La visión aldeana, parroquiana y provinciana de los actores políticos:(La Administración Pública)


La visión aldeana, parroquiana y provinciana de los actores políticos:(La Administración Pública)

Por Cándido Mercedes

“La vida me colocó en un sitio que nunca imaginé. Lo asumo con la certeza de que servir a mi pueblo y a mi patria es el mayor privilegio. Mi deseo de participar en la transformación de México nació desde la infancia, cuando mi madre y mi padre sembraron en mí la semilla de la honestidad y la convicción por la justicia social.

Con el paso del tiempo la vida me trajo a este momento de diversas formas”. (Claudia Sheinbaum Pardo: Diario de una transición histórica).

La sociedad dominicana requiere una verdadera transformación de la vida pública. La vida pública debe de tener como caudal fundamental la Administración Pública.

Es esa mirada y asunción que nos habrá de colocar en el camino de la justicia social, como peldaño y eslabón de la importancia de la dimensión de la polis en la demos.

Como vemos, la Administración Pública expresa la ideología esencial de un proyecto colectivo. Decanta el discurso, la retórica, ya sea rústico, ríspido o categorial, colocado en la sublimidad más alta de la abstracción conceptual. Que hacemos en la praxis de la vida cotidiana. Que colocamos en el presupuesto, como eficientizamos y como dispendiamos.

Dicho de otra manera, la escala, su altura y dimensión, está determinada con lo que hacemos, pues al final nos evaluarán más allá de nuestro pensamiento, de lo que digamos, lo que hacemos.
En la Administración Pública lo nodal se expresa en la eficiencia, en la eficacia, en la calidad de los servicios públicos, en el arte de gerenciar los bienes públicos en una sociedad con ingresos medio alto: US$11,611 dólares, empero, donde el 60 – 65% no tiene acceso al referido promedio.

La Administración Pública nuestra, su accionar, todavía está referido al comienzo del Siglo XX de las sociedades modernas, donde se iniciaba la carrera profesional en el Estado. Allí donde los ciudadanos no se encuentran en los avatares de los ciclos políticos y de la circulación de las elites de la vida partidaria.

En nuestro país, en pleno Siglo XXI, la Ley 41-08 de Administración Pública, conserva cuatro tipos de ciudadanos en la Función Pública, a saber, de acuerdo al Artículo18:

1) Funcionarios o servidores públicos de libre nombramiento y remoción.
2) Funcionarios o servidores públicos de carreras.

3) Funcionarios o servidores públicos de estatuto simplificado.

4) Empleados temporales.
A 18 años de su promulgación, esta importante Ley 41-08, sigue siendo un desafío más allá de la validez y pertinencia de su contenido.

Los actores políticos actúan, en gran medida, como si ella no existiese. Eso lleva a que el Estado se encuentre todavía poco profesionalizado, con una gestión pública exageradamente politizada de manera partidaria cada cierto tiempo, en función del partido que está en el poder.

En República Dominicana existe el despojo político, esto es, el “ganamos y los puestos públicos son para el partido ganador”. Es más, el atraso, la visión aldeana, parroquiana y provinciana de la Administración Pública es que los cargos, con acceso a ella, son de una categoría “Miembro o militante del partido”.

Objetivamente, Balaguer, un hombre que nació en el 1906, fue más revolucionario, más hombre de Estado, con respecto a los nombramientos que los presidentes que les han sucedido desde 1996. Incluso, con el otorgamiento al acceso a las viviendas y otros bienes públicos. Colocaba en la Administración Pública a militantes, dirigentes de otros partidos y en la otorgación del hábitat fue más abierto, más democrático.

El PLD, de los primeros 12 años, fue exageradamente mezquino, groseramente sesgado y despiadadamente miserable.

En el Siglo XXI, en la tercera década, somos capaces, desde el púlpito del Primer Poder del Estado, de hilvanar un discurso contra el “arribismo” que, para un experto en gestión pública y gestión humana es cuasi soez, deprimente, triste, ríspido, a tono con el “conchoprimismo” atroz de la vida pública del Siglo XIX y comienzo del Siglo XX.

El anacronismo requiere de una disrupción de la vida pública, de su concepción y “convicción” que tienen muchos actores públicos, que creen en el mejor aplauso y en la montanera.

Vincularse a un puesto público por el solo hecho de haber hecho campaña, es la visión miope y torpe de esta era de la vida política. Esa terrible ceguera nos impide la cristalización de un Estado moderno que comienza por tener empleados profesionales en la Administración Pública, independientemente de la meritocracia, del proceso de reclutamiento, selección, evaluación del desempeño y el grado de empleabilidad de los servidores públicos.

Hoy, el concepto de “arribista” es aquel que llega a un puesto público sin contar con los conocimientos, habilidades y capacidades para un cargo determinado. Aquel que no ejerce, en función del puesto, una actitud y aptitud relevante para las funciones que tiene.

Aquel que no responde a los desafíos de la institución y sus cambios y a las necesidades del mercado laboral externo.
Entrar a un puesto público tiene dos dimensiones en la vida del Siglo XXI:

a) Competencias: técnicas y blandas.
b) Alta sensibilidad social, pues es servir directamente a la sociedad en el Estado.
Aquí, de tanto trillar el malogrado camino del clientelismo político, hemos creado una cultura nefasta para la transformación del estado vía la Administración Pública:

1) Si trabaja como ciudadano dominicano, donde el Estado requiere empleados y funcionarios altamente competitivos, te etiquetan para toda la vida.

