Tecnología: recuerdos de un cumpleaños y una lección incómoda



Daniel Toribio

Hace pocos días cumplí años. Mientras recibía llamadas y mensajes en el celular, comenzaron a desfilar por mi cabeza imágenes que parecían de otro siglo, aunque forman parte de mi propia historia personal y profesional.

Me vi aprendiendo a usar la regla de cálculo. Deslizar la escala, alinear cifras, confiar en la estimación. Era precisión mecánica.

Poco después apareció en mis manos una calculadora Texas Instruments. El salto fue inmediato. Lo que antes requería destreza manual pasó a resolverse con teclas y pantalla. Ahí comenzó a hacerse visible la velocidad del cambio tecnológico.

También me vi trabajando con tarjetas perforadas. Cada línea de código era un cartón con orificios que no admitía errores. Si una perforación fallaba, había que repetir el proceso completo. El programa no estaba en una pantalla. Estaba en una caja de tarjetas ordenadas con disciplina casi militar. La informática era física, tangible, pesada.

Recordé aquella sala, en 1978, donde una computadora de IBM ocupaba una habitación completa. Probablemente un modelo de la familia System/370. Era el corazón administrativo del Estado. Climatización especial, operadores técnicos, cintas magnéticas girando. Procesaba nóminas, presupuestos e impuestos. El poder concentrado en un cuarto cerrado y controlado.

Más adelante me vi utilizando una Commodore 64. Pantalla básica, comandos simples, disquetes flexibles. Era el inicio de la computación personal. Luego llegó la IBM 286. Más memoria, mayor capacidad de procesamiento, sistemas operativos más complejos. Cada equipo parecía definitivo hasta que el siguiente lo superaba sin contemplaciones.

Recordé también el teléfono «ladrillo» de Motorola, similar al DynaTAC 8000X. Pesado, costoso, con apenas media hora de batería. Era símbolo de estatus. Solo hacía llamadas.

Y en los ochenta, en Argentina, las centrales telefónicas con clavijas donde una operadora conectaba manualmente cada comunicación internacional. El sonido del cable entrando en el panel era la tecnología del momento. Hoy parece remoto. No lo es. Es apenas ayer en términos históricos.

Después miré el teléfono que tenía en la mano: un iPhone 17. Más potencia que aquel centro de cómputo completo de 1978 y mucha más memoria, mayor capacidad gráfica y una conectividad infinitamente superior a la utilizada en 1969 para viajar a la Luna. Capacidad de procesamiento millones de veces superior. Inteligencia artificial integrada. Conectividad global instantánea.

La comparación no es lineal. Es exponencial. La tecnología no avanza paso a paso. Lo que antes tomaba veinte años hoy toma cinco. Lo que antes requería infraestructuras gigantescas hoy cabe en un bolsillo.

No es posible detener ese proceso. Ignorarlo no protege empleos ni instituciones.

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