Por: Antonio Ledezma
La historia, caprichosa y circular, suele ofrecernos retratos donde la soberbia termina rompiéndose en mil pedazos. Aquel 19 de abril de 1810, tengámoslo presente, fue un acontecimiento determinante para iniciar nuestros pasos hacia la libertad, pero antes, la historia recoge que fue el brazo firme de un ciudadano, Francisco Salías, quien sin pedir permiso a la etiqueta colonial, condujo a Vicente Emparan hasta el cabildo.
Allí, empinado en el balcón, el Capitán General escuchó el «no lo queremos» de un pueblo que ya no reconocía tutelas. Hoy, en este 2026 de auroras definitivas, la metáfora se encarna de nuevo: Delcy Rodríguez pretende ser el «Emparan» de turno, maquinando perpetuarse entre sombras y bayonetas, apelando a maniobras leguleyas tramitadas en ese parapeto que funge de Tribunal Supremo de Justicia para justificar “una ausencia temporal” de quien hoy está en una prisión de Brooklyn en los Estados Unidos.
Atrás quedaron las cenizas de una guerra de independencia que ensangrentó el continente. Aquel pleito, superado incluso por sus propios protagonistas, dio paso a una hermandad indestructible con España. Hoy, lejos de odios y resentimientos trasnochados, nos reconocemos en una herencia común que esa leyenda negra, inflamando discursos de odio, no pudo erosionar. ¿Recuerdan la orden de “la revolución del Socialismo del Siglo XXI”, ordenando descabezar las estatuas de Cristóbal Colon?
Lo mismo ocurre con nuestra relación con los Estados Unidos. Mientras los voceros de la tiranía desataban estridentes peroratas basadas en falsos nacionalismos de cartón piedra, los vínculos reales —los de la cultura, el trabajo y la historia— se mantenían incólumes.
No olvidemos que el petróleo venezolano, motor desde comienzos del siglo XX, fue explotado y comercializado con el concurso de empresas norteamericanas. Bajo el alero de esas corporaciones transnacionales se fue fraguando el talento humano criollo, que posteriormente asumió la conducción de Petróleos de Venezuela (PDVSA) y sus empresas filiales.
También es pertinente recordar el valioso aporte que significó el combustible servido por manos venezolanas, que le permitieron a los aliados movilizar la flota que terminó por aplastar la barbarie de Hitler en la Segunda Guerra Mundial. Nuestra posición, la que sostienen hoy María Corina y Edmundo Gonzalez no es, por tanto, una impostura de ocasión; es la coherencia de quienes entienden que Venezuela siempre ha pertenecido al mundo libre.
Resulta tragicómico observar a los que despotricaban del “imperio yanqui”, postrarse con siniestras simulaciones de obediencia incondicional ante Washington, buscando desesperadamente un salvoconducto para sus culpas. Escenifican la mismísima metamorfosis. ¡Es el colmo del cinismo! Ver a los hermanos Rodríguez, quienes durante años denigraron del «Pacto de Punto Fijo» alegando que “el reparto de poderes entre dos partidos era una vergüenza”.
Hoy, en su infinita hipocresía, esa sola familia Rodríguez se repartió y controlan un parlamento ilegítimo y una presidencia que terminó operando como la funeraria de una corporación criminal, encargada por “órdenes superiores” de sepultar los restos de su propio desastre.
Pero ese par de hermanitos no dejan de aparentar que tienen disposición a remediar sus dislates. En ese sentido juegan la carta de los presos políticos. Las liberaciones anunciadas han sido exhibidas como “señales de cambio profundo”. Sin embargo, un análisis riguroso revela una realidad diferente. En la mayoría de los expedientes, las causas judiciales siguen abiertas, no han liberado, siquiera, a un militar de las decenas de oficiales que permanecen secuestrados por el régimen. También persisten las medidas restrictivas y continúan las limitaciones al ejercicio de la palabra. La privación de libertad no desaparece: se transforma en vigilancia. Al mismo tiempo, se mantienen las detenciones dirigidas y selectivas.
No se observa un quiebre con el esquema de persecución política, sino una reconfiguración de sus mecanismos. La coerción adopta formas menos evidentes, más focalizadas y, precisamente por ello, más complejas de exponer y documentar. Este comportamiento no responde a la improvisación. Forma parte de una táctica recurrente: conceder alivios parciales para descomprimir la presión internacional sin tocar los fundamentos del sistema. Interpretar esta adaptación como un desmantelamiento auténtico constituye un error de apreciación.
La historia reservará un lugar de gratitud para la determinación del Presidente Donald Trump. Su firmeza para extraer a quien usurpaba la jefatura del Estado fue el martillo que rompió el muro. El usurpador, acorralado por investigaciones concluyentes sobre narcotráfico, terrorismo y crímenes de lesa humanidad, no pudo resistir el peso de la verdad.
Los venezolanos estamos agradecidos de ese paso dado para desmontar la cabeza de un régimen tiránico, y ese compromiso no admite pausas, la tarea debe culminar despejando cada centímetro del territorio y rehabilitando nuestras menguadas instituciones. La democracia revivirá, tanto y en cuanto se erijan instituciones que permitan constatar que de verdad está funcionando el Estado de Derecho.
Democracia es cuando hay libertad de pensamiento y libre desempeño de la prensa. ¡Que nunca más el derecho a pensar y a expresarse libremente se trastoque en un delito!
Mientras tanto, sin fatiga alguna, luchando sin tregua, los venezolanos esperamos que el régimen se termine de extinguir en su inevitable ocaso, dejando atrás el ruido de sus cadenas. Como en aquel abril caraqueño, el pueblo ya dio su veredicto. ¡Emparan ya se fue!
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