Marino Beriguete
Cada mañana despertamos en un país que se parece menos al del día anterior. No por revoluciones ni discursos encendidos en la Plaza de la Bandera, sino por algo más discreto y persistente: el algoritmo.
Ese virus sin síntomas que decide lo que vemos, lo que compramos, de quién desconfiamos y hasta qué nos parece gracioso. Mientras tanto, los políticos siguen hablando como si el mundo continuara en VHS. Como si una rueda de prensa moviera votos.
Como si un discurso en el Congreso no terminara deshecho en memes antes de que acabe la sesión.
Vivimos en la era postpolítica, un lugar semejante a un aeropuerto de madrugada: mucha gente caminando sin saber hacia dónde. Ya no hay ideologías, hay relatos.
Ya no hay militancia, hay comunidades online. La vieja división entre izquierda y derecha ha quedado reducida a dos opciones: viral o irrelevante. Y eso no lo decide una urna. Lo decide un algoritmo que no duerme.
Los políticos siguen actuando como si fuera 1997. Se disputan minutos en televisión mientras TikTok ya dictó hace horas qué opinan los adolescentes de ellos. Se indignan con las portadas de los periódicos cuando las portadas reales están en los trending topics. Creen que dominan el relato y no entienden que el relato ya no se escribe: se desliza con el pulgar.
En este tiempo, el poder no lo tiene quien convence, sino quien entretiene. Los debates se ganan con un chiste breve que pueda convertirse en clip. El liderazgo no se mide por trayectoria, sino por cantidad de likes. La política se volvió un género del entretenimiento: un reality que unas veces parece la casa de Alofoke y otras un concurso de frases ingeniosas.
Lo inquietante no es que esto exista, sino que quienes deberían gobernar todavía no lo entienden. No es que estén desconectados: están enchufados a una realidad que ya cerró por inventario. Mientras tanto, los nuevos poderes —tecnológicos, culturales, digitales— avanzan sin pedir permiso, sin votos y sin rendir cuentas.
Quizá el futuro no necesite políticos. O quizá necesite unos que sepan que gobernar ya no es hablar fuerte, sino lograr que te escuchen en el ruido. Porque hoy, para mover algo, no basta con tener razón: hay que parecer que la tienes y convencer al algoritmo de que te deje existir.
Demuéstrame que estoy equivocado…
