El Tratado de 1929 y el protocolo de revisión de 1936



Por Manuel Núñez Asencio

El expansionismo haitiano
La cuestión fronteriza dominico-haitiana no surgió de un incidente pasajero, sino de un largo proceso histórico que acompañó la formación de ambos Estados sobre el territorio de la antigua isla de Santo Domingo. Desde finales del siglo XIX, los gobiernos dominicanos denunciaron la progresiva ocupación de espacios situados más allá de los límites fijados por el Tratado de Aranjuez de 1777, considerado por la diplomacia dominicana como el fundamento jurídico de las soberanías heredadas de España y Francia.

Durante el régimen de Ulises Heureaux se intentó resolver el diferendo mediante la mediación de la Santa Sede. Enrique Henríquez y Emiliano Tejera defendieron los derechos dominicanos ante el cardenal Rampolla, pero las negociaciones fracasaron cuando Haití se retiró del proceso. Mientras tanto, la ocupación efectiva de extensas regiones fronterizas continuó mediante asentamientos agrícolas y corrientes migratorias que alteraron gradualmente la composición humana de territorios históricamente vinculados a Santo Domingo.

Cuando Horacio Vásquez abordó la cuestión, asistido por Manuel Arturo Peña Batlle, Miguel Cocco, Manuel S. Gautier y Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, la situación se había tornado particularmente difícil. La República Dominicana reclamaba Hincha, Las Caobas, San Miguel de la Atalaya, Rancho Mateo y otros territorios sostenidos por títulos históricos; pero la realidad demográfica favorecía las pretensiones haitianas.

El Tratado de 1929 representó una transacción de extraordinaria magnitud. La República Dominicana renunció a extensas reivindicaciones territoriales con la esperanza de asegurar una frontera estable y reconocida internacionalmente. Aquella concesión fue aceptada como el precio necesario para clausurar una controversia secular y establecer una convivencia pacífica entre los dos Estados.

Las cinco dificultades
El Tratado de 1929, lejos de clausurar la cuestión fronteriza, dejó abiertas cinco dificultades que revelaban la complejidad del problema dominico-haitiano y la imposibilidad de resolverlo únicamente mediante fórmulas jurídicas. La primera consistía en determinar la naciente del río Libón, cuya ubicación exacta era indispensable para fijar la línea divisoria; la segunda se refería al extenso tramo comprendido entre Restauración, Bánica y el río Artibonito, donde la frontera carecía de una demarcación material; la tercera afectaba el sector de San Pedro y el Fuerte Cachimán, cuya posición estratégica hacía particularmente delicada cualquier solución; la cuarta comprendía la zona del Carrizal, Rancho de las Mujeres y Cañada Miguel, donde el trazado permanecía incierto; y la quinta, la más compleja de todas, se extendía desde Gros Mare hasta la cabecera del río Pedernales, región sobre la cual persistían profundas divergencias.

Estas dificultades fueron resueltas mediante las negociaciones directas sostenidas entre los gobiernos de Rafael Trujillo y Sténio Vincent, culminadas en el acuerdo del 27 de febrero de 1935 y en el Protocolo de Revisión de 1936. Se fijó definitivamente la naciente del Libón; se estableció una carretera internacional cuyo eje serviría de frontera en el tramo Restauración-Bánica-Artibonito; se dividió el Fuerte Cachimán conforme a una línea precisa; se delimitó el sector del Carrizal y Cañada Miguel; y se trazó finalmente el recorrido desde Gros Mare hasta la cabecera del Pedernales.

Con ello quedó concluida la delimitación jurídica y material de la frontera. Sin embargo, la experiencia demostró que la cuestión fronteriza no era únicamente un problema de mapas ni de hitos colocados sobre el terreno. Detrás de cada accidente geográfico actuaban fuerzas históricas, demográficas y culturales cuya influencia se extendía mucho más allá de los tratados. La frontera quedó definida; pero la vigilancia de la soberanía y la preservación de la personalidad nacional continuarían siendo, desde entonces, tareas permanentes del Estado dominicano.

La luna de miel (1930-1937)

Los años transcurridos entre 1930 y 1937 constituyen uno de los episodios más singulares de la historia de las relaciones dominico-haitianas. Después de un siglo de recelos, conflictos fronterizos y rivalidades heredadas de la propia configuración histórica de la isla, pareció abrirse una etapa de entendimiento que muchos contemporáneos juzgaron definitiva. Entre Rafael Leónidas Trujillo y Sténio Vincent se estableció una relación de extraordinaria cordialidad política que las cancillerías americanas celebraron como ejemplo de conciliación entre dos pueblos a quienes la historia había acostumbrado a contemplarse desde posiciones encontradas.
La diplomacia de aquellos años estuvo animada por un optimismo casi febril.

