La otra mejilla de María Corina



Por: Antonio Ledezma

Existe una profunda incomprensión sobre una de las parábolas más potentes de la historia universal. Cuando Jesucristo nos habló de «poner la otra mejilla», el mundo interpretó erróneamente el mensaje como un llamado a la sumisión, a la debilidad o al repliegue pasivo ante el verdugo.

Nada más alejado de la verdad. En la historia contemporánea, hemos visto cómo el mal intenta doblegar la voluntad de las sociedades libres a través del terror: lo vimos con los brutales atentados a las Torres Gemelas, las masacres en París o el horror vivido en España. El terrorismo no busca dialogar; busca que la víctima se doblegue por el miedo.

En Venezuela, ese mismo patrón criminal se ha manifestado en un entramado de narcotráfico y terrorismo de Estado que ha pretendido secuestrar nuestro territorio. Frente a ese monstruo, poner la otra mejilla nunca ha sido cobardía, sino un desafío moral descomunal. Es plantarse con firmeza, mirar a los ojos al opresor y decirle en silencio:

“Tu violencia no me rebaja, tu aparato criminal no me quiebra y aquí sigo, de pie, porque mi dignidad es inalcanzable para ti”.

Esa es, exactamente, la parábola viviente que ha encarnado María Corina Machado. Quienes pretendieron doblar su espíritu a fuerza de atropellos institucionales y físicos no entendieron que cada golpe que le propinaban era respondido con una milagrosa multiplicación de su fuerza moral. Su tránsito por la política venezolana no se explica desde la fría estrategia electoral, sino desde la mística de quien resiste de pie, asumiendo cada herida como un peldaño hacia la victoria definitiva.

El primer gran impacto físico ocurrió en el propio hemiciclo del Parlamento nacional. Allí, protegidos por la impunidad del poder, la golpearon salvajemente en el rostro. Rompieron su nariz, pero no su postura. Con la sangre aún visible, María Corina se puso de pie, se limpió la herida y siguió adelante, demostrando que la majestad de la representación popular no residía en las paredes de ese palacio, sino en el pecho de quien no se arrodilla.

Ante la imposibilidad de quebrarla físicamente, vinieron los golpes jurídicos. De manera arbitraria e injusta, le arrebataron el fuero parlamentario para impedirle continuar su labor. Fue un manotazo artero a la mejilla de la legalidad. ¿Qué hizo ella? Siguió adelante, recorriendo los pueblos, sembrando conciencia en cada caserío del país.

En el año 2015, con la malicia propia de quienes temen al veredicto de las urnas, volvieron a golpearla prohibiéndole postularse nuevamente como diputada. Otra bofetada del régimen; otra demostración de dignidad de su parte, al convertirse en la gran promotora de una victoria que no era para su beneficio personal, sino para el de toda la nación.

La persecución no cesó allí. Intentaron lincharla moral y judicialmente a través de expedientes maliciosos y grotescamente construidos para judicializar su disidencia. Buscaron la foto de la mujer tras las rejas para infundir miedo al país. Pero al golpear esa mejilla, solo lograron que la verdad brillara con más fuerza.

María Corina desmontó cada infamia y continuó su marcha indomable hacia el encuentro con la Venezuela profunda.
En el año 2024, el calvario cívico escaló cuando, tras su histórica e incontestable victoria en las elecciones primarias, la dictadura pretendió anular la voluntad de millones de ciudadanos impidiéndole inscribir su candidatura presidencial.

En aquel momento de máxima tensión, ella puso la otra mejilla de la forma más sublime e inteligente: entregando su capital político a la causa colectiva y recorriendo el país en una campaña heroica para consolidar la ruta civilista que desnudó el fraude del régimen ante el mundo entero. Ella se sacrificó por la paz y por mantener el tablero democrático.

Sin embargo, hoy nos encontramos en una encrucijada histórica muy distinta. Ante el actual escenario político de transición y la inminente necesidad de convocar a una nueva elección presidencial en Venezuela, han surgido voces insidiosas que pretenden que María Corina dé marcha atrás.

Hay quienes, tras bastidores, le exigen que vuelva a «poner la otra mejilla» inhibiéndose de participar y que ceda el testigo para apoyar otra candidatura.

Aceptar eso hoy sería un gravísimo error histórico. En esta hora crucial, dar un paso al costado ya no sería un acto de magnanimidad para favorecer la paz; modificar el rumbo en esta coyuntura no constituiría un simple disenso, sino una desconexión profunda con el mandato ineludible que la realidad impone. Responde al más estricto realismo político: el de un liderazgo de carne y hueso, firmemente arraigado en las esperanzas genuinas del pueblo venezolano y en la viabilidad de sus aspiraciones.

Desatender la exigencia del momento actual significaría ignorar un compromiso histórico imperativo. No estamos ante una construcción mítica ni un fenómeno de mesianismo abstracto; se trata de una conducción que interpreta y canaliza las verdaderas expectativas de cambio de la sociedad venezolana.

María Corina no puede ni debe apartarse, porque su investidura como candidata de la unidad expresada por el pueblo en elecciones primarias, deja muy claro que no es un capricho personal, sino una obligación moral ineludible. Su liderazgo —respaldado por la legitimidad popular, el reconocimiento internacional y su inquebrantable resistencia— es la única garantía real de que Venezuela pueda consolidar su libertad.

Ella es la figura llamada a conducir el proceso de reunificación de todos los venezolanos y ella esta capacidad de blindar el inicio de la reconstrucción de la República en todos los órdenes. La hora de recibir los golpes en silencio ha terminado; ahora es la hora de que el liderazgo legítimo asuma la conducción del destino nacional.

Antonioledezma.net

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