Marino Beriguete
Se repite con frecuencia que atravesamos una época de desafección política, como si la ciudadanía hubiera dejado de creer en la política o hubiera renunciado a participar en lo común. Sin embargo, esta interpretación resulta cada vez menos convincente. Lo que estamos viviendo no es un abandono de la política, sino algo más inquietante: la entrada en un “vacío político”.
La gente sigue creyendo en la política como herramienta de transformación, pero encuentra cada vez menos propuestas que merezcan su atención.
El problema no es la apatía, sino la pobreza de la oferta. Las democracias no se vacían porque los ciudadanos se desentiendan, sino porque los relatos, los proyectos y las alternativas se parecen demasiado entre sí o resultan incapaces de dar sentido a una realidad compleja.
Cuando votar deja de percibirse como una decisión significativa, no desaparece el interés por la política, sino la confianza en que existan opciones verdaderamente distintas.
Este vacío se manifiesta de forma clara en el terreno electoral. La abstención no siempre expresa rechazo, sino indiferencia forzada. No es que a los ciudadanos no les importe lo que ocurre, sino que no encuentran el día de la votación una boleta reconocible de sus preocupaciones.
El vacío electoral no nace de la despolitización social, sino de una política que ha perdido capacidad de imaginar futuros diferenciados.
La paradoja de nuestro tiempo es que nunca se ha hablado tanto de política y, al mismo tiempo, nunca ha resultado tan difícil distinguir proyectos. La simplificación del discurso, la obsesión por la reacción inmediata y el miedo a perder apoyos han producido una política cautelosa, repetitiva y previsible.
En lugar de asumir riesgos intelectuales, muchas fuerzas políticas optan por administrar lo ya conocido, incluso cuando saben que no responde a los desafíos actuales.
No estamos ante una ciudadanía desinformada o pasiva. Al contrario, existe una elevada conciencia de los problemas: la precariedad, la crisis ecológica, la transformación tecnológica, la desigualdad persistente.
Lo que falta no es sensibilidad social, sino propuestas que articulen estas inquietudes en programas coherentes y creíbles. El vacío político se produce cuando las preguntas superan con creces a las respuestas disponibles.
En este contexto, la política corre el riesgo de convertirse en una gestión rutinaria de expectativas a la baja. Se gobierna para evitar el conflicto, no para ofrecer orientación. Pero una democracia que renuncia a orientar deja de cumplir una de sus funciones esenciales: ayudar a la sociedad a interpretarse a sí misma. Sin esa mediación, el espacio público se llena de frustración, aunque no necesariamente de rechazo frontal.
Conviene distinguir este vacío de otros fenómenos como el populismo. El populismo no surge porque la gente haya dejado de creer en la política, sino porque percibe que alguien, al menos, parece ofrecer una narrativa clara, aunque sea simplificadora.
Su fuerza no proviene del cinismo social, sino del hueco dejado por una política incapaz de formular diferencias sustantivas.
Quizá el reto principal de las democracias actuales no sea reactivar la participación, sino reconstruir una oferta política que esté a la altura de la complejidad social. No se trata de prometer soluciones fáciles, sino de ofrecer interpretaciones honestas y proyectos reconocibles.
Allí donde reaparecen alternativas con sentido, el interés ciudadano también regresa. El vacío político no es un destino inevitable, pero sí una advertencia que conviene tomar en serio.
Demuéstrame que estoy equivocado…
