El desarrollo sostenible no se mide únicamente por el crecimiento del Producto Interno Bruto ni por la cantidad de inversiones que atrae un país. Se mide, sobre todo, por la calidad del empleo que genera. En ese sentido, una realidad se impone con claridad: no hay desarrollo sostenible sin empleo formal.
En la República Dominicana, el trabajo formal representa mucho más que una relación contractual. Es la vía mediante la cual el trabajador accede a la seguridad social, a la estabilidad de ingresos, a la protección legal y a la posibilidad real de planificar su vida. Un empleo formal permite pensar en el largo plazo, invertir en educación, cuidar la salud y construir un proyecto familiar con mayor certidumbre.
Pero la formalidad no beneficia únicamente al trabajador. Para el empleador, el empleo formal es un factor clave de productividad y sostenibilidad. Las empresas que operan dentro de la legalidad laboral cuentan con personal más comprometido, menor rotación, mejor clima organizacional y mayores oportunidades de acceso a financiamiento, contratos públicos y alianzas estratégicas. La formalidad fortalece a la empresa y la prepara para crecer de manera ordenada y competitiva.
Desde la perspectiva del Estado, el empleo formal es una pieza central del desarrollo. Amplía la base contributiva sin necesidad de aumentar impuestos, fortalece los sistemas de salud y pensiones, reduce la pobreza estructural y mejora la calidad del consumo interno. Como ha señalado la Organización Internacional del Trabajo, el empleo formal y decente es una condición indispensable para el desarrollo económico y social.
En ese contexto, es importante reconocer los esfuerzos que ha venido realizando el Gobierno dominicano para promover el empleo formal. El impulso a sectores estratégicos como las zonas francas, el turismo formalizado, la construcción y los servicios, junto con políticas de incentivo a la inversión, programas de capacitación laboral y fortalecimiento de la seguridad social, ha permitido avanzar en la creación de empleos más estables y protegidos.
El gran desafío sigue siendo reducir de manera sostenida los niveles de informalidad, especialmente en las micro y pequeñas empresas, donde se concentra una parte importante del empleo. Para lograrlo, se requiere continuar simplificando trámites, ofreciendo incentivos a la formalización y fortaleciendo una cultura de cumplimiento que entienda la formalidad no como un castigo, sino como una oportunidad.
Porque al final, el empleo formal no es solo un tema laboral: es un pacto social que define el tipo de país que aspiramos a construir. La pregunta que debemos hacernos como sociedad es clara y necesaria: ¿queremos un crecimiento económico basado en la informalidad y la precariedad, o un desarrollo sostenible apoyado en el empleo formal, la dignidad del trabajo y la estabilidad de nuestras familias?
Leonardo Gil, Asesor comunicación política y de gobierno