Trujillo promovió una política sistemática de acercamiento cultural destinada a crear la impresión de que las antiguas divergencias habían quedado definitivamente superadas. En 1933 fue constituido el Comité de Relaciones Culturales Dominico-Haitianas, integrado por algunas de las figuras más prestigiosas de la inteligencia nacional, entre ellas Pedro Henríquez Ureña, Julio Ortega Frier, Federico Llaverías y Manuel de Jesús Troncoso de la Concha. Se aspiraba a que la cooperación intelectual consolidara en el espíritu de ambos pueblos la obra que los diplomáticos intentaban concluir sobre el terreno fronterizo.

La atmósfera de confraternidad alcanzó su expresión más visible en marzo de 1937, cuando se celebró en Santo Domingo un Congreso de Cooperación Intelectual al que concurrieron representantes haitianos invitados por el Gobierno dominicano.

Bajo los árboles centenarios del Parque Independencia se plantó solemnemente un símbolo de concordia destinado a representar la reconciliación definitiva de las dos repúblicas. La ceremonia fue revestida de toda la pompa que el régimen sabía desplegar cuando deseaba convertir un acto político en espectáculo nacional. Sin embargo, detrás de aquella escenografía cuidadosamente elaborada, la cooperación intelectual apenas logró producir resultados duraderos. La fraternidad proclamada desde las tribunas oficiales parecía responder más a necesidades diplomáticas inmediatas que a una verdadera integración de las élites culturales de ambos países.

El entusiasmo llegó a extremos insospechados. La delimitación fronteriza concluida en 1936 fue presentada como una victoria de la paz continental. En diversos círculos diplomáticos americanos comenzó a difundirse la idea de que Trujillo y Vincent merecían ser reconocidos internacionalmente por haber puesto fin a una controversia secular. La propuesta de ambos mandatarios para el Premio Nobel de la Paz apareció entonces como la consagración de una obra que muchos juzgaban ejemplar.

Aquel mismo espíritu inspiró la instauración oficial del Día de la Fraternidad Dominico-Haitiana, celebrado cada 14 de abril como testimonio de una amistad que se pretendía perpetua. El 22 de diciembre de 1935, en medio de un clima de gran entusiasmo y del «espejismo» diplomático el comité de la Corte de Arbitraje de La Habana emitió el voto de postulación al Nobel de la Paz de 1936, basándose en el entendimiento bilateral y las negociaciones que concluyeron con el trazado definitivo de la frontera a inicios de 1936.

Las demostraciones simbólicas se multiplicaron. Vincent fue recibido en territorio dominicano con honores reservados a los aliados más cercanos; Trujillo correspondió con visitas a Puerto Príncipe rodeadas de una magnificencia cuidadosamente calculada. La prensa dominicana, sometida al control absoluto del régimen, recibió instrucciones precisas de evitar cualquier referencia hostil a Haití. Los periódicos sólo podían publicar elogios al gobierno vecino y a su presidente.

El propio Trujillo llegó a declarar públicamente que por sus venas corría una considerable proporción de sangre africana, mientras la propaganda oficial difundía imágenes destinadas a impresionar a la opinión pública internacional, entre ellas aquella que lo mostraba besando la bandera haitiana durante una ceremonia celebrada en el Palacio Nacional de Puerto Príncipe.
Toda aquella política perseguía un objetivo concreto: crear las condiciones necesarias para concluir definitivamente la cuestión fronteriza. El Protocolo de Revisión de 1936 vino a completar las insuficiencias del tratado de 1929 y fijó técnicamente la línea divisoria entre ambos Estados.

Para alcanzar ese resultado, la República Dominicana aceptó nuevas concesiones territoriales, entre ellas el abandono definitivo del Valle de la Miel, considerado por muchos contemporáneos como el último precio pagado para comprar una paz duradera.

Vista desde la distancia, aquella era de fraternidad aparece revestida de una profunda ironía histórica. Nunca habían sido tan frecuentes las declaraciones de amistad, los homenajes recíprocos, los congresos culturales y los gestos de acercamiento. Nunca tampoco la propaganda oficial había insistido con tanta vehemencia en la existencia de una comunidad de destino entre ambas naciones. Sin embargo, bajo aquella superficie de armonía continuaban actuando fuerzas más poderosas que las ceremonias diplomáticas: las presiones demográficas de la frontera, los problemas derivados de la inmigración, las ambiciones geopolíticas de los gobiernos y las viejas incertidumbres que acompañaban la convivencia de dos pueblos distintos sobre una misma isla.

