Marino Berigüete
La vicepresidenta ha dicho que sueña con ser presidenta. Y el problema no es el sueño, sino los que están despiertos. No los ciudadanos, que bastante tienen con lo suyo, sino los seis aspirantes que llevan meses en precampaña soterrada, recorriendo el país, gastando suela y tragando sapos en reuniones discretas.
Durante meses se han visto sonriendo en fotos con dirigentes abrazados, alcaldes complacientes, diputados leales y senadores desconfiados. Han prometido más cercanía. Han dejado que se filtren encuestas donde ellos aparecen como favoritos.
Se creían los protagonistas de la historia. Y ahora llega ella, con su sueño, a despertarlos.Raquel Peña, la académica. La que ni Hipólito vio venir. Ni en sus sueños ni en su instinto de viejo zorro, ese que huele la brisa del poder antes de que llegue a sus pies. Ha venido, además, a quitarle el trono a su hija: a la que, hasta ahora, era la única mujer aspirante en su partido.
Pero Raquel Peña no es una candidata más. Es la número dos del país. Es la que sale en la foto con el presidente cuando se anuncian decisiones importantes. Es la que, sin haber competido nunca en una elección nacional, ya conoce las entrañas del poder mejor que cualquiera de los que llevan meses en la carrera.
Puede estar en silencio y aun así moverlo todo. Para los otros seis, esto no es solo una amenaza: es un terremoto con epicentro en su vanidad.
Lo de la vicepresidenta no es un anuncio, es una declaración de guerra. Hasta ayer, la pelea era entre seis. Ahora tienen una contendiente con ventaja. Mientras los demás hacen fila para ver si les toca un micrófono, ella ya tiene uno. Mientras los demás intentan aparecer en televisión, ella interrumpe cualquier programa con solo levantar una ceja.
Mientras los demás buscan financiación, ella ya sabe cómo se firman los cheques en Palacio. Es como si un jugador entrara en el minuto 70 con las piernas frescas, cuando los demás ya tienen las rodillas rotas.
Y entonces, el tablero se sacudió.
La pregunta no es si puede ganar la primaria interna del PRM. La pregunta es cuánto daño puede hacer antes de ganar o perder. Porque así es la política: nadie llega a la cima sin dejar cadáveres en el camino. Y en su partido hay una guerra fría desde hace meses.
Se vio el 27 de febrero, en la Asamblea Nacional, cuando el presidente presentó sus memorias: egos que no se soportan, alianzas de papel, rencores que se disimulan con abrazos falsos. Un equilibrio frágil, pero equilibrio al fin. Y ella, la Vice, ha entrado vestida de blanco, como un elefante en una cristalería.
“No es su tiempo”, dicen algunos. Como si en política el tiempo lo marcara un reloj y no el instinto de un asesino. Como si alguien pudiera señalar un día en el calendario y decir: “Aquí, en agosto de 2028, te toca”. No.
La política es oportunidad. Es olfato. Es saber cuándo el rival está lo suficientemente herido como para que un empujón lo tire del escenario. Y ella ha visto la oportunidad ahora.
Los presidenciables están en shock. Primero, el estupor. Luego, la indignación. Y al final, la resignación. No lo dirán en público, claro, pero saben que la carrera ya no será la misma.
Hasta ahora podían pelearse entre ellos, pero al final se necesitaban. Ahora tienen que pelear contra ella. Y eso cambia las reglas del juego. Porque ella no viene a hacer amigos. Ella viene a ganar.
El problema no es que se postule. Es lo que deja en el camino. Su partido no está para grandes tensiones. No es un bloque sólido. Es una alianza de supervivencia, una estructura donde todos intentan no pisarse demasiado fuerte. Cualquier fractura puede ser letal. Y su candidatura es una fractura en sí misma.
Si gana, no lo hará sin consecuencias. ¿Cuántos de esos seis se quedarán en el PRM después de una derrota humillante? ¿Cuántos se pasarán a la oposición con una sonrisa? ¿Cuántos esperarán la primera oportunidad para cobrar su venganza? La política es así: no hay heridas que cicatricen, solo resentimientos que se enfrían.
Pero si pierde, la herida será aún peor. Porque entonces habrá demostrado que el cargo no lo es todo. Que ser vicepresidenta no significa ser la favorita. Que su cercanía con el presidente no es suficiente. Y eso la dejará sin margen de maniobra. Una vicepresidenta derrotada es un juguete roto. Y en política, los juguetes rotos no duran mucho en el escaparate.
Así que en el PRM ha comenzado la pesadilla.
Tal vez la vicepresidenta debería pensarlo bien. No por ella, que está en su derecho, sino por la estabilidad de su partido. Porque los sueños en política son como las tormentas: cuando llegan, arrasan con todo. Y este no es solo su sueño. Es la pesadilla de muchos. Y el insomnio de un partido que teme perder el poder.
Lo curioso es que Raquel Peña ni siquiera ha dicho que se postulará. Solo ha dicho que lo sueña. Y eso ha sido suficiente para que el país entero entre en pánico. Porque en política los sueños no son deseos inofensivos. Son amenazas veladas. Es como cuando un mafioso te dice: “Sería una pena que tu coche se incendiara”. No está diciendo que lo va a quemar. Pero ya sabes lo que va a pasar.
Ahora el país espera.
Espera a ver si el sueño se convierte en plan. Espera a ver cómo reaccionan los seis aspirantes que, hasta ayer, se creían dueños de la contienda y ahora tienen que reinventarse en tiempo récord. Espera a ver si el presidente se pronuncia, aunque ya sabemos que el presidente habla poco de ese tema y, cuando lo hace, es para repetir que no se postulará de nuevo.
Y mientras tanto, la vicepresidenta sonríe. Porque su jugada ha funcionado. Ya logró lo que quería: que todos hablen de ella. Que la vean como una opción real. Que la teman. Que la respeten.
Ahora, señores lectores, el sueño de la vicepresidenta ya es el insomnio de muchos. Y en política, mantener despiertos a los demás es más importante que ganar una elección.
