Por: Antonio Ledezma
La política, en manos de la tiranía que ha despedazado a Venezuela, no es un ejercicio de entendimiento, sino una gastronomía del horror. Han perfeccionado una receta donde el ingrediente principal es la buena fe de los incautos y el aderezo es el tiempo robado a la libertad.
Lo que ellos llaman «diálogo» no es más que un ritual de canibalismo político: se sientan a la mesa no para acordar, sino para devorar la esperanza de un pueblo, triturando instituciones y digiriendo la soberanía popular bajo el manto de una falsa diplomacia.
Lo hizo el «barón de Sabaneta» y lo perfeccionó el heredero de la infamia. La pócima siempre es la misma: una mezcla de cinismo, engañifa y simulación que les permite transmutar sus derrotas más estrepitosas en victorias tácticas. Para esta satrapía, el diálogo es un respirador artificial que activan cada vez que el asfixiante cerco de la realidad los acorrala.
No tienen ética, carecen de honor y su único norte es la preservación de un poder que hoy es el centro de operaciones de un consorcio criminal donde convergen bandas, carteles y enclaves terroristas.
Si lo que buscan con sus llamados hipócritas es «escuchar» propuestas, pierden el tiempo con sus intrigas de baja estofa.
Si quieren escuchar lo que ya han oído tantas veces de labios de María Corina Machado y de Edmundo González, les podemos hacer llegar las grabaciones de sus múltiples entrevistas y las declaraciones públicas que dan cuenta de sus encuentros con personalidades de alcances internacionales; allí explican y detallan, con precisión quirúrgica, cuál es la agenda de los venezolanos que ya hablaron —y muy claro— el pasado 28 de julio de 2024. Ellos son, María Corina y Edmundo Gonzalez, nuestros únicos y legítimos voceros.
Déjense de intrigas buscando dividir un liderazgo que tiene una conducción inquebrantable y un mandato sagrado que no admite componendas.
Hoy, con un descaro que rompe los estándares del desparpajo, vemos a Jorge Rodríguez agitar nuevamente el cascabel del diálogo. Es el mismo guion que recaló en México y naufragó en Barbados.
Esta vez, el cinismo alcanza niveles grotescos: Rodríguez exalta la supuesta «magnanimidad» de su hermana al asomar una Ley de Amnistía, pero de inmediato le coloca el cepo de la venganza al advertir que “no habrá beneficio para quienes celebraron la operación contra Maduro, su comandante en jefe, el pasado 3 de enero”.
Vale preguntarse: ¿Cómo pretenden encarcelar el sentimiento de una nación? Ese 92% de venezolanos que no escondió su satisfacción ante el fin de la usurpación no cabe en sus mazmorras.
Es una contradicción esquizofrénica: mientras amenazan al ciudadano que clamaba por apoyo internacional, esos millones de electores que dictaron un mandato soberano en las urnas en las que sufragaron ese pasado 28 de julio, se arrastran con servidumbre ante las autoridades de los EE. UU., tendiendo alfombra roja a su recién designada embajadora y recibiendo con «amapuches» al Director de la CIA. Son feroces con el débil y lacayos ante el poder que ya los marcó.
La tiranía ha advertido que “no cederán el poder ni por las buenas ni por las malas”. Por ello, aceptar su mesa es aceptar ser parte del menú. Venezuela ya no está para banquetes de simulación; está para la restitución total de la dignidad, esa que no se negocia con caníbales ni se mendiga ante quienes ya saben que su tiempo expiró.
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