Los cambios en el gobierno de Abinader


Los cambios en el gobierno de Abinader

Marino Beriguete

En política, los cambios en el gobierno, no siempre es sinónimo de transformación. A veces es apenas movimiento. Un traslado de nombres que mantiene intacta la lógica del poder.

Los recientes ajustes de Luis Abinader parecen inscribirse más en esta segunda categoría. No estamos ante una reconfiguración del proyecto gubernamental, sino ante una rotación de funcionarios que ya conocemos.

Y ese matiz, que puede parecer menor, es en realidad decisivo para la permanencia del partido en el poder.

Los cambios en un gobierno suelen ser saludables cuando responden a ruidos claros: desgaste, errores, cuestionamientos éticos o incapacidad de gestión.

En esos casos, mover piezas es una forma de reconocer límites y corregir rumbos. Sin embargo, lo que hemos visto no es un relevo que abra paso a algo distinto, sino un reacomodo de los mismos actores en distintos escenarios.

Como si el problema no fuera quién gobierna, sino simplemente desde dónde lo hace.

Existe una idea extendida en el ejercicio del poder: los buenos funcionarios lo son en cualquier posición. Y algo de cierto hay en eso. Un servidor público ético, con capacidad técnica y sentido de lo público, probablemente dará resultados aceptables donde sea colocado.

Pero la política no se reduce a la suma de buenas voluntades individuales. Gobernar también implica enviar señales, producir expectativas, generar horizontes de sentido.

Y eso no se logra solo con eficiencia administrativa.

El presidente obtuvo más de dos millones de votos en su reelección. Esa cifra, más que una lista cerrada de nombres confiables, debería ser una invitación a mirar más allá. En un país con millones de ciudadanos, insistir siempre en los mismos cuadros revela una forma limitada de entender el poder: como un círculo que se protege a sí mismo. En los cambios anunciados no hay rostros nuevos, no hay irrupciones que sorprendan, no hay apuestas que indiquen una segunda etapa distinta a la primera.

Y aquí aparece un punto clave. Un gobierno que inicia su segundo mandato, sobre todo si ha sido cuestionado en algunos frentes, no necesita solo ajustes internos. Necesita esperanza. Y la esperanza, en política, suele tener rostro. Nuevas figuras no garantizan buenos resultados, pero la ausencia total de renovación sí garantiza algo: la sensación de estancamiento.

El tiempo, además, juega en contra. Al gobierno le quedan dos años y algunos meses, y ese plazo es más corto de lo que parece. En paralelo a la gestión, el partido oficial debe organizarse: celebrar primarias, renovar autoridades provinciales, construir una candidatura presidencial y definir aspiraciones congresuales y municipales. Si ese proceso no se maneja con cuidado, deja heridas. Y en un contexto donde la lealtad partidaria es frágil, esas heridas se traducen en fugas hacia otros proyectos.

Si el PRM no logra articular una combinación inteligente entre gobierno, partido y sociedad civil, los cambios seguirán siendo apenas administrativos. Sin una limpieza interna y sin una apertura real, las rotaciones solo servirán para que algunos funcionarios acumulen más experiencia de Estado. Pero la experiencia, por sí sola, no transforma.

Señor Presidente, nada esencial va a cambiar con estas rotaciones. Los buenos seguirán siendo buenos.

Los malos seguirán siendo malos. Y el país seguirá esperando algo más que movimiento: seguirá esperando dirección, audacia y renovación. En política, no siempre basta con mover las piezas. A veces hay que cambiar el tablero.

Demuéstreme que estoy equivocado…

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