Por Manuel Nuñez Asencio
De Paul Louverture a Francois Kerveseau (1801-1804)
Los gobiernos de Paul Louverture (1801-1802) y François Kerverseau (1802-1804) en la parte oriental de La Española encarnan dos fases distintas de un mismo conflicto: la tensión entre el legado revolucionario de Saint-Domingue y el intento francés por restaurar el orden colonial.
Paul Louverture extendió al Este el modelo político de su hermano Toussaint: un régimen militar que abolía la esclavitud, sustituida por el caporalismo agrario o trabajo forzado; subordinaba el poder civil a la autoridad castrense y reorganizaba el trabajo agrícola bajo un sistema disciplinario. Su administración, sin embargo, fue efímera y transitoria.
Para los antiguos esclavos y los hombres libres de color, representaba la consolidación de una libertad recién conquistada; para las élites blancas y criollas, en cambio, significaba el colapso definitivo del orden colonial. La economía, ya debilitada por años de guerra y abandono, no logró adaptarse a las exigencias del nuevo sistema, y el gobierno de Paul Louverture quedó marcado por la precariedad inherente a toda situación revolucionaria. Su objetivo era claro: unificar la isla bajo el mismo marco político que había surgido en el Oeste y garantizar su autonomía frente a las potencias europeas.
Con François Kerverseau, la situación cambió radicalmente. Su nombramiento en 1802 respondía a la expedición de Napoléon Bonaparte, comandada por Charles Leclerc, cuyo propósito era reimponer la autoridad francesa en la isla. Mientras en el Oeste se libraba la guerra contra los líderes revolucionarios, Kerverseau debía organizar la administración en el Este y asegurar su lealtad a Francia.
Su gobierno, sin embargo, estuvo atravesado por una contradicción fundamental: aunque representaba oficialmente a una república que había abolido la esclavitud en 1794, formaba parte de un proyecto napoleónico que aspiraba a restaurar el sistema colonial en el Caribe.
Esta ambigüedad se hizo evidente en el caso del barco Le Berceau, donde se descubrieron niños y jóvenes negros y mulatos capturados en el mar. Ante los rumores de que serían reducidos a la esclavitud, Kerverseau actuó con rapidez: publicó una proclama reafirmando la libertad de los menores, ordenó una investigación y los puso bajo tutela. Era un gesto calculado para calmar a la población y reafirmar el compromiso francés con la emancipación.
Pero detrás de esa fachada pública, las instrucciones secretas de París apuntaban a otro fin: la restauración del sistema de plantaciones.
Así, entre 1802 y 1804, la parte oriental de la isla vivió en un equilibrio inestable, suspendida entre el recuerdo de la revolución antiesclavista y la sombra de un colonialismo que intentaba resurgir. En este breve lapso —desde el gobierno revolucionario de Paul Louverture hasta la administración ambigua de Kerverseau— se condensó uno de los momentos más críticos de la historia caribeña: el choque entre el ideal emancipador y el último intento imperial por recuperar su dominio.
El Gobierno de Jean Louis Ferrand (1804-1809)
El Tratado de Basilea había transferido formalmente el territorio dominicano a Francia, pero el dominio efectivo tardó años en consolidarse. Solo cuando el proyecto imperial de Napoléon Bonaparte intentó reorganizar el Caribe tras la crisis de Saint-Domingue, la presencia francesa se afirmó con mayor energía bajo el gobierno del general JeanLouis Ferrand entre 1804 y 1809.
La administración de Ferrand constituyó un intento de reconstruir, en la parte oriental de la isla, el orden económico esclavista que la propia revolución francesa había declarado abolido.
Para lograrlo se recurrió menos a una proclamación abierta que a una política administrativa gradual. En los registros civiles y notariales comenzó a desaparecer el término “ciudadano”, sustituido por clasificaciones raciales que devolvían a negros y mulatos a una condición jurídica incierta. La libertad dejó de presumirse: debía probarse mediante documentos. En ausencia de esos testimonios, el individuo podía ser considerado nuevamente como propiedad.