2) Si permanece 15- 20 años en la Administración Pública te señalan como “dichoso” por haber “sobrevivido” a varios gobiernos, cuando debería ser normal.

3) Si eres un militante de la vida social, con credenciales profesionales, con amplia participación con responsabilidad social y va a un cargo, atacan a la organización donde provienen.

4) Si toma un puesto público siendo de otro partido, te “esquematizan” como que te vendiste.

5) Si eres un hombre o mujer de Estado y un presidente te llama, le dicen “corcho”. No ven su preparación, su formación, su entereza, su honestidad.

6) Por ejemplo, Jorge Subero Isa, como hombre de Estado, se está sacrificando por el país, pues gana menos en la Consultoría Jurídica que su pensión en la Suprema Corte de Justicia. Lo mismo ocurre con Magín Díaz, es un excelente profesional, que goza del aprecio y valoración de la sociedad como técnico, estoy convencido que en estos momentos gana menos en la Administración Pública que en su práctica profesional privada.

De igual manera, Osmar Benítez, que fue Ministro de Agricultura y un empresario reconocido. Un profesional por entero al mundo de la agropecuaria. Le sirve a su país desde diferentes trincheras.
Esto no sucede con una gran cantera de actores políticos que si no están en el tren gubernamental nadie sabe de qué viven, porque su “vida profesional, su realización de la vida cotidiana, es cuasi desconocida.

Hay que subrayar, como muy bien señalaba José Mujica, la política no es una profesión. Aquellos que ven la política como una profesión, envilece la acción social más pletórica de transformación de una sociedad. Si la gerencia es el arte de hacer que las cosas sucedan, la política es la ciencia, es el arte.

Es tener el canon esencial de la sensibilidad para tomar decisiones que cambien la vida de la gente, desde su transformación vital. Tener la capacidad de priorizar los escasos recursos para ampliarlos en el logro del bienestar común.
Max Weber, ese insigne sociólogo alemán, dijo una vez en una conferencia denominada La política como vocación que “hay gente que sirve para vivir para la política y otros para vivir de la política”.

Los primeros, son los que se dedican con entusiasmo, con pasión, aquellos que luchan por una causa. Los segundos ven la política como fuente de ingresos, como mecanismo para el ascenso económico y social. La sociedad, en su transformación de la vida pública, tiene que tomar conciencia del grado y el alcance de la Administración Pública para un Estado moderno.

Un Estado no puede ser moderno cuando sus empleados y funcionarios tienen que ser de un partido, cuando cada día más el número crece para satisfacer a los “compañeros del partido. Leonel Fernández amplió la nómina pública en un 62%. Danilo Medina en un 76% (sin contar las nominillas y la nómina CB). Luis Abinader entre un 18 – 20%.

Esta es la primera parte del clientelismo que tenemos que desterrar, de ahí el costo de la política y su grado de degradación institucional. Como lo es la opacidad de entrega de dinero por el empresariado a los partidos, que luego se reditúa en contratos con alta rentabilidad. En gran medida, la captación del reclutamiento de los activistas en los partidos cobra cuerpo y sentido en la promesa de un cargo cuando lleguen al poder. Ya no es la defensa a un proyecto de nación.

Los partidos más grandes no tienen ostensibles diferencias de la vida pública, a no ser dirigentes con credenciales reputacionales que subvierten la vida partidaria, la trascienden y gozan de un capital generador de confianza.

Cuando buscamos el hilo conductor del por qué los partidos políticos tienen la percepción, valorativa más baja de todas las instituciones, una de ellas es la manera de su práctica política tan excluyente, tan matizada por el particularismo, tan visceral, tan abigarrado en la concepción de los privilegios como si fuera una casta, tan obcecado en que las leyes se acomoden a sus necesidades, a pedir como diría Johnny Pujals “contra el consenso, no hay ley” y su partido sintetizaría “la realidad obliga a ser más flexibles.

Reconocer la realidad política actual”. Todo ello porque no tienen un candidato definido y tratan de buscar atajos para “resolver” su realidad, independientemente de la sociedad políticamente organizada.

Sin embargo, hay una difícil paradoja, un contraste, ese 23% tiene un componente muy alto del clientelismo y de su potencial. Esto quiere decir, las posibilidades de un partido llegar al poder hace que su matrícula crezca más. La crisis de solidaridad y el puente de la vida colectiva se eclipsó con la globalización a partir de los 90 del siglo pasado, lo que trajo consigo la exacerbación del individualismo.

El desafío es realizar una disrupción proactiva a fin de que nuestro país perfile un desarrollo sostenible, que fortalezca aún más el mínimo de riesgo político y profundice los niveles de gobernanza. La apuesta es comenzar a dejar atrás la concepción y convicción aldeana, parroquiana y provinciana de la política, del despojo político en la Administración Pública.

¡Hoy necesitamos de líderes inspiradores que desarrollen la autoconciencia emocional que, como dice Daniel Goleman, “es la habilidad de comprender tus propias emociones y el efecto que tienen en tu rendimiento”!

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