Denuncias irresponsables



Marino Beriguete

Hay una nueva plaza pública y no tiene bancos, ni árboles, ni policía municipal. Tiene pantallas. En esa plaza cualquiera se sube a una caja invisible y acusa a otro de corrupto, de narcotraficante, de ladrón, de cualquier palabra gruesa que encuentre primero. No hace falta prueba, ni testigo, ni vergüenza. Basta con conexión a internet y una prisa indecente por hablar antes de pensar.

El periodismo nació para vigilar al poder, no para entretener a la sospecha. Su libertad es una conquista seria, hecha con riesgos, amenazas y silencios rotos. Pero la libertad no consiste en lanzar piedras desde una ventana cerrada. Consiste en decir la verdad, o en buscarla con método, con paciencia y con respeto por los hechos. Lo otro no es valentía. Lo otro es ruido.

Una denuncia falsa no termina cuando se borra una publicación. Empieza ahí. Queda en la memoria digital, en la conversación de los vecinos, en la duda de un jefe, en la mirada de un hijo que escucha algo en la mesa y no entiende por qué pronuncian el apellido de su padre con desconfianza. Las redes tienen esa crueldad moderna: archivan incluso lo injusto.

Hay personas absueltas que siguen condenadas por un titular viejo. Hay inocentes que deben demostrar todos los días que no hicieron lo que jamás ocurrió. Y hay culpables de mentira que nunca pisan un tribunal, porque su castigo favorito es otro: el descrédito ajeno.

Vivimos además en una época competitiva y mezquina, donde algunos confunden ascenso con derribo. Si alguien avanza, enseguida aparece quien quiere mancharle los zapatos para no sentirse atrás. Es más fácil difamar al que destaca que trabajar para alcanzarlo. La pereza moral suele ir disfrazada de denuncia ciudadana.

Por eso conviene recordar algo sencillo: la honestidad informativa sostiene a una sociedad tanto como sus leyes. Sin verdad comprobable, todo se vuelve lodo. Y en el lodo nadie camina limpio.

Acusar sin pruebas no es ejercer la libertad de expresión. Es abusar de ella. Y cuando una libertad se usa para destruir inocentes, deja de parecerse a un derecho y empieza a parecerse a una cobardía.

Demuéstrame que estoy equivocado.

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