Uno de los puntos donde esa política produjo mayores tensiones fue el sistema de coartación, práctica heredada del derecho hispánico que permitía a los esclavos comprar su libertad por cuotas.
En la economía rural dominicana esa institución había contribuido lentamente a debilitar la esclavitud, pues muchos esclavos cultivaban pequeños conucos y vendían sus productos para reunir el dinero de su manumisión. Ferrand comprendió que ese mecanismo económico erosionaba la base del sistema que pretendía restaurar. Por ello prohibió que los esclavos comerciaran libremente en las calles y restringió las pequeñas actividades que les permitían acumular recursos. La medida cerraba, en los hechos, uno de los caminos más habituales hacia la libertad.
Entre los libertos la situación tampoco fue más favorable. La nueva administración recurrió a expedientes y procedimientos legales destinados a cuestionar las manumisiones anteriores. La libertad obtenida durante los años turbulentos de la revolución quedaba sometida a revisiones documentales que, en muchos casos, podían convertir nuevamente a hombres libres en siervos legales. Así, el orden colonial se reconstruía no tanto mediante decretos espectaculares como a través de un minucioso trabajo burocrático.
Al mismo tiempo, el régimen provocó inquietud entre los criollos dedicados a la ganadería. La economía de los hatos dominicanos dependía en gran medida del intercambio con la parte occidental de la isla, donde se vendían ganado, cueros y carnes. Las restricciones impuestas por Ferrand al comercio con Haití interrumpieron ese circuito económico tradicional y afectaron directamente los intereses de los hateros del Este y del Cibao.
De esta manera, el gobierno francés terminó generando un descontento que atravesaba distintos sectores de la sociedad. Para los hateros significaba la paralización de su comercio; para los esclavos, el cierre de los caminos hacia la manumisión; para los libertos, la amenaza constante de perder una libertad apenas consolidada. La convergencia de esas tensiones creó las condiciones que permitieron a Juan Sánchez Ramírez articular una alianza amplia entre criollos propietarios, campesinos, negros libres y antiguos esclavos. Esa coalición social, nacida de agravios distintos pero convergentes, fue la que finalmente levantó el ejército que expulsó a los franceses y puso fin al gobierno de Ferrand en la isla.
La estrategia militar de Juan Sánchez Ramírez
La insurrección dirigida por Juan Sánchez Ramírez contra el gobierno de Jean-Louis Ferrand no fue un movimiento improvisado, sino el resultado de una preparación gradual que combinó organización política, apoyo exterior y movilización social en el interior del país. Sánchez Ramírez comprendió que las fuerzas francesas, disciplinadas y experimentadas, no podían ser enfrentadas mediante una sublevación espontánea. Por ello dedicó los meses previos a construir una base de apoyo entre los hateros del Este y a buscar legitimidad política en Puerto Rico, donde el gobernador Toribio Montes autorizó su empresa y lo reconoció como jefe de los partidarios de la restauración del dominio español.
La conspiración se sostuvo además mediante recursos financieros obtenidos con gran dificultad. Sánchez Ramírez asumió compromisos personales ante la Real Hacienda y contó con la garantía de emigrados dominicanos residentes en Puerto Rico que facilitaron fondos para adquirir armas y municiones. Gracias a esta preparación previa, la insurrección que comenzó en 1808 adquirió desde el principio un carácter organizado y definido, orientado hacia la expulsión de las autoridades francesas y la reincorporación del territorio a la soberanía de España.
El enfrentamiento decisivo ocurrió el 7 de noviembre de 1808 en la Batalla de Palo Hincado. En ese combate, las fuerzas reunidas por Sánchez Ramírez —formadas en gran parte por milicias rurales— lograron derrotar al ejército francés mediante una acción rápida y concentrada. La ruptura de las líneas francesas produjo el colapso de la resistencia.
El general Ferrand, al comprender que la derrota era inevitable, abandonó el campo de batalla y poco después se suicidó en las cercanías de la cañada de Guaiquía. Uno de sus lugartenientes, siño Pedro Santana le corto la cabeza, y la llevo al Seibo en un macuto, convirtiéndose en un montero legendario. Era el padre de Pedro Santana, caudillo del Seibo que con este acto bárbaro se había nimbado de una fama mitológica.