Por ello, cuando en octubre de 1937 estalló la tragedia fronteriza, el contraste adquirió proporciones dramáticas. Apenas unos meses antes se habían sembrado árboles de confraternidad, celebrado congresos de intelectuales y exaltado la hermandad de los dos pueblos. De pronto, aquella retórica se desplomó con estrépito. La violencia reveló que la amistad proclamada durante aquellos años había sido, en gran medida, un instrumento político al servicio de objetivos circunstanciales. La llamada luna de miel dominico-haitiana, presentada como el preludio de una era de concordia permanente, terminó convirtiéndose en el prólogo de la crisis diplomática más grave que conocieron las relaciones entre ambos países durante el siglo XX.

El Tratado de 1936; la frontera definitiva

El Protocolo de Revisión de 1936 puso término a las incertidumbres jurídicas dejadas por el Tratado de 1929, pero lo hizo al precio de una nueva concesión territorial. La cesión del sector de La Miel, unos 160 kilómetros cuadrados —extensión comparable a la de la isla de Antigua y Barbuda—, representó la aceptación definitiva de un hecho consumado que el tiempo, la ocupación y la negligencia de generaciones anteriores habían convertido en casi irreversible.

No faltaron razones prácticas para justificar aquella renuncia. Se alegó que aquellas tierras eran pobres y escasamente pobladas; se destacó la necesidad de asegurar una comunicación permanente entre el norte y el sur mediante la Carretera Internacional; se insistió en la conveniencia de clausurar un litigio secular que había sembrado discordias y tensiones.

Todo ello podía ser cierto. Pero la historia no juzga únicamente por la utilidad inmediata de las decisiones, sino también por su significado moral y político.

Porque los territorios no son simples extensiones de suelo. Son fragmentos de la memoria nacional, escenarios donde han actuado generaciones enteras y donde el Estado ejerce su soberanía. Renunciar a ellos es siempre un acto doloroso, aun cuando las circunstancias parezcan imponerlo. La Miel no era una comarca rica ni estratégica en el sentido clásico; pero su pérdida confirmó una verdad amarga: que la soberanía descuida sus fronteras a su propio riesgo y que el derecho histórico, cuando no está respaldado por la presencia efectiva de la nación, termina cediendo ante la fuerza de los hechos.

Sin embargo, sería injusto reducir el Protocolo de 1936 a una simple capitulación. El acuerdo fijó definitivamente la frontera, eliminó focos permanentes de conflicto y permitió al Estado dominicano emprender una política sistemática de consolidación de la zona fronteriza. La línea divisoria quedó trazada con precisión; pero la lección permaneció viva: las naciones no conservan su territorio únicamente mediante tratados, sino por la vigilancia constante de su voluntad histórica.

Así, el Protocolo de 1936 aparece en nuestra historia con un doble significado. Fue, al mismo tiempo, la clausura jurídica de un viejo litigio y la consagración de una pérdida territorial irreparable. Cerró una herida diplomática, pero dejó abierta una reflexión permanente sobre la fragilidad de los derechos nacionales cuando éstos no se sostienen con la energía moral y política de un pueblo decidido a preservar íntegramente su patrimonio histórico.

Las operaciones de expansión y posterior legalización fronteriza le permitieron a Haití ganar un total de 6,663 km² que originalmente pertenecían al lado dominicano según la línea de Aranjuez. Esto representó un incremento de aproximadamente un 31.6% de su territorio original.

Los años que siguieron al acuerdo de 1929 estuvieron marcados por un clima de acercamiento sin precedentes. Trujillo y Sténio Vincent promovieron una política de cordialidad que se expresó tanto en el plano diplomático como en el cultural.

La delimitación pendiente avanzó con rapidez. Comisiones técnicas recorrieron el terreno, corrigieron los puntos controvertidos y prepararon el trazado definitivo. El resultado fue el Protocolo de Revisión de 1936, que puso término a las dificultades dejadas abiertas por el tratado anterior. También se acordaron proyectos comunes, como la Carretera Internacional y el aprovechamiento compartido de recursos hidráulicos fronterizos. Tras la firma del Protocolo de Revisión de 1936, el territorio de Haití se consolidó formalmente en 27,750 km². En contrapartida, la República Dominicana (que en el siglo XX había llegado a tener más de 55,120 km²) terminó confinada a 48,448 km².

La comunidad internacional recibió el acuerdo como una obra ejemplar de conciliación. Sin embargo, dentro de la República persistía una sensación de sacrificio histórico. El nuevo trazado consolidaba la pérdida definitiva de territorios disputados durante generaciones, entre ellos el Valle de la Miel. La frontera quedaba finalmente establecida, pero no desaparecían las fuerzas demográficas y económicas que actuaban a ambos lados de la línea.

