Dr. Isaías Ramos
La rendición de cuentas del presidente Luis Abinader dejó una impresión impecable en forma y preocupante en fondo: un gobierno cada vez más eficaz para administrar el relato y cada vez menos dispuesto a confrontarlo con la experiencia real de la mayoría.
El discurso fue una sucesión ordenada de cifras, rankings, inversiones, acuerdos estratégicos y promesas tecnológicas. Sobre el papel, la República Dominicana parece avanzar sin tropiezos: crece la economía, bajan indicadores de pobreza, se fortalecen el turismo y las zonas francas, se anuncian obras y se proyecta modernidad. Nada de eso es irrelevante. El problema comienza cuando el éxito estadístico no logra traducirse en tranquilidad cotidiana.
Porque hay dos países coexistiendo al mismo tiempo.
Está el país que se describe desde el podio: el de la macroeconomía celebrada, los récords históricos y la confianza institucional. Y está el país que se vive desde la calle: el del salario que no alcanza, la compra reducida, la factura eléctrica temida, el transporte caro, la informalidad persistente y el joven que trabaja sin sentir que progresa.
La pregunta central no es cuánto creció la economía. La pregunta central es quién está viviendo realmente ese crecimiento.
Se insiste en presentar al turismo y a las zonas francas como locomotoras indiscutibles del desarrollo. Su peso es innegable. Pero desarrollo no es solo expansión; es distribución. Un modelo económico no se legitima por la cantidad de divisas que genera, sino por la calidad de vida que produce. Si amplios sectores laborales vinculados a esas actividades continúan atrapados en ingresos insuficientes y vulnerabilidad estructural, entonces la locomotora avanza, pero no necesariamente arrastra bienestar compartido.
Algo similar ocurre con la reducción de la pobreza. Puede existir mejoría metodológica. Puede haber variación estadística favorable. Pero cuando miles de hogares siguen dependiendo de ayudas mínimas para sostener consumos esenciales, el triunfalismo pierde fuerza. El subsidio puede evitar una caída mayor; no puede venderse como ascenso social. Puede contener la urgencia; no puede reemplazar la dignidad de ingresos suficientes y estabilidad real.
Ahí emerge el problema de fondo: la distancia entre crecimiento agregado y prosperidad distribuida.
Y esa distancia no es casual. Se amplía cuando la agenda pública comienza a inclinarse sistemáticamente hacia los sectores con mayor capacidad de presión. La captura de agenda no siempre se manifiesta en escándalos ruidosos. A veces opera de forma silenciosa: exenciones prolongadas sin evaluación rigurosa, regulaciones diseñadas con destinatario implícito, contratos con competencia limitada, prioridades que encuentran velocidad cuando hay lobby y lentitud cuando lo que hay es necesidad social.
No hace falta una ilegalidad estridente para producir un Estado desequilibrado. Basta con que el interés general pierda terreno frente a intereses mejor organizados.
El ciudadano puede no conocer cada expediente. Pero conoce el resultado. Percibe cuando las reglas no pesan igual para todos. Percibe cuando se exige disciplina a la mayoría mientras se concede flexibilidad a quienes tienen acceso. Percibe cuando el sacrificio se distribuye con rapidez y el beneficio con lentitud. De esa experiencia nace algo más corrosivo que el malestar: nace la desconfianza.
Y ningún país puede sostener estabilidad duradera sobre una ciudadanía que desconfía de la equidad de sus propias reglas.
A ese cuadro se suma una tentación contemporánea: sustituir gobierno por comunicación. Informar es una obligación democrática. Propagandizar es otra cosa. La comunicación explica y rinde cuentas; la propaganda selecciona y amplifica. La primera fortalece la autoridad. La segunda la desgasta, porque intenta resolver en el plano de la percepción lo que no logra resolver en la vida concreta.
Se puede dominar el titular del día y, sin embargo, perder el juicio silencioso de la gente.
La realidad tiene una contundencia que ningún relato logra domesticar. La madre que no completa la compra no necesita gráficos. El joven que trabaja y no progresa no necesita rankings. El empleado que escucha hablar de bonanza mientras hace cuentas para llegar a fin de mes no necesita interpretación oficial de su dificultad. Ya la conoce.
En el Frente Cívico y Social entendemos que la República Dominicana necesita crecimiento, inversión y modernización. Pero necesita algo todavía más decisivo: un Estado que mida su éxito por la fortaleza de su clase media y la reducción real de la vulnerabilidad, no solo por el desempeño macroeconómico. Necesita reglas que no se inclinen ante el poder de presión. Necesita liderazgo que prefiera la verdad incómoda a la autocomplacencia bien producida.
Porque la estabilidad verdadera no nace del relato, sino de la justicia en las reglas.
Y el crecimiento que no se convierte en bienestar compartido termina erosionando la confianza que lo sostiene.
Cuando la versión del poder no cabe en la experiencia del pueblo, el problema ya no es de comunicación. Es de rumbo.
Despierta RD!
