro y a un coronel de la Policía, que fungía de coordinador de la avanzada del entonces candidato a la presidencia Luis Abinader.
El director de la Policía de aquel periodo, excelente investigador, siguiendo la agenda política, totalmente subordinado a un interés partidario, actuaría como brazo coercitivo de un certamen electoral.
¡Impúdico, desgarrador! De allí que la barbarie, la pose primigenia, de la génesis biológica del ser humano fluya hasta la expresión de la máxima violencia, que al fin de cuentas constituye la ebullición y evolución misma de la dignidad y del honor. Nadie debe mancillar lo que no tiene precio en aras de una conquista y de una conspiración para ablandar, neutralizar y mutilar, la firmeza y profesionalidad de un ser humano.
La única ventana, sobre todo, para los que, desde muy jóvenes, cuasi adolescentes, asumimos la participación, es el honor que conduce a la muerte visibilizada en todos los planos. Siempre critiqué el suicidio per se del arquitecto Figueroa en los baños de la OISOE. Si era inexcusable debió extenderlo a una expansión mayor: suicidio y homicidio.
El amor a la vida nos ha de llevar al entusiasmo de la muerte. No odio la muerte porque amo inmensamente la vida. No pienso nunca en lo que no controlo y más en la muerte, que es parte intrínseca, sustancial, de la vida misma. Mientras más vive la vida más se aleja aquella, sabedor que ella siempre nos mueve las manos como señal. Por eso, como decía Walt Whitman “Quien camina una milla sin amor, se dirige a su propio funeral llevando su propia mortaja”.
Hemos generado una organización social caótica, en gran medida porque existe una ausencia ostensible de grupos sociales de referencia, de un liderazgo político y empresarial carente de coherencia, de consistencia, de credibilidad. El capital reputacional es sencillamente horrido.
Una falencia, un desequilibrio entre el pensar, el decir y el actuar. Aquellos que viven en una prolongada agonía de su existencia entre lo personal, lo profesional y la vida pública. Aquellos que sus acciones y decisiones ocultas, si hablaran los dejaran desnudo en las calles. Aquellos que su currículo no visible opera en paradoja dantesca del que puede presentar formalmente.
Necesitamos una educación ciudadana que abrace sistemáticamente oteando en el cielo azul la dignidad, la templanza, la entereza. Hoy vivimos una realidad donde la mentira compite “favorablemente” contra la verdad, donde la manipulación y la posverdad juegan el rol de tratar de humillar a los seres humanos que se labran la vida de cara al sol.
Obran como si su propia vida fuera la proyección de todos los demás.
Buscan intereses espurios, tratando de mancillar la postura firme, sin estridencias de un accionar acrisolado en la virtud. Hay quienes luchamos por una imagen erguida, cimentada en la propia vida. Vida e imagen alineada en una misma dirección. Donde no hay espacio de una sin la otra.
Solo la muerte y con ello, el que la ocasiona, sin importar jerarquía, presteza y foco de iluminación. Es la rebeldía de la irreverencia al poder, sobre todo cuando es ejercido fuera de los límites legales, de la ausencia de legitimidad y donde los niveles de los dilemas éticos son las flores de sus metas a alcanzar.
La organización social pauta no solo nuestro comportamiento, nuestras conductas colectivas, nuestros pensamientos y con ello, todo el caudal de una estructura social, encadenada en la fosilización de un pasado, que no nos permite augurar un futuro más halagüeño.
Descubramos, cada uno, qué es lo mejor que podríamos hacer sin importar las circunstancias. Solo así habremos labrado la existencia de la eternidad y el cariño de los íntimos. Porque, como decía Victoria Camps, “Todo lo que es transparente es digno de imitar, todo lo que está revestido de opacidad, no es de fiar”.
