La costumbre del poder



Marino Beriguete

En los años en que trabajaba con Jacinto Peynado, la relación con Joaquín Balaguer era una cuerda tensa. A veces parecía firme, casi cordial. Otras, bastaba el susurro de algún miembro del anillo palaciego para enturbiarla. La política tiene ese clima: nunca es del todo despejado. Siempre hay una sombra que se mueve detrás de la puerta.

Jacinto era vicepresidente. Y no solo eso. Era, para muchos, la posibilidad de una continuidad distinta.

Dentro del partido Reformista Social Cristiano, se libraba una lucha silenciosa por la sucesión. No era una guerra abierta. Era algo más sutil: miradas que se cruzaban, invitaciones que no llegaban, palabras que cambiaban de tono. El círculo cercano al líder no aceptaba a Jacinto. No confiaban en su manera de entender el Estado. Él no era un hombre dócil. No se dejaba manejar. Tenía una idea propia del poder, y esa idea lo volvía incómodo.

El poder prefiere la obediencia. La integridad lo inquieta.

No sé quién le llevó un día los libros de Luis Spota. Tal vez alguien que quiso advertirle algo sin decirlo directamente. Tal vez alguien que entendió que la literatura puede ser más reveladora que cualquier informe confidencial. La saga se llamaba La costumbre del poder. Era México, pero podía ser cualquier país. Era ficción, pero no lo era del todo.

Los títulos estaban ahí, como estaciones de un mismo viaje: Retrato hablado, Palabras mayores, Sobre la marcha, El primer día, El rostro del sueño, La víspera del trueno. Seis novelas que, juntas, componían un fresco del poder presidencial, de la sucesión, de la soledad del mando y del deterioro íntimo que provoca gobernar.

Jacinto me los regaló

Empecé a leer con una avidez que me sorprendió. Había días en que no quería ir a trabajar. Prefería quedarme con el libro abierto, subrayando frases, deteniéndome en los gestos de los personajes. La sucesión presidencial era el centro de todo. El manejo de los círculos internos. La salida de un presidente que, de pronto, se convierte en ex presidente. Ese momento exacto en que el poder deja de obedecerle.

Hay algo trágico en esa transformación. Mientras se gobierna, el mundo parece organizado alrededor de una sola voluntad. El teléfono suena y todos responden. Los pasillos se despejan. Los silencios se llenan de respeto. Pero un día la banda presidencial cambia de hombro. Y el hombre que fue el centro comienza a experimentar una forma nueva de intemperie.

Spota lo describe con precisión: el expresidente no pierde solo el cargo. Pierde el eco.

Me interesaba, sobre todo, la psicología del que deja el poder. ¿Qué siente cuando el sucesor, aquel al que ayudó a subir, empieza a tomar distancia? ¿Qué ocurre cuando el discípulo corrige al maestro? El poder no solo transforma al que lo ejerce. También altera la memoria de quienes lo rodean. Lo que ayer era lealtad hoy se convierte en cálculo.

Comprendí entonces que el poder maltrata. No siempre con violencia visible. A veces lo hace con una erosión lenta. Obliga a desconfiar. Exige sacrificios morales pequeños, casi imperceptibles. Y cuando uno quiere darse cuenta, ya ha cedido demasiado.

Esa saga fue una escuela política para mí. No porque ofreciera recetas, sino porque mostraba la desnudez del poder. Subrayaba cada párrafo que me parecía esencial. No buscaba frases brillantes. Buscaba verdades incómodas. Entendí que la sucesión tiene vida propia. Nadie la controla del todo. El que se cree elegido puede descubrir, demasiado tarde, que el verdadero elegido era un ministro discreto, un hombre gris que aguardaba sin ansiedad.

El poder no siempre premia al más visible. A veces prefiere al más paciente.