La aparente solución territorial coincidió con un fenómeno nuevo. Durante las primeras décadas del siglo XX, Cuba había absorbido una parte considerable del excedente demográfico haitiano atraído por la prosperidad azucarera. Entre 1915 y 1929 ingresaron legalmente más de 221,000 haitianos, cifra que aumentaba considerablemente al incluir la inmigración clandestina. Pero la crisis económica de 1929 y las políticas nacionalistas adoptadas después de la caída de Gerardo Machado alteraron ese equilibrio. Miles de trabajadores fueron expulsados de Cuba, mientras otros abandonaban Haití debido al desplazamiento de campesinos provocado por grandes concesiones agrícolas otorgadas durante la ocupación norteamericana.

Una parte significativa de ese flujo humano terminó concentrándose en la frontera dominicana. El fenómeno adquirió dimensiones suficientes para inquietar a las autoridades y alimentar la percepción de una creciente haitianización de las regiones fronterizas. Los censos y estimaciones de la época reflejan el aumento sostenido de la población haitiana en territorio dominicano, especialmente en las provincias limítrofes.

El último acto de la cuestión fronteriza se desarrolló en Puerto Príncipe el 9 de marzo de 1936. Allí, en El Palacio Nacional haitiano, los plenipotenciarios de ambas repúblicas suscribieron el denominado Protocolo de Revisión del Tratado de Fronteras, instrumento destinado a resolver las dificultades que habían quedado pendientes desde el acuerdo de 1929. Durante siete años, agrimensores, diplomáticos y comisiones técnicas habían recorrido montañas, ríos y llanuras intentando transformar en realidad geográfica una frontera que existía más en los textos diplomáticos que sobre el terreno.

El protocolo vino a cerrar ese proceso y a fijar definitivamente la línea divisoria entre los dos Estados.
La solución adoptada descansó sobre un principio que los juristas dominicanos habían combatido durante décadas. Allí donde la ocupación haitiana se había consolidado por el paso del tiempo, el derecho histórico cedió ante el hecho consumado. El antiguo deslinde establecido por el Tratado de Aranjuez de 1777 fue subordinado al uti possidetis de la posesión efectiva.

En otras palabras, la República Dominicana aceptó como legítima una realidad creada por la ocupación progresiva de territorios que las generaciones anteriores habían considerado integrantes de la herencia territorial española de Santo Domingo.

El protocolo y su anexo complementario, firmado pocos días después, el 15 de marzo de 1936, dieron origen a la frontera que todavía subsiste en nuestros días. Quedaban así resueltas las incertidumbres que habían gravitado sobre amplios sectores de la región fronteriza desde los días mismos de la independencia. La cuestión territorial, que durante más de un siglo había absorbido energías diplomáticas, parecía finalmente clausurada.

Pero aquella solución tuvo un precio. Entre las concesiones realizadas figuraba el Valle de la Miel, cuya situación había permanecido pendiente desde 1929. La entrega de aquel territorio, junto con las prolongaciones de Capotillo y otros espacios disputados, constituyó uno de los sacrificios más significativos efectuados por la diplomacia dominicana en toda su historia. La magnitud de las áreas cedidas fue considerada por numerosos contemporáneos como extraordinaria.

Para algunos observadores de la época, el conjunto de los territorios abandonados alcanzaba una extensión comparable a la de una pequeña isla antillana. Con ello culminaba un proceso de reducción territorial que, respecto de las líneas históricas derivadas de Aranjuez, significó la pérdida de aproximadamente 6,663 kilómetros cuadrados. La República Dominicana quedaba definitivamente reducida a una superficie cercana a los 48,448 kilómetros cuadrados.

Sin embargo, el protocolo fue presentado ante América como una victoria de la paz. Las cancillerías celebraron el acuerdo; la prensa continental lo saludó como un ejemplo de solución pacífica de controversias internacionales; y el entendimiento entre Rafael Leónidas Trujillo y Sténio Vincent fue exhibido como modelo de concordia entre dos pueblos tradicionalmente enfrentados.

Vista desde la perspectiva de la historia, aquella euforia adquiere los contornos de una ilusión trágica. Trujillo creyó haber comprado con concesiones territoriales una era duradera de estabilidad y buena vecindad. La frontera quedó trazada; las diferencias jurídicas desaparecieron; los gobiernos intercambiaron homenajes y declaraciones de amistad. Pero los problemas fundamentales que agitaban la región fronteriza no residían ya en los mapas, sino en las profundas transformaciones demográficas, económicas y humanas que se desarrollaban silenciosamente a ambos lados de la línea divisoria.

Apenas un año después de celebrado como arquitecto de la paz, el mismo régimen que había impulsado la política de confraternidad dominico-haitiana se vería envuelto en la tragedia de 1937. Así, el Protocolo de Revisión de 1936 quedó inscrito en la historia como el instrumento que dio a la República Dominicana su frontera definitiva, pero también como el símbolo de una paz que resultó mucho más frágil de lo que imaginaron quienes la proclamaban desde las tribunas oficiales.

Referencias bibliográficas

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