Con este episodio concluyó la dominación francesa en la parte oriental de la isla. La victoria de Palo Hincado abrió el camino para el cerco de la ciudad de Santo Domingo y la posterior capitulación de las tropas francesas en 1809. Desde una perspectiva histórica más amplia, aquellos acontecimientos marcaron el fin de la tentativa napoleónica de reorganizar la colonia y el inicio de un nuevo período político que la historiografía dominicana denomina la Reconquista.
En ese proceso se manifestó con claridad la persistencia de estructuras sociales y jurídicas heredadas del período hispánico, que la población local consideraba esenciales para su estabilidad económica y su vida colectiva.
La capitulación de los franceses.
Cuando el general Ferrand, perseguido por las tropas dominicanas, se internó en la cañada de Guaiquía y se dio muerte para no caer prisionero, el mando de las fuerzas francesas recayó en Joseph Du Barquier. Este, comprendiendo que el campo estaba perdido, se retiró con lo que quedaba de sus tropas hacia la ciudad de Santo Domingo y allí se atrincheró, decidido a resistir hasta el último extremo.
Comenzó entonces uno de los asedios más prolongados y miserables que registra la historia de la ciudad. Juan Sánchez Ramírez, dueño ya del interior del país, cerró sobre la capital un cerco lento y persistente, que fue apretándose como un torno sobre la guarnición francesa.
Durante meses la ciudad vivió una agonía silenciosa. El comercio se extinguió, los almacenes se vaciaron y la escasez se transformó en hambre. Las crónicas recuerdan que los soldados franceses llegaron a alimentarse de ratas, y que de los cueros secos de las reses hervidos en agua hacían un caldo miserable con el cual prolongaban su resistencia. Era una miseria de rasgos bíblicos, la lenta consumación de un ejército encerrado entre el mar y la tierra enemiga.
Pero el destino de la plaza quedó sellado cuando la escuadra británica apareció frente al puerto. Inglaterra, enemiga de Napoleón en la guerra europea, se sumó al cerco y cerró definitivamente la entrada marítima de la ciudad. Desde ese momento la situación de los franceses se volvió desesperada.
Sin víveres, con los hospitales llenos y la guarnición agotada, Barquier comprendió que la resistencia había llegado a su límite.
Sin embargo, el general francés se negó obstinadamente a capitular ante las fuerzas dominicanas. Para él, rendirse ante los hombres de Sánchez Ramírez —a quienes el mando francés calificaba con desprecio como una turba insurgente— significaba aceptar una humillación incompatible con el honor militar de una potencia europea. Prefirió, por tanto, negociar con los británicos, cuyo bloqueo naval había decidido en los hechos la suerte de la plaza. Así, el 7 de julio de 1809, Barquier capituló ante las fuerzas inglesas, obteniendo los honores de la guerra para su guarnición.
La dominación francesa en Santo Domingo terminó sin gloria: un ejército diezmado por el hambre, el bloqueo terrestre de Sánchez Ramírez y el dominio marítimo Inglés, más que por derrotas militares.
La capitulación de 1809 no fue un acto protocolar, sino el epílogo de un fracaso. La victoria criolla en Palo Hincado restauró de facto la soberanía española antes incluso de que los tratados lo reconocieran. El Tratado de París (1814) no devolvió una colonia por decisión de las cancillerías, sino que convalidó lo que ya era un hecho: los dominicanos, con sus propias armas, habían recuperado el territorio, anulando en la práctica los efectos de Basilea. La diplomacia solo ratificó lo que la guerra había resuelto.
Referencias bibliográficas
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- Froidevaux, H. (1920).
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- Rodríguez Demorizi, E. (1955). La Era de Francia en Santo Domingo: Contribución a su estudio (Vol. II). Ciudad Trujillo: Editora del Caribe.
- Soulastre, D. (1809). Voyage par terre de Santo-Domingo, capitale de la partie espagnole de Saint-Domingue, au Cap-Français, capitale de la partie française de la même isle. París: Chaumerot.
