Vivimos en la era del algoritmo. La palabra aparece en conversaciones cotidianas, columnas de opinión, discursos políticos y debates de sobremesa con una ligereza inquietante. “Eso es culpa del algoritmo”, “el algoritmo me castiga”, “el algoritmo decide”. Se pronuncia con la misma soltura con la que antes se hablaba del destino, de la suerte o -más recientemente- de “el sistema”. El problema es que, en la mayoría de los casos, quien la usa no tiene la menor idea de qué está diciendo.
Un algoritmo no es una entidad misteriosa ni una fuerza abstracta con voluntad propia. No piensa, no siente, no juzga. Un algoritmo es, sencillamente, una secuencia de pasos ordenados para resolver un problema o ejecutar una decisión. Nada más. Ejecuta instrucciones. Exactamente las que alguien diseñó.
Y ahí comienza la confusión -y la trampa-.
Cuando alguien afirma que “el algoritmo de las redes sociales lo censura”, suele imaginar una especie de cerebro digital autónomo que decide qué ideas merecen circular. La realidad es mucho más humana y, por tanto, más política: personas concretas programaron reglas concretas para priorizar ciertos contenidos y relegar otros, en función de intereses económicos, comerciales o estratégicos. El algoritmo no decide; obedece. Y siempre obedece a alguien.
El abuso del término no es inocente. Es funcional al poder. Llamar “algoritmo” a lo que en realidad son decisiones humanas sirve para diluir responsabilidades. Nadie discute con una fórmula matemática. Nadie le exige ética a una línea de código. Así, el poder se esconde detrás de una palabra técnica que suena neutral, científica e inevitable, como si no pudiera ser cuestionada.
En política y comunicación este fenómeno es especialmente peligroso. Se habla del algoritmo como si fuera un árbitro imparcial del debate público, cuando en realidad es una herramienta de poder blando que define qué voces se amplifican, cuáles se silencian y qué emociones se estimulan. No organiza la conversación: la dirige. No refleja la realidad: la filtra.
Paradójicamente, mientras más se usa la palabra, menos se entiende. “Algoritmo” se ha convertido en un comodín discursivo, como antes lo fueron términos como “neoliberalismo”, “posverdad” o “inteligencia artificial”: conceptos complejos repetidos hasta vaciarlos de contenido. Decirlos da apariencia de conocimiento, aunque detrás haya desconocimiento.
El algoritmo no es el problema. El problema es quién lo diseña, con qué intereses y bajo qué valores. Porque cada algoritmo lleva prioridades implícitas, sesgos programados y una visión del mundo convertida en código. No es neutral. Nunca lo ha sido.
En una época en la que muchos culpan al algoritmo de todo -desde la polarización social hasta el fracaso personal-, vale la pena volver a lo esencial. Entender qué es, cómo funciona y a quién sirve no es un ejercicio técnico: es un acto de ciudadanía.
No comprender el algoritmo no es solo ignorancia tecnológica. Es una forma moderna de sumisión. Porque mientras sigamos usándolo como excusa, otros seguirán usándolo como instrumento de poder sin que nos demos cuenta.
La pregunta, entonces, no es si los algoritmos influyen en nuestras decisiones.
La pregunta inquietante es otra: ¿qué dice de nosotros una sociedad que delega decisiones fundamentales en sistemas que no entiende… y ni siquiera siente la necesidad de entenderlos?
Leonardo Gil
Consultor político y de gobierno
