Por Cándido Mercedes
“Cada uno de nosotros percibe la realidad a través de unos filtros que se han ido creando y reforzando a lo largo de nuestra experiencia y de nuestra historia particular. Estos filtros se denominan paradigmas y son los que constituyen los límites de nuestra percepción.
Lo que esté fuera del alcance de nuestros paradigmas será invisible para nosotros, aunque lo tengamos delante de nuestros ojos”. (Mario Alonso Puig: Madera de líder).
Constituimos una sociedad que en algún sentido pretende vivir en el Siglo XXI, empero, su ideología, gran parte de nuestro comportamiento, atraviesa medularmente por el pasado más atávico, cimentado en cada una de nuestras acciones colectivas. Nos cuesta dejar atrás un pretérito añoso, cuyas costumbres nos impiden entender los nuevos tiempos.
Ese profundo y lacerante atavismo social-político e institucional nos conduce a la tétrica tautología que nos oscurece la mirada, la objetividad para poder lograr e internalizar los diferentes signos de la temporalidad. Gran parte de las elites (política, económica, social y religiosa) pretenden actuar como si el tiempo no transcurriera. No logran desdibujar, diferenciar, de cómo vemos en realidad la realidad. Ese atavismo nos pone los lentes permanentes en el pasado, sobre todo, como práctica social. Es como si aprendiéramos el mundo de hoy conceptualmente, sin embargo, se nos hace difícil desaprender, haciendo honor de que lo difícil no es aprender, sino dejar atrás lo ya aprendido.
El atavismo nos petrifica, nos atolondra y nos encierra, creando asombro en los hombres y mujeres con nuevos paradigmas. El atavismo secular, en nuestra sociedad, conduce a relaciones sociales, a formas de interactuación social que se expresan en la conflictividad, en la violencia.
Ese atavismo, configurado a lo largo y ancho de todo el tejido social de nuestra formación social, hace que el personalismo, el caudillismo, el paternalismo, el individualismo exacerbado y la búsqueda de atajos, de no respetar las reglas, las normas establecidas, se haya convertido, en gran medida, en parte de la cultura dominicana y no en una subcultura. El atavismo, respuesta del pasado sin tomar en cuenta el contexto, el tiempo, hace que el tráfico de influencia, tipificado como un delito, se vea como algo normal. ¡Qué gran parte de la población vea y busque que sus intereses personales y particulares estén por encima de la organización, de la sociedad, del Estado!
El atavismo más recurrente en Dominicana, como praxis política – sindical, es fruto y expresión de los años 60, 70 y 80 del Siglo XX. Allí donde los partidos, sobre todo de la oposición, lo negaban y lo niegan todo y no reconocían ni reconocen nada positivo. La permanente aflicción del pesimismo y del vaso “medio vacío”. La particularidad de exagerarlo todo, de crear crisis donde no las hay, de distorsionar, manipular y de mentir sin rubor y sin vergüenza.
Veamos cuatro ejemplos que resaltan el atavismo dominicano:
1.- La ADP en el año escolar 2025-2026 señaló que se quedarían 400,000 niños y niñas sin escuelas. La Fuerza del Pueblo realizó dos ruedas de prensa para señalar lo mismo. El PLD copió la misma partitura. Ahora, en el año escolar que empieza hoy lunes 24, el presidente de la ADP dijo para el Listín Diario, que 474,000 alumnos se quedarían sin aulas. Divididos así: 153,000 a nivel inicial y 321,000 en los otros niveles. Para el 2026-2027 tendríamos 120,000 nuevos alumnos: 81,622 en escuelas públicas y 38,422 en colegios privados.
La matrícula total es de 2.7 millones: 2,145,622 público y cerca de 600,000 a nivel privado. Se sabe que todos los años hay desplazamientos, sobre todo, hacia las provincias que demandan más empleos (La Altagracia, Santiago, Distrito Nacional y Santo Domingo). Confluyen: movilidad territorial interprovincial, así como movilidad horizontal, intersectorial. Más los nuevos. ¡No piden perdón! Todos los años la misma letanía, como la sombrilla de un viejo ritual, cuando desde el 2013 hasta hoy, el ecosistema de la educación dominicana ha cambiado significativamente.
2.- El Colegio Médico Dominicano hace apenas dos meses realizó una huelga general porque un hermano de un odontólogo, realizó a una profesora una ineficaz práctica odontológica. El Ministerio Público se lo llevó. El hecho fue en La Vega y esa institución de galenos llevó a cabo una huelga general por un día completo.
3.- El Colegio de Abogados, por boca de su presidente, intercedió para que al señor Danny Santana, quien había sido condenado por violencia a una hijastra, se le permitiera dar clases en el Colegio de Abogados. Recientemente postularon que el caso de Jean Alain Rodríguez caía en extinción penal, debía perimir. El Colegio de Abogados no vio las sentencias del TC y los 94 incidentes de la defensa en el “juicio preliminar”, y los 95 incidentes desde noviembre de 2024, para el juicio de fondo. Todavía, a casi dos años de aprobarse el juicio de fondo, no ha comenzado.
4.- Hoy como ayer, la oposición política (PRD, PRSC, PLD, PRM, FP, PLD) no reconoce nada positivo del que está en el Poder Ejecutivo. Hieren la inteligencia del pueblo dominicano. Incluso, la asunción de categorías y conceptos los cambian, los mimetizan, de acuerdo a sus intereses. No se dan cuenta de que parte de la apatía, la abulia, el desgano, la desafección a los partidos es porque ellos no son creadores de renovación de la esperanza, a través de convertirse en hacedores de la confianza, que se cristaliza en la mirada hacia el futuro. No entienden, como decía Goethe, “Lo que importa más, nunca debe estar a merced de lo que importa menos”. La partitocracia nuestra no se caracteriza por asumir la sinergia, donde su esencia es valorar las diferencias que, como decía Stephen Covey, “La esencia de la sinergia es valorar las diferencias, respetarlas, construir sobre las fortalezas y compensar las debilidades”.
