EL ASCENSOR SOCIAL SE ROMPIOCuando el sistema deja sin mañana a una generación


EL ASCENSOR SOCIAL SE ROMPIOCuando el sistema deja sin mañana a una generación

Algo grave está ocurriendo en el mundo y ya no se puede seguir maquillando con eufemismos. Las calles llenas no son una moda ni un problema de orden público: son la evidencia de un fracaso histórico. Un fracaso del modelo económico, del relato político y de la promesa que sostuvo a las democracias durante décadas.

Por primera vez en mucho tiempo, una generación sabe —no sospecha, sabe— que vivirá peor que sus padres. Peor no solo en ingresos, sino en estabilidad, acceso a vivienda, salud mental y horizonte de vida. Estudia más, trabaja más, se endeuda más y recibe menos. Cuando eso ocurre, la protesta deja de ser ideológica y se vuelve biológica: es instinto de supervivencia.

Durante años se repitió una mentira cómoda: que el esfuerzo siempre paga. Hoy millones descubren que cumplieron su parte del trato y el sistema no. El mérito dejó de ser garantía y el ascensor social quedó fuera de servicio. No se rompió la paciencia ciudadana; se rompió el contrato social. El sistema cumplió con unos pocos y fallo con todos.

Por eso la calle estalla. No porque falte civismo, sino porque sobran promesas incumplidas. Cuando las instituciones no resuelven, la calle se convierte en el último espacio de verdad. Las calles se llenan porque los canales tradicionales dejaron de responder. Cuando votar, estudiar o esforzarse ya no garantiza progreso, la protesta se vuelve lenguaje político.

Durante décadas existió un acuerdo implícito: Si estudias, trabajas y cumples las reglas, vivirás mejor que tus padres. Ese contrato hoy está roto. Lo que ocurre en las calles es la reacción de una generación que siente que: Hizo todo “bien” y aun así perdió .Esto explica por qué las protestas no siempre tienen líderes claros, partidos detrás o ideologías cerradas. No es una revolución ideológica, es una rebelión existencial.

Irán muestra la versión más cruda de este colapso. Allí se protesta sabiendo que el precio puede ser la cárcel o la muerte. Y aun así, miles salen. No lo hacen por modas ni por consignas importadas, sino porque la dignidad se volvió incompatible con el sistema. Cuando una generación siente que su vida vale menos que el control del poder, el miedo deja de ser freno.

Venezuela es la prueba de hasta dónde puede llegar este proceso. No es un país en protesta: es un país agotado. Años de pobreza, represión y destrucción institucional transformaron el descontento en éxodo. Millones no protestan porque ya se fueron. Los que quedan sobreviven entre el miedo y la resignación. Venezuela no es una excepción; es una advertencia.

América Latina vive este malestar con una intensidad particular. Aquí la desigualdad no es nueva, pero la paciencia sí se agotó. Chile explotó cuando el crecimiento dejó de explicar la vida real. Perú se hunde en crisis porque nadie cree en nadie. Colombia vio a sus jóvenes perder el miedo. Argentina convirtió la frustración económica en ruptura política.

La República Dominicana parece, por ahora, al margen del estallido. No hay plazas incendiadas ni protestas masivas. Pero el silencio no es estabilidad; es acumulación. Jóvenes que trabajan y no avanzan. Profesionales que no pueden independizarse. Crecimiento que no se traduce en bienestar cotidiano.

La pregunta ya no es si “hay protestas en el mundo”; la pregunta es qué pasa cuando una generación decide que nada de lo que existe merece su paciencia ni su obediencia. Porque cuando la vida se vuelve mera supervivencia, la protesta deja de ser una opción y se convierte en la única respuesta lógica.

Leonardo Gil
Consultor en comunicación política

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