La justicia de la delación

Cuesta entender cómo alguien involucrado en un entramado criminal termina negociando comodidad a cambio de declaraciones.

Marino Beriguete

La sociedad no reclama únicamente información, reclama justicia.

Nunca me gustó el delator. Hay algo incómodo en esa figura que se salva señalando a los demás, como quien incendia una casa y luego aparece con un cubo de agua para pedir reconocimiento. Pero peor todavía es el delator ladrón: el que participó del saqueo, disfrutó del dinero, se sentó a la mesa donde se repartían los millones y, cuando la puerta de la justicia empieza a sonar, descubre de repente una vocación democrