Los partidos políticos: concepto y alcance (I)



Isidro Toro Pampols

Es lugar común hablar de la crisis política en nuestro mundo globalizado. Se intenta arroparnos con un manto conceptual que nos plantea una proposición sin salida. Pretenden agobiarnos con una lógica insalvable, algo así como la siguiente estrofa: “ni contigo ni sin ti, tienen mis males remedio.

Contigo porque me matas, sin ti porque me muero”.
El proceso de globalización no sólo ha restado soberanía a los estados nacionales, fenómeno que ha sido sacralizado por una literatura analítica de las ciencias políticas originada en algunas universidades y medios de comunicación, subvencionadas por las grandes empresas trasnacionales interesadas en la mundialización bajo su óptica, que incluye desvirtuaciones en la «Agenda 2030» a la que, con rítmico acompañamiento, han secundado centenares intelectuales, particularmente latinoamericanos. Igualmente, ha provocado una creciente crisis de mecanismos de representación y legitimidad democrática.

Frente a esta realidad, la literatura del compromiso con la alienación oferta, con calidad de evangelio, una alternativa: un Estado dedicado exclusivamente a defender policialmente la paz para el buen desenvolvimiento de las leyes del mercado con organizaciones políticas poco estructuradas que funjan de voceras de los actores que controlan y conducen los hilos de la economía, las cuales se cobijen en el muy cómodo nombre de «sociedad civil», desvirtuando lo que históricamente significa este concepto.

Con la precitada alternativa se pretende despojar de majestad a lo público reduciéndolo a un simple cálculo de ganancia y pérdida donde los políticos y servidores públicos actúen con la misma lógica de los agentes económicos en un juego de libre mercado.

Se busca enterrar, definitivamente, la economía social de mercado, cuyo modelo socioeconómico aspira combinar la libertad del mercado capitalista con la equidad social, buscando eficiencia económica y cohesión social, cuidando los valores culturales, preceptos que se ha practicado, con sus variantes y falencias en algunos países de Hispanoamérica como Chile, a título de ejemplo.

A pesar de la arremetida de los agentes del neoliberalismo contra los partidos, aún le reconocen un lugar en las sociedades contemporáneas, posiblemente por la resistencia de algunos actores.

La diferencia de óptica radica en el presente estadio de desarrollo de la globalización y en las llamadas «sociedades periféricas», donde los partidos políticos mantienen un lugar que sigue siendo central, a pesar del estímulo que se la ha dado a las organizaciones que se presentan bajo el nada emblemático estandarte de la «sociedad civil» las que muchas de ellas, no todas, son realmente grupos de presión.

Definir lo que es un partido político es un buen inicio para desarrollar el planteamiento de lo que debe ser un partido deliberante en una sociedad que debe ir transformándose en democracia participativa.
Muchas definiciones se han intentado y de acuerdo al espacio geográfico y al mundo cultural en que el autor de la enunciación vive, se aprecia una u otra dirección.

Reconocida es la definición de Max Weber (1864-1920) quien nos dice: “llamamos partidos a las formas de socialización que, descansando en un reclutamiento, tienen como fin proporcionar poder a sus dirigentes dentro de una asociación y otorgar por ese medio a sus miembros activos, determinadas probabilidades ideales o materiales”.

La tradición anglosajona la podemos representar con la opinión del profesor Elmer Eric Schattschneider (1892-1971) quien definió a los partidos políticos como organizaciones fundamentales e indispensables para la democracia moderna, cuyo propósito principal es estructurar el conflicto y ganar elecciones señalando: “un partido es, ante todo, un intento organizado de alcanzar el poder, entendiendo por tal, el control del aparato estatal”.

Entrando en nuestro mundo hispano resaltamos la definición del profesor Ramón Cotarelo (1985), quien concibe el partido político como “toda asociación voluntaria perdurable en el tiempo dotada de un programa de gobierno de la sociedad en su conjunto que canaliza determinados intereses y aspira a ejercer el poder, mediante su presentación reiterada a los procesos electorales”.

En esta última definición observamos una variable ausente en la del autor anglosajón, que no es otra que el meta-mensaje del partido político: “un programa de gobierno de la sociedad en su conjunto” como recalca el profesor español, mientras que el primero nos habla sólo de alcanzar el poder, al menos en su definición.

En esa tradición se encuentra la tesis del autor mexicano Lucio Mendieta y Nuñez (1947) cuando concluye que “el partido político es una agrupación temporal o permanente de ciudadanos guiados por un líder y unidos por intereses comunes que tratan de satisfacer de acuerdo con un programa de principios y mediante la retención o la conquista directa del poder estatal, o ejerciendo influencia en las orientaciones del mismo”.

En el año de 1966, se publica la que quizás ha sido la más reconocida definición de «partido político» formulada por J. La Palombara y M. Weiner sustentada en los siguientes elementos:

a- Se ha de tratar de «una organización duradera, cuya esperanza de vida política sea superior a la de sus dirigentes».
b- Ha de «poseer una organización local aparentemente duradera que mantenga relaciones regulares y variadas con el nivel nacional’.
C- «La voluntad deliberada de sus dirigentes nacionales y locales de tomar y ejercer el poder, sólo o con otros, y no sólo de influir sobre el poder”.
d- «El deseo de buscar un apoyo popular a través de las elecciones o de cualquier otro medio».
e- «Que canalice determinados intereses sectoriales».
f- Y finalmente, «la organización debe estar dotada de un programa de gobierno de la sociedad en su conjunto», aquí coincidente con Cotarelo.
Como corolario reproducimos el artículo 6 de la Constitución española de 1978, que establece: “los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política.

Su creación y ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento deben ser democráticos”.

La mayoría de las definiciones nos conduce a entender que un partido político es un conjunto de individuos que comparten un ideal común de sociedad, que aspiran un sistema político armónico en el marco de su ideario, que actúan como caja de resonancia de la sociedad y articulan “determinados intereses sectoriales” con el Estado.

Es importante destacar el siguiente párrafo de la sentencia del 2 de febrero de 1981 del Tribunal Constitucional de España: “ninguna democracia constitucional podría funcionar sin la libre competencia de los partidos”.

Para ello, en una sociedad democrática que es donde pueden funcionar los partidos políticos entendidos como tales, la agrupación partidaria debe ejercer la democracia interna reglamentada por sus estatutos, pero no coartada por estos.

En Hispanoamérica observamos como los otrora partidos políticos han devenido en grupos electorales que se dinamizan en tiempos de elecciones, la mayoría diseñan un programa de gobierno plagado de lugares comunes, desarrollan un discurso orientado a todo público, sin diferenciación ideológica llegando como máximo a definir una intención de promover políticas públicas dirigidas un poco más a programas sociales que a beneficio del empresariado o viceversa.

En fin, son organizaciones «atrápalo todo», sustentadas en el mercadeo sobre la base de las herramientas que proporcionan tanto la comunicación política como las redes sociales.

De allí la crisis de «apatía política» que vivimos con altísimos porcentajes de abstención en las elecciones generales que colocan sobre relieve la desafección existente con respecto al sistema político.

Aún hay tiempo, pero depende de un grupo de avanzados.
En próximo articulo abordaremos el tema del origen de los partidos políticos, lo que nos ayudará a entender su misión en la sociedad.

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