El intenso atavismo, a lo largo de nuestra historia, donde ideas y costumbre del antepasado, hoy, se cruzan con la anomia social, que al decir de Anthony Giddens y Philip W. Sutton es la “Sensación de intensa ansiedad y temor que genera la experiencia de la ausencia de normas sociales eficaces, que suele producirse durante periodos de rápido cambio social”. Una profunda metamorfosis en el plano económico social se ha venido produciendo en el seno de la sociedad dominicana donde, al mismo tiempo, se inobservan las normas las leyes, las reglas y se delinean frente a las necesidades y deseos colectivos.
Una sociedad con una fisonomía económica duplicada, triplicada y cuadriplicada en tres décadas se fue tejiendo como antípoda en los territorios públicos el “sálvese quien pueda”, donde hemos terminado con 7,000 escuelas y cerca de 28,000 aulas y, como contraste, 30,000 bancas de apuestas (legales) y entre 50,000 y 60,000 (ilegales). Un país con un ingreso promedio per cápita de US$11,611 dólares por habitantes, no obstante, el 62% no lo recibe porque el 85% de los que trabajan ganan menos de RD$70,000.00. Allí donde alrededor del 70% no paga Impuesto sobre la Renta por la exención hasta RD$39,900.00.
Es lo que decía Abraham Maslow, los dominicanos en la jerarquía de las necesidades (5) se encuentran entre: fisiológicas (40%), seguridad (30%), amor (15%), reconocimiento y autorrealización (15%).
La anomia social, si se produce de manera prolongada, sistemática, permanente, va degradando la sociedad, produciéndose un abismo entre valores y coherencia. La modernidad, que eclosionó a partir de los 90 del siglo pasado, generó cambios económicos, sociales, que propiciaron estilos de vida diferentes, donde creencias, tradiciones, religión y moral, como un castillo de naipes, se borraron sin que se instalaran, de manera proactiva, nuevos horizontes en la superestructura de una cosmovisión alineada a la modernidad y a la posmodernidad. Se produce en el imaginario, como diría Emilio Durkheim, una falta de rumbo, de miedo, de desesperanza. Inestabilidad, miedo y desesperanza se anidaron para eclipsar la esperanza en medio de la incertidumbre y volatilidad más cruenta que haya conocido la humanidad en los últimos 65 años.
El atavismo sempiterno, con la anomia social no regulada, sin referencia social y la ausencia de una partitocracia y una elite económica que no tienen conciencia de su rol en una sociedad de mercado, que no sabe, en su conjunto, la comprensión del capital humano que ha de pautarse para lograr una formación social con más cohesión social. Cuando, sin proponérselo, fraguan tensiones sociales y con ello pánico moral. La fractura, en gran medida, no se producirá por la fragmentación en la estratificación social (pobreza, desigualdad) sino por la hegemonía sin sentido en el plano cultural e ideológico.
Dicho de otra manera, la clase dominante no tiene como piedra angular, articular los aparatos ideológicos del Estado para crear el perfil del hombre y la mujer del Siglo XXI. Solo hay que ver cuantas novelas se pasan por los ocho canales de televisión tradicionales: de 50 a 60, diario.
Ese atavismo, anomia social, coadyuvan en los momentos del comportamiento a un mayor desgarramiento de la vida social. El comportamiento colectivo, al decir de Bruce J. Cohen, “Tiene lugar cuando dejan de ser adecuados los medios formales y tradicionales de hacer las cosas. Está caracterizado por pautas de comportamiento no estructuradas, espontáneas, emocionales e impredecibles”.
Cuando los individuos, las personas, se encuentran frente a un comportamiento colectivo, lo domina el contagio emocional.
La colectividad, esto es, el grupo, articula la hegemonía de una manera espontánea, sin clara perspectiva de un líder. En la colectividad, los individuos pierden, por decirlo así su personalidad, entran a lo que los sociólogos denominamos “anonimia”. En medio de la colectividad los seres humanos pierden, en gran medida, “su sentido de responsabilidad personal”.
Nos encontramos como ejemplos de comportamiento colectivo: las turbas, las modas, las manías colectivas, motines, furores, asonadas.
Cuando en nuestro país se produce un hecho, un fenómeno social determinado y la gente actúa que no responden a las expectativas conductuales de la cultura establecida, es porque se encuentran en un comportamiento colectivo. Verbigracia:
a) Un fuego.
b) Un accidente de tránsito.
c) Una persona que se tira al vacío o al mar.
d) Un concierto musical.
e) Una actividad deportiva grande.
Muchos de estos, en medio de un evento catastrófico, lejos de ir a auxiliar, a solidarizarse, se contagian emocionalmente y adoptan el comportamiento de la colectividad.
Ello va más allá de la realidad económica, social de los actores involucrados, de su nivel de racionalidad, incluso del nivel educativo formal.
De allí que los aparatos coercitivos del estado, frente a hechos como los esbozados, deberían actuar de manera preventiva y proactiva, a fin de neutralizar y mitigar los efectos dañinos del comportamiento colectivo y sus consecuencias. De lo que se trata es cómo en el mundo de hoy aprovechamos la inteligencia artificial como una oportunidad, al tiempo que desarrollamos las habilidades blandas que nos permitan conducir de mejor manera esta sociedad, con tantas agendas diferenciadas y tantas reformas procrastinadas.
Ya lo dijo alguna vez Pitágoras “Con orden y tiempo se encuentra el secreto de hacerlo todo, y de hacerlo bien”.
