Por Rafael Céspedes Morillo
Cuando el pueblo de Dios estaba esclavizado, surgió un líder llamado Moisés, quien dedicó toda su vida a liberar a su pueblo. Lo sacrificó todo por su libertad y su porvenir; no escatimó esfuerzo alguno. Incluso dejó en un segundo plano a su propia familia: Séfora, sus hijos y su suegro debieron aceptar que, para Moisés, cumplir con el mandato de Dios estaba por encima de cualquier otra cosa. Se olvidó hasta de sí mismo y, durante más de cuarenta años, mantuvo la mirada fija en lo que debía ser: alcanzar la tierra prometida.
Condujo a su pueblo hacia la libertad, le enseñó a luchar por sus derechos, a gobernarse y a defenderse. Es importante señalar que Moisés contó con el respaldo de Dios para lograr su misión: hacer que su pueblo avanzara hacia aquella tierra donde brotaba leche y miel. Hoy, quizás, esa imagen podría traducirse en territorios donde brotan otras riquezas.
No importó que en el camino surgieran desviaciones, como la adoración al becerro de oro. Podría decirse que, en términos actuales, no importó que aparecieran figuras idolatradas o liderazgos circunstanciales que distrajeran al pueblo. La razón y la fuerza del propósito terminaban imponiéndose.
Sin embargo, también surgieron desertores: falsos aliados que negociaban intereses, que se servían de la buena fe de la gente, debilitando la unidad y fragmentando el poder colectivo. Divisiones motivadas por pequeñas ganancias, por ambiciones personales, por la preferencia del Palacio en vez de preferir al pueblo, pero Moisés, hoy María, seguía ahí, luchando y preservando el camino trazado pro libertad.
Moisés, sin embargo, desobedeció a Dios y, por ello, no pudo entrar a la tierra prometida. La vio de lejos, pero no pudo pisarla. Tal vez hoy estemos atravesando una desobediencia que aún no logramos identificar. Quizás estamos frente a una situación similar: un momento en el que, pese a los esfuerzos, algo esencial no se ha alineado.
Pero hay un elemento que diferencia profundamente aquella historia de la presente: es la geopolítica.
La política internacional no se mueve por símbolos ni por épicas, sino por intereses. Los apoyos externos no responden a nombres propios ni a expectativas populares, sino a cálculos estratégicos, equilibrios de poder y conveniencias coyunturales. Ninguna nación actúa en función de la fe de un pueblo, sino de sus propios objetivos e intereses.
En ese contexto, pretender que un liderazgo interno pueda consolidarse dependiendo de respaldos externos que no terminan de definirse, es construir sobre terreno incierto. La historia reciente lo confirma: los apoyos internacionales no son automáticos, ni permanentes, ni incondicionales. Son instrumentos, a veces lejos de posibles compromisos.
Y es precisamente ahí donde surge la reflexión de fondo: ¿estamos esperando un Moisés, cuando el escenario real exige algo distinto? ¿Estamos interpretando correctamente el momento histórico o estamos proyectando una narrativa que no se corresponde con las reglas del poder actual, en términos de la geopolítica?
Quizás, en este tiempo, Moisés ya no se escribe como antes. Quizás ahora Moisés se escribe María…aunque no sea por golpear la piedra, sino bajo condiciones muy diferentes a las que muchos imaginan y se niegan a reconocer. Pero la verdad es que no se puede golpear la piedra, ni abrir el mar sin contar con algo más que deseos y buena voluntad.
