Marino Beriguete
En mi artículo anterior, “Manténgase lejos de los tibios”, escribí que las traiciones pequeñas, repetidas, terminan escribiendo una biografía entera. No es una frase brillante. Es una constatación. Uno no recuerda un solo golpe, sino la suma de los roces, de las lealtades que se aflojan cuando más se necesitan.
Al escuchar el discurso del 27 de febrero de Luis Abinader sentí que hablaba un hombre atravesado por esa suma. No mencionó nombres, pero estaban allí. En las pausas. En los énfasis. En esa manera de hablar que no es solo política, sino casi personal. Como si cada línea del discurso fuera la respuesta a una confianza mal pagada.
Gobernar no es un ejercicio de ingenuidad. Y, sin embargo, cada presidente parece descubrir tarde que en política nadie aporta por altruismo. Cada hombre que dijo que puso recursos, tiempo o prestigio en una campaña, espera luego su parte. Un despacho. Un contrato. Un silencio cómplice. Algo. A veces basta con que el presidente mire hacia otro lado, como han hecho otros, y todos contentos. Pero cuando no mira, cuando intenta ordenar la casa, aparecen los heridos.
Por eso la pregunta no es solo quién traiciona, sino quién cuida al presidente de los traidores. ¿Dónde están sus asesores políticos? ¿Quién le advirtió que el poder no revela lealtades sino intereses? A gobernar se aprende gobernando, es cierto. Pero a conocer a la gente se aprende nombrándola. Basta entregar un cargo para que el carácter salga a flote. El honesto trabaja. El ambicioso factura. El mediocre conspira.
La traición a la amistad en política no siempre es un puñal. A veces es una omisión. Un expediente que se duerme. Una llamada que no se devuelve. Un favor que se cobra en silencio.
Señor presidente, sea duro con la corrupción. No en el discurso, que eso lo resiste todo, sino en los hechos. Active los organismos de control. Déjelos trabajar aunque incomoden a los suyos. El país no se ha ido perdiendo por falta de palabras, sino por exceso de indulgencia.
Al final, la biografía de un gobierno no la escriben sus amigos fieles, sino la manera en que enfrentó a los que lo traicionaron.
Demuéstrame que estoy equivocado.
