Los empresarios honestos



Marino Beriguete

Quien dijo que en este país no existen empresarios honestos no ha salido mucho de su casa. Los hay. Y muchos. Están en la construcción, en la industria, en el comercio pequeño y en el grande. No hacen ruido. No patrocinan titulares.

No necesitan explicar cada semana que son limpios porque su mejor campaña es el tiempo.

El empresario honesto suele empezar sin épica. Abre una oficina con muebles prestados, pide un crédito en la banca local y firma con su nombre propio. Pone sobre la mesa el dinero lícito y algo más valioso: su reputación.

Sabe que cada factura es una promesa y cada contrato, una exposición pública. Vive con esa presión tranquila del que no tiene nada que esconder.

El problema no es competir. El empresario serio sabe competir. Lo que desgasta es el terreno inclinado. Del otro lado aparece el que no sabe jugar sin trampas. El que paga por debajo de la mesa, el que utiliza testaferros, el que registra empresas fantasmas con la misma facilidad con la que otros cambian de camisa.

Ese no pide crédito: reparte sobres. No presenta balances: presenta favores.

Y en medio está el Estado. El árbitro. El que debería garantizar que todos jueguen con las mismas reglas. Cuando el Estado resiste, el empresario honesto puede perder una licitación, pero no pierde la dignidad.

Cuando el Estado se deja chantajear o, peor aún, se suma a la práctica, la competencia deja de ser económica y pasa a ser moral. Y ahí el desgaste no se mide en dinero, sino en paciencia.

Es curioso que detectar a uno y a otro no sea tan difícil. El empresario serio suele tener más de cuarenta años y una historia que contar. No de grandes golpes de suerte, sino de pequeñas decisiones acertadas. Ha crecido despacio. Ha pagado impuestos incluso cuando dolía. Ha despedido con respeto y ha contratado con prudencia. Su patrimonio no es solo su cuenta bancaria, es su nombre.

El deshonesto, en cambio, aparece de pronto. Se multiplica en sociedades opacas, cambia de socios como de estrategia y vive en la urgencia del pelotazo. No construye, ocupa. No invierte, especula. No arriesga prestigio porque no tiene ninguno que cuidar.

En esta guerra silenciosa, el empresario honesto no pide privilegios. Solo reglas claras. Porque sabe que cuando el juego es limpio, la mayoría quiere ganar trabajando, no escondiéndose.
Demuéstrame que estoy equivocado…

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