Por Doctor Ramón Ceballo
Donald Trump no gobierna, tensiona. No lidera, desestabiliza. Y no administra el poder con vocación democrática, sino con una lógica peligrosa que ya no puede seguir disimulándose, escalar deliberadamente la crisis de gobernabilidad en Estados Unidos para fabricar el pretexto que le permita deslegitimar, o incluso suspender, las elecciones de medio término que sabe que perderá.
La historia es clara, los autócratas no temen a las protestas, temen a las urnas. Y Trump lo sabe. Las elecciones de medio término representan para él algo más que una derrota legislativa, son la antesala de la pérdida del control político, el inicio de investigaciones más profundas y, eventualmente, el fin de su blindaje presidencial.
Por eso su estrategia no es convencer, sino dinamitar el terreno democrático antes de que los ciudadanos puedan expresarse.
Estados Unidos atraviesa hoy una crisis institucional que no es accidental ni espontánea. Es alimentada desde el poder. La retórica incendiaria, la demonización sistemática de la oposición, la desconfianza sembrada contra el sistema electoral, el descrédito de los tribunales, la presión sobre organismos independientes y el uso político de la seguridad nacional no son errores, son piezas de un mismo libreto autoritario.
Trump necesita un país al borde del colapso para justificar medidas excepcionales. Necesita miedo, porque el miedo paraliza derechos. Necesita caos, porque el caos suspende reglas. Necesita confrontación, porque en la confrontación se diluye la rendición de cuentas.
No es casual que cada semana eleve el tono, radicalice el discurso y empuje a sus bases a una lógica de “ellos contra nosotros”, como si la democracia fuera una guerra civil latente.
La idea de “elecciones amañadas” no es nueva en su narrativa. Ya la usó antes. Pero ahora va más lejos, prepara el terreno para cuestionar la viabilidad misma del proceso electoral, alegando inseguridad, desorden, crisis nacional o amenazas internas.
Es la receta clásica de los líderes que saben que el voto popular no les favorece y buscan refugiarse en el poder ejecutivo como trinchera.
Lo verdaderamente alarmante no es solo Trump, sino el daño estructural que esta estrategia causa a la democracia estadounidense. Cuando un presidente convierte la sospecha en política de Estado, erosiona la confianza ciudadana.
Cuando convierte al adversario en enemigo, desnaturaliza la competencia democrática. Y cuando sugiere que las elecciones solo valen si él gana, coloca al país en una pendiente autoritaria peligrosa.
Las elecciones de medio término no son un trámite menor, son un mecanismo de control, un contrapeso constitucional, una válvula democrática.
Perderlas no lo saca automáticamente de la presidencia, pero lo deja políticamente expuesto, limitado y bajo escrutinio. Y eso es exactamente lo que Trump quiere evitar a toda costa.
Por eso insiste en gobernar como si estuviera en campaña permanente. Por eso polariza. Por eso amenaza. Por eso provoca. Porque su mayor miedo no es la oposición, sino la ciudadanía organizada votando en su contra.
Estados Unidos enfrenta hoy una disyuntiva histórica, defender la institucionalidad o normalizar la tentación autoritaria. Trump no está probando los límites por accidente; los está empujando con cálculo.
La pregunta no es si él está dispuesto a ir demasiado lejos, sino si las instituciones y la sociedad estadounidense están dispuestas a detenerlo a tiempo.
La democracia no suele morir de un solo golpe. Muere cuando el caos se vuelve costumbre y la excepción se convierte en norma. Y Trump, peligrosamente, parece apostar a ese escenario.
