Marino Beriguete
Aveces, uno se encuentra con políticos que parecen salidos de otro tiempo. No porque huelan a naftalina ni porque hablen con frases de bronce, sino por una rareza mucho más sospechosa: porque no parecen políticos.
Porque no entran en una conversación como quien entra en una oficina a sellar papeles, sino como quien llega a una mesa a escuchar lo que se dice antes de ordenar el café. Y algo así me ocurrió con doña Raquel Peña.
No la conocí entre banderas ni altavoces, que es donde suelen fabricarse las simpatías y los odios al por mayor. La vi, más bien, en esa pausa improbable de la vida pública en la que nadie está inaugurando nada y uno puede mirar a una persona a los ojos sin sentir que le están pasando una factura moral.
Ahí, donde el personaje todavía no ha subido al escenario, descubrí algo que en política se ha vuelto casi subversivo: serenidad.
Raquel habla como quien no necesita ganar la conversación. No remata, no subraya, no actúa el entusiasmo. Y, sin embargo, convence. En este país —y sospecho que en casi todos— estamos acostumbrados al político que promete como quien reparte volantes: con prisa, con sonrisa, con esa fe moderna en que el papel lo aguanta todo.
Ella, en cambio, parece de las que primero miden la distancia del salto antes de decir que pueden brincar.
Dicen que es cristiana. Lo será, sin duda. Pero lo que más se nota no es la etiqueta, sino el temple: una especie de confianza en que la decencia no es una debilidad, sino una manera de mandar. Y eso incomoda. Incomoda a los cínicos, a los expertos en cálculo, a los que creen que gobernar consiste en ganar la próxima portada.
He estrechado manos muy importantes que, sin apretar, ya estaban firmando tu desconfianza. He oído frases perfectas que olían a ensayo. Por eso me llama la atención alguien que no necesita parecer extraordinario para serlo. Raquel no traía libreto; traía propósito.
No me dijo si quiere ser presidenta. Y, curiosamente, no hizo falta. Porque hay personas cuya ambición no se anuncia: se adivina en la forma en que cargan la responsabilidad. Si da el paso, muchos lo verán como una oportunidad. Si no lo da, tal vez sea una pérdida. En cualquier caso, lo raro —lo verdaderamente raro— es haber encontrado a alguien que, en vez de temblar ante el poder, hace que el poder tiemble ante su honestidad.
Demuéstrame lo contrario.