Hoy miro la política desde más lejos. La distancia aclara ciertas cosas. Pienso en los presidenciables del PRM, de este tiempo y me pregunto si leen. No lo sé. Sospecho que muchos no. La política actual parece dominada por la urgencia, por la imagen inmediata, por la frase que se vuelve tendencia durante unas horas. Pero el poder no se reduce a eso. El poder es una maquinaria lenta y compleja. Tiene memoria. Y también tiene revancha.

Leer historia ayuda a entender el futuro. No porque el pasado se repita de forma exacta, sino porque revela patrones. La ambición, el miedo, la traición, la soledad. Nada de eso es nuevo. Lo que cambia es el escenario.

Venimos de una clase política con formación. Joaquín Balaguer fue un intelectual consagrado a las letras, Juan Bosch fue un autodidacta riguroso que dejó su pensamiento escrito. José Francisco Peña Gómez fue un estudioso incansable. Incluso quienes disentían de ellos reconocían su densidad intelectual. No exigían dinero para debatir. Exigían argumentos.

Eso no los hizo perfectos. Pero les dio profundidad.

Hoy parece que estudiar pesa. Investigar pesa. Leer pesa. Es más sencillo repetir consignas que enfrentar ideas. Más fácil improvisar que prepararse. Sin embargo, el poder no perdona la ignorancia. Puede tolerarla por un tiempo, pero termina exhibiéndola.

La literatura política como la de Spota no es un entretenimiento ligero. Es un espejo. Obliga a mirar lo que no siempre queremos ver: la fragilidad del líder, la hipocresía de los círculos cercanos, la facilidad con que la lealtad se convierte en oportunismo. Leer esas páginas es aceptar que nadie está a salvo de la tentación de creerse imprescindible.

Y nadie lo es.

Hay un momento, en toda estructura de poder, en que la sucesión deja de ser una hipótesis y se convierte en una certeza. Ese momento marca el inicio del fin. El gobernante empieza a sospechar de todos. Los aspirantes comienzan a medir fuerzas. Los silencios se cargan de sentido. La política se vuelve más densa, más respirable y más peligrosa al mismo tiempo.

Quizás por eso recomiendo a los políticos de hoy cambiar algunas horas de series por libros de esa naturaleza. No se trata de despreciar el entretenimiento. Se trata de entender que gobernar un país exige algo más que carisma. Exige reflexión. Exige conciencia de la historia. Exige una idea del Estado que vaya más allá de la próxima encuesta.

Si leyeran más, tal vez comprenderían que el poder es un préstamo, no una propiedad. Que la banda presidencial es un símbolo transitorio. Que el día después siempre llega. Y que el modo en que se ejerce el mando determina la forma en que se lo recuerda.

La costumbre del poder es peligrosa. Cuando uno se acostumbra a mandar, olvida que antes obedecía. Cuando se acostumbra a decidir, olvida que también puede ser desplazado. El poder crea una ilusión de permanencia. Pero en realidad es un huésped pasajero.

Al final, lo único que permanece es la conducta.

Jacinto entendía eso. Por eso incomodaba. No aspiraba a ser una sombra obediente. Quería ser un hombre con criterio propio dentro del poder. Y ese gesto, simple pero firme, bastaba para despertar recelos.

He aprendido que el poder revela lo que somos. No nos transforma en algo completamente distinto. Solo amplifica nuestras virtudes y nuestros defectos. Si hay soberbia, la hará más visible. Si hay integridad, la pondrá a prueba.

Quizás por eso la lectura sigue siendo un acto político. Leer es resistirse a la superficialidad. Es detenerse cuando todo empuja a correr. Es buscar profundidad en medio del ruido.

En tiempos donde el debate suele subir de tono, pero no de nivel, volver a esos libros es una forma de higiene intelectual. Nos recuerdan que la política no es solo estrategia. Es también carácter. Y que, más allá de las intrigas y las sucesiones, lo que define a un líder no es cuánto tiempo permanece en el poder, sino cómo se comportará cuando lo pierde.

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