La memoria azul de la mar y las palabras



Marino Beriguete

Mi amor por la escritura nació antes de que yo pudiera comprender el peso verdadero de las palabras. Surgió en los corredores calientes de la escuela, mientras la voz de Sor Angélica Paz iba dejando en el aire una música serena que todavía hoy escucho cuando abro un cuaderno en blanco.

Ella pronunciaba cada sílaba con una paciencia que parecía convertir el idioma en una criatura viva. Yo la observaba fascinado, como quien descubre un río secreto en medio de la infancia. Desde entonces comprendí, aunque todavía no pudiera explicarlo, que las palabras no eran solamente instrumentos para nombrar las cosas, sino puertas capaces de abrir mundos desconocidos.

Cuando empecé a juntar frases, una detrás de otra, sentí que la realidad se agrandaba delante de mis ojos. Mi pueblo dejó de ser apenas un puñado de calles ardientes bajo el sol y se convirtió en un territorio inagotable.

La arena que pisaban mis pies infantiles comenzó a tener una textura distinta, como si guardara una memoria pasada. El viento ya no era solamente viento, sino una respiración que venía de la mar y atravesaba las casas humildes de Barahona y Paraíso. Todo parecía adquirir una intensidad nueva.

El sol era un compañero silencioso de mis juegos, las mariposas amarillas se transformaban en criaturas milagrosas y la carretera interminable representaba una promesa de aventuras futuras.

En aquellos años escuchaba con devoción los relatos de Diablo Viejo, el pescador del pueblo. Nadie narraba como él. Se sentaba frente a la mar, con la piel endurecida por la sal y los ojos cargados de tempestades, y hablaba de sus viajes por los mares del sur, de tormentas que parecían castigos bíblicos y de peces enormes que brillaban en la oscuridad como monedas encendidas.

Yo permanecía inmóvil, atrapado por aquellas historias, sintiendo que el mundo era demasiado grande y hermoso para limitarse a la experiencia cotidiana. Cada palabra suya encendía mi imaginación. Comprendí entonces que la escritura podía hacer lo mismo: rescatar la vida del olvido y devolverle un resplandor perdurable.

También recuerdo al hombre al que todos llamaban el rey del sol. Caminaba despacio por las calles desde la mañana, siempre mirando el cielo claro como si conversara con alguna divinidad invisible. Su figura me parecía misteriosa y magnética. Mientras los demás lo consideraban un loco inofensivo, yo veía en él una especie de personaje salido de una leyenda antigua.

La escritura me enseñó precisamente eso: descubrir el secreto escondido detrás de las apariencias, escuchar el rumor íntimo de las personas y comprender que cada ser humano contiene una historia digna de ser contada.

El día que escribí mi primer poema en aquella mascota verde de rayas torcidas sentí una emoción imposible de olvidar. Era un poema torpe, lleno de exageraciones infantiles, pero en sus líneas estaba ya la necesidad profunda de contar el mundo. Desde entonces me convertí en el escribidor de mi curso.

Narraba las aventuras de los fines de semana, inventaba viajes imposibles y exageraba pequeñas anécdotas hasta convertirlas en epopeyas domésticas. Mis compañeros reían, discutían y corregían detalles, pero yo sabía que había encontrado un destino secreto.

La escritura fue enseñándome lentamente a mirar. Aprendí a escuchar el murmullo de los árboles durante la tarde, el sonido de las olas golpeando las piedras y hasta el silencio obstinado de ciertas noches tropicales. Descubrí que el mar no tenía un solo azul, sino muchos, y que cada uno expresaba un estado distinto del alma.

Algunas veces lo veía furioso y oscuro; otras, inmóvil y transparente, convertido en una piedra azul que guardaba secretos antiguos en su mudez.

Cuando terminé el bachillerato y tuve que alejarme de mi pueblo, comprendí que escribir también era una forma de regresar. La distancia convirtió aquellos recuerdos en una patria íntima. Cada página me devolvía la bondad de los años vividos, las voces familiares, el olor de la lluvia sobre la tierra caliente y la melancolía de las tardes frente al mar.

De allí nacieron mis historias y mis poemas. De allí vienen también las palabras que todavía golpean mi conciencia y me obligan a escribir con el ritmo obstinado del tiempo y del viento.

Hoy sé que solamente soy un observador de mi época. Escribo bajo la mirada silenciosa de Dios, agradecido porque me concedió aquello que más deseaba cuando las palabras apenas brotaban gota a gota de mi interior. La escritura me salvó de la indiferencia y me enseñó a reconocer la belleza escondida en las cosas simples.

Gracias a ella me convertí, para siempre, en uno más de los hijos del mar.

A veces pienso que escribir no fue una elección verdadera, sino una forma de destino. Mientras otros soñaban con abandonar el pueblo y olvidar sus calles polvorientas, yo deseaba conservar cada detalle, como si temiera que el tiempo destruyera aquello que más amaba. Por eso escribo. Para que la infancia no desaparezca del todo, para que la voz de Sor Angélica Paz siga resonando en algún rincón de mi memoria y para que los personajes humildes de mi tierra continúen respirando entre las páginas.

Cada libro, cada poema y cada frase son una tentativa de vencer el olvido. Quizás la literatura no pueda cambiar el mundo, pero sí puede iluminar la vida de un hombre y darle sentido a sus días más inciertos.

Y mientras exista el mar frente a mis ojos, seguiré escribiendo con la misma pasión de aquellos años infantiles.

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