El retiro de la política


Marino Beriguete

Marino Beriguete

Hay momentos en la vida de los países en que la política deja de ser una vocación y se convierte en un espectáculo fatigoso, repetido, sin sorpresa ni esperanza. La sociedad dominicana de hoy atraviesa uno de esos momentos. No porque haya dejado de creer en la democracia, sino porque ha perdido la fe en quienes dicen representarla.

La política, que alguna vez fue promesa de orden, progreso y justicia, hoy provoca cansancio, desconfianza y, en muchos casos, una silenciosa retirada interior.

Los casos de corrupción de gobiernos pasados y presentes han erosionado la credibilidad del sistema como el agua que, gota a gota, desgasta la piedra. A eso se suma la penetración del narcotráfico en la política, una sombra persistente que ha cruzado partidos, campañas y cargos públicos. No es un fenómeno nuevo ni exclusivo de un período.

Es una enfermedad que ha aprendido a adaptarse, a cambiar de rostro y de discurso, pero no de ambición.

Entonces surge la pregunta inevitable: ¿dónde ir a pensar, a soñar con un país mejor? ¿Dónde construir una idea de nación que no termine pareciéndose a la anterior, traicionada por los mismos vicios? Cuando todos los partidos políticos terminan pareciéndose, cuando el poder parece uniformar conciencias y voluntades, el ciudadano de a pie siente que cualquier elección es apenas un cambio de nombres, no de rumbo.

Algunos se preguntan si el problema es más profundo, si acaso no es a sociedad dominicana la que está corrompida. Es una duda incómoda, pero necesaria. Sin embargo, sería injusto y cómodo culpar solo a la sociedad.

La corrupción no nace en el vacío, pero tampoco es una fatalidad cultural. Se aprende, se tolera, se normaliza desde arriba. Y cuando eso ocurre, la desmoralización se convierte en norma.

Se habla, con frecuencia, de la necesidad de una nueva clase política. Pero no una clase independiente, flotando en el aire como si no tuviera pasado ni contexto. Esa ilusión, muchas veces, ha resultado ser la peor.

Lo urgente es otra cosa: una clase política nueva dentro de los partidos existentes. En el PRM, en el PLD, en la Fuerza del Pueblo. Hombres y mujeres que no hagan compromisos ni con el pasado ni con el presente, que no hereden silencios ni deudas morales.

Para que eso ocurra, los partidos políticos deben mirarse a sí mismos con honestidad, sin maquillaje ni excusas. Limpiarse. Entender que hoy la clase política está desmoralizada, no solo por lo que ha hecho, sino por lo que ha dejado de hacer.

Gobernar no es administrar el desencanto, sino enfrentarlo.

La izquierda, por su parte, parece haberse extraviado. Se aburguesó, dejó el pensamiento a un lado y cambió la crítica por la comodidad. En lugar de incomodar al poder, aprendió a convivir con él. Así perdió su razón de ser y su voz.

¿Qué hacer en este tiempo? Tal vez no retirarse de la política, sino retirarla de la impunidad. El país necesita una nueva idea, un nuevo sueño, pero también actos concretos. Que quienes hicieron del dinero público su patrimonio personal enfrenten la cárcel.

Que se extradite a quienes deben responder ante la justicia. Que la ley deje de ser un discurso y se convierta en una práctica.

Solo así podrá nacer una nueva clase política. No por decreto, sino por necesidad. Porque la actual, marcada por el mismo mal, ya no inspira. Y sin inspiración, ningún país puede avanzar.

Demuéstrame que estoy equivocado…

Comparte esto!