Marino Beriguete
El mundo se ha vuelto ruidoso hasta el cansancio. No es solo el estruendo de las bombas en guerras lejanas, ni el zumbido constante de titulares que suben y bajan como mareas nerviosas.
Es un ruido más sutil, más persistente. Un ruido que no deja pensar. Los periódicos repiten cifras, crisis, escándalos. El combustible sube. El dólar sube. La corrupción aparece con la regularidad de un mal hábito. Los partidos hablan, pero rara vez dicen algo. Y en medio de todo eso, hay una ausencia que ya casi nadie nota.
El hombre común ha desaparecido de la conversación cotidiana.
No es que haya dejado de existir. Al contrario, está en todas partes. Está en la esquina, en el semáforo, en el pasillo del supermercado. Pero ya no ocupa espacio en la imaginación pública. Nadie escribe sobre él. Nadie lo espera en las noticias de la noche. Nadie parece preguntarse si come bien, si duerme tranquilo, si tiene algún motivo sencillo para sentirse satisfecho.
Antes, el hombre común era el punto de partida. Los discursos lo invocaban. Los periodistas lo buscaban. Los políticos lo necesitaban. Era una figura concreta, casi íntima. Hoy es apenas una sombra útil en campañas, un recurso retórico que se menciona sin detenerse a mirarlo.
Mientras tanto, la vida sigue ocurriendo en escenas pequeñas. En la librería casi vacía, donde los libros esperan lectores que ya no llegan.
En el restaurante lleno, donde las personas no hablan entre sí sino con sus pantallas. En los comentarios de redes, donde la verdad se ha vuelto sospechosa. Todo parece importante y, sin embargo, nada parece cercano.
El hombre común no vive en ese ruido. Vive en otra parte, en una dimensión menos visible. Es el que compra lo más barato, aunque no sea lo mejor. El que cocina con aceite que sabe que no le conviene, pero alcanza.
El que carga block bajo el sol o recoge la basura antes de que la ciudad despierte. El portero que abre la puerta sin que nadie recuerde su nombre. El jardinero que cuida lo que otros disfrutan.
Es también quien saluda sin esperar respuesta. El chofer al que apenas se le dice “buenos días”. La seguridad que observa todo sin ser visto. La muchacha que se levanta temprano para preparar café en una casa que no es la suya.
Esas vidas no aparecen en los análisis ni en los debates. Pero sostienen, de manera silenciosa, el orden frágil de cada día.
Lo curioso es que el hombre común no ha cambiado tanto. Sigue buscando lo mismo: estabilidad, un poco de descanso, alguna forma de dignidad. Lo que ha cambiado es la mirada que se posa sobre él. Antes era centro. Hoy es fondo. Antes era sujeto. Hoy es contexto.
Quizás el problema no sea la falta de información, sino el exceso. Hay tanto que mirar que hemos dejado de ver. Y en ese abandono, el hombre común se vuelve invisible incluso para sí mismo. Ya no sabe si su historia importa. Ya no sabe si alguien la escucha.
Y, sin embargo, todo empieza y termina allí. En ese gesto sencillo de reconocer al otro. En ese breve momento en que alguien decide mirar más allá del ruido. Tal vez el hombre común no necesita volver a ser protagonista. Tal vez basta con que alguien vuelva a notarlo.
Demuéstrame que estoy equivocado.
