Por Cándido Mercedes.
“Los analfabetos del Siglo XXI no serán aquellos que no saben leer ni escribir, sino aquellos que no saben aprender, desaprender y reaprender”. (Alvin Toffler).
La vida humana, a lo largo de su largo proceso que podemos situar en alrededor de 315,000 años, ha sido un trajinar de evolución constante y permanente. Mutaciones naturales, sociales y tecnológicas, merced a su capacidad para aprender, para cambiar a través de la creatividad y de la innovación, de la que solo ella ha sido capaz de originar. ¡Una revolución permanente es la singularidad y especificidad de la especie humana!
Si bien es cierto ese caudal de la historia en la lucha ciclópea por construir nuevos paradigmas para satisfacer sus necesidades y para el dominio de la naturaleza, nos encontramos hoy, en medio del cambio de época y de época de cambio, donde el laberinto de la normalidad de la incertidumbre y el eclipse oscuro de la certeza. Concurre, en medio de esa paradoja, la más grande disrupción a la que la humanidad haya asistido. Grandes cambios de límites antiguos. Nuevos paradigmas se suceden con una velocidad de cambio sin parangón.
Todos los grandes inventos y descubrimientos han conformado y configurado la existencia humana, desde la escritura, la imprenta, las ciencias, etc., etc. Para los humanos la disrupción es parte vital, intrínseca de su existencia y con ello, nuevas maneras de hacer las cosas y nuevos artefactos materiales para hacer su vida más holgada. Hace 2000 años la esperanza de vida al nacer era de 33 años. Hoy es de 83 y se espera que en los próximos 20 – 30 años sea de 120 años.
Hoy nos encontramos, como una vez dijera ese gran sociólogo y futurólogo estadounidense Alvin Toffler, en el síndrome del schock del futuro.
Ello así por la velocidad de los cambios y el gran caudal de información y desinformación que acumulamos cotidianamente. Estamos viviendo emergencias tectónicas que nos producen grandes cambios de paradigmas, que inexorablemente nos conducen a comprender la era del conocimiento y a la inquebrantable decisión de tener nuevas aperturas mentales, para confluir en el equilibrio que hoy en día se necesita, y que es la asunción de la inexcusable adaptabilidad.
Adaptabilidad y disrupción es la historia inevitable del ser humano como animal social. Por eso, ese gran economista Joseph Schumpeter, en su obra Capitalismo, Socialismo y Democracia, nos hablaba de la destrucción creativa. El laureado científico social definía la destrucción creativa como “mutación, que revoluciona incesantemente la estructura económica desde dentro, destruyendo incesantemente la antigua, creando incesantemente una nueva”. El ser humano es el único animal que, al transformar los obstáculos, las adversidades, sus nuevas necesidades y nuevos entornos, se transforma al mismo tiempo social e históricamente.
Como diría un marxista, lo que distingue una época de otra no es que se produce, si no cómo se produce y con qué instrumento se produce.
La vida humana, desde la génesis misma del homo sapiens, ha sido la constante evolución, la permanente y a veces iconoclasta revoluciones, que sintetizan la destrucción creativa. En la medida que, con su fecunda creatividad, imaginación, se fue apoderando de la ciencia como un fenómeno social, fue sufriendo metamorfosis merced al conocimiento. Lento por cientos y miles de años, empero, sostenible y sostenido, hemos ido mutando.
Nos encontramos como nos dijera Peter Drucker en su libro La sociedad postcapitalista “el conocimiento se ha convertido en el único recurso significativo, superando a los tradicionales. El conocimiento es el principal recurso, tierra, trabajo y capital no desaparecen, pero son secundarios”. En esta sociedad de la información, del conocimiento, de la nanotecnología, de la biotecnología, del internet de las cosas, de la inteligencia artificial, de la robótica, de la biología sintética, de la computación en la nube, de la analítica y macrodatos, de la realidad aumentada, de la impresión 3D esto es, de la gran disrupción, que es ruptura y al mismo tiempo destrucción creativa, la dimensión ha de ser asumir esta nueva evolución humana.
¿Qué tipo de talento humano se requiere, cómo es el perfil de la empleabilidad frente a esta dinámica cuasi apabullante, no obstante, ser el diseño mismo del ser humano?
¿Estamos frente al cambio del futuro que ya es hoy?
¿Qué es la empleabilidad?
Para Idalberto Chiavenato, experto en gestión humana, nos dice que es “la capacidad de cada persona para desarrollar sus competencias y habilidades, asegurando su permanencia y valor, más allá de la estabilidad interna en una empresa”. La empleabilidad es la asunción real del individuo por producir cambios permanentes en sí mismo, no solo para responder a las necesidades de la organización, de la empresa, de la institución, sino del mercado laboral externo, tanto nacional como internacional.
La empleabilidad ha de ser vista como el símil del cuerpo humano, donde muchas de sus partes cambian mensualmente, cada seis semanas, semanalmente y hasta a diario. La empleabilidad es la capacidad para responder de la mejor manera al mundo laboral, y diríamos social, que nos ha tocado vivir.
La empleabilidad acusa dos dimensiones: Reactiva y Proactiva. La reactiva sucede cuando ocurre un cambio inesperado, contingencia, que hay que hacerle frente y responder, pues si no se hace se pierde la validez y pertinencia de la organización. Por ejemplo, cuando llegó el COVID-19 cientos de profesores no dominaban el uso de la tecnología y de las distintas plataformas virtuales (Zoom, Teams….). Muchos se adaptaron, otros renunciaron, se jubilaron. La Proactiva es visualizar el futuro y realizar y/o crear los cambios en el presente.
La empleabilidad acusa una visión dinámica, pues constituye una significativa actualización, renovación consigo misma y con el entorno. La empleabilidad es enemiga de la zona de confort y de la pereza, es al final de cuenta un compromiso perenne por el desarrollo del potencial de una persona. Es, si se quiere, una responsabilidad ético-moral por su permanente desafío por responder de la manera más eficiente, más efectiva y cónsona con la excelencia. La empleabilidad deviene como la “capacidad de una persona para conseguir, mantener y progresar en un empleo, adaptando sus habilidades, conocimientos y competencias a las necesidades cambiantes del mercado, para seguir siendo competitiva”.
Verbigracia: Una parte muy alta de los egresados de las universidades no goza de la categoría de empleabilidad, por el divorcio entre lo que aprenden en las aulas y las necesidades del mercado laboral.
Las tecnologías de las universidades son muy obsoletas. Aprenden cuando logran articular lo teórico con lo práctico. La empleabilidad expresa remozamiento continuo, es como el mantenimiento de un vehículo o la pintura cada cierto tiempo a una casa o chequearse cada cierto tiempo donde el médico. Porque la empleabilidad es el talento que tiene conocimientos, habilidades y un comportamiento que refleja los saberes.
La empleabilidad puede ser Interna (referida a las necesidades de una organización o empresa determinada), Externa (se refiere a cómo anda el mercado laboral y el mercado industrial donde tiene mejores competencias). Un ser humano en el mundo de hoy tiene que tener habilidades técnicas y cognitivas y habilidades blandas, esta viene a ser el sello distintivo, diferenciador del alcance del progreso de una persona. La cognitiva y técnica son de rigor, constituyen la puerta de entrada; las blandas, la dimensión de la escalera de la jerarquización.
Es como nos diría nuevamente ese influyente intelectual del siglo pasado, Alvin Toffler “La sociedad necesita personas que sepan ser comprensivas y honestas. La sociedad necesita todo tipo de habilidades que no sean solo cognitivas, también emocional y afectivas. No se puede gobernar la sociedad solo con datos y computadoras”. Porque en el mundo de hoy, tan competitivo, los gestores del talento humano, en el proceso de reclutamiento y selección de personal, en la descripción del puesto, tienen que asumir las habilidades técnicas que se han de desarrollar en un cargo determinado.
En la especificación del puesto, que corresponde a las habilidades, capacidades, competencias, de la persona, para realizar de manera excelente el cargo, se ameritan los valores y el caudal que ha de irradiarse en una institución para trabajar de manera efectiva con los demás, como:
1) Comunicación asertiva.
2) Escucha empática.
3) Capacidad para gestionar conflictos.
4) Visión para gerenciar problemas y convertirlos en oportunidades.
5) Autoconciencia.
6) Autocontrol.
7) Pensamiento crítico.
8) Comprender la diversidad y ser tolerante frente a la diferencia.
9) Saber trabajar en equipo.
10) Saber construir sinergia.
11) Adaptabilidad y Resiliencia.
12) Orientado al logro.
En nuestro país se requiere de una disrupción extraordinaria con respecto al capital humano, y más aún, con el grado y pertinencia de la empleabilidad.
Estamos muy rezagados y peor aún, somos líder en la región en fuga del talento humano: 6.5 y el promedio está en 5. La disrupción y destrucción creativa pasa porque los que dirigen el Estado internalicen la valoración de tener un capital humano acorde al Siglo XXI, que es el fundamento de atraer más inversiones innovadoras, con más agregado de valor. Una revolución en la educación pre-universitaria y una necesidad de revisar las carreras tradicionales que hoy son el 85%.
Tratar de comprender y explicar el porqué de la empleabilidad, su necesidad impostergable, es reflexionar sobre la disrupción que la humanidad está viviendo en el campo de los cambios tecnológicos, geopolíticos, geoestratégicos, en la geoeconomía, en la configuración de una nueva globalización, más multilateral, donde el ámbito de la economía es vital y con ello, una nueva evolución, que lleva consigo nueva destrucción creativa.
¡El futuro no me amilana, me impulsa no solo a nuevos desafíos, sino a la dimensión de que el equilibrio se impondrá!
