Por Antonio Ledezma
Conviene decirlo con claridad: en Venezuela no hay ningún “nuevo momento político”. Lo que hay es un reciclaje grotesco, un esperpento rehecho con los mismos actores que han protagonizado, durante más de un cuarto de siglo, la más larga noche del oprobio nacional. Ahora aparecen —con una impostura que estremece— los hermanos Rodríguez, pretendiendo venderse como los modernizadores de una nación que ellos mismos ayudaron a envilecer. Quieren hacer creer que son novedad, cuando en realidad son piezas recicladas de la misma maquinaria de expolio que comenzó con los zarpazos golpistas de 1992 y se consolidó bajo la égida del falso mesías.
No han dicho “esta boca es mía”—dirían en cualquier pueblo del llano— sobre su responsabilidad directa en este desastre. Pero ahí están, al pie del cañón… no para defender la democracia, sino para sostener un narcorégimen que convirtió a Venezuela en una ruina moral, institucional y económica. Porque es que esto es medular: no se puede hablar de futuro con quienes fueron arquitectos del derrumbe.
Los hermanos Rodríguez pretenden deslindarse del pasado, como si no hubiesen sido operadores centrales del modelo calcado de la cartilla caduca del castrismo. Hoy ensayan un discurso zigzagueante: a ratos chavistas de vieja data, a ratos “pragmáticos” que miran al mundo con ojos de súbita modernidad.
No se puede borrar con retórica lo que está escrito con sangre, con hambre y con exilio. Ellos fueron parte del entramado que arruinó la industria petrolera, que destruyó la seguridad jurídica, que convirtió a Venezuela —el país más rico en petróleo— en una nación donde las familias cocinan con leña y se alumbran con velas. Mientras el mundo avanza —con inteligencia artificial, medicina de vanguardia, tecnología robótica— Venezuela fue arrastrada hacia atrás por una élite que confundió el poder con botín. Y en ese saqueo están sus firmas.
Ahora, en medio de esa maniobra dilatoria, intentan comprar tiempo político disfrazándolo de urgencia económica. Se presentan como administradores de una supuesta “normalización”, repitiendo —con calculado cinismo— que lo prioritario es reactivar la economía. Como si fuera posible levantar prosperidad sobre los escombros de la legalidad.
Porque lo que ocurrió en Venezuela no fue una simple erosión institucional: fue una mutación deliberada. El Estado de Derecho fue desmantelado pieza por pieza hasta degenerar en una estructura al servicio de redes ilícitas, donde la ley dejó de ser norma para convertirse en instrumento de control y complicidad. Bien se sabe que ninguna economía florece donde impera la arbitrariedad, donde los derechos dependen del capricho del poder y donde las instituciones han sido capturadas por una élite que actúa con lógica de cartel. En esas condiciones, hablar de recuperación no pasa de ser otra coartada para prolongar la rapiña.
Ahora, en medio de esa tratativa oscura, intentan ganar tiempo. Se presentan como gestores de una supuesta transición económica. Alegan, con cinismo, que “lo urgente es la economía”, como si la economía pudiera florecer en un país donde no hay Estado de Derecho, y por lo tanto brilla por su ausencia la seguridad jurídica.
Y bien se sabe que no habrá inversión sin seguridad jurídica. No habrá progreso sin libertad. No habrá desarrollo con una propiedad privada permanentemente amenazada. Y mucho menos habrá confianza mientras los mismos responsables del saqueo pretendan erigirse en salvadores.
Resulta, además, revelador el doble discurso internacional. Por un lado, procuran mostrarse sumisos ante los centros de poder global, insinuando obediencia táctica; por el otro, niegan cualquier forma de tutela. Una danza contradictoria que no engaña a nadie. Esa “autonomía” que proclaman es tan falsa como las promesas de amnistía para los presos políticos que nunca llegan o las elecciones que siempre terminan siendo una burla.
Porque la verdad institucional —esa que reposa en los hechos, no en la propaganda— indica que seguimos en el mismo ciclo histórico; el mismo momento político iniciado con la conspiración militar de 1992, profundizado con el autoritarismo de Chávez y prolongado por la torpeza represiva de Maduro.
Un continuo de 26 años de latrocinio, persecución y destrucción sistemática. Quieren vender la idea de un “nuevo momento político”. Pero lo que hay es el mismo libreto, con actores desgastados, intentando cambiar de máscara para sobrevivir.
La mentira tiene patas cortas. Y el pueblo venezolano —resuelto, valeroso, resiliente— ya no se deja embaucar por estos juegos de artificio. Ha aprendido, a un costo doloroso, que no hay atajos cuando se trata de rescatar la libertad.
Por eso, frente a este nuevo intento de manipulación, conviene reafirmar una verdad sencilla pero contundente: No habrá nuevo momento político sin elecciones libres. No habrá cambio sin justicia.
No habrá futuro sin ruptura real con esta estructura de poder. Venezuela no necesita impostores que simulen modernidad. Necesita reconstruir sus instituciones, rescatar su dignidad y abrir paso a una verdadera alborada democrática. Porque sí, el país está herido. Pero no está derrotado.
Y aunque algunos pretendan prolongar esta farsa, la historia —que no se negocia ni se maquilla— terminará colocando a cada quien en su sitio.
Justicia, no venganza.
Y una certeza: la libertad siempre encuentra su camino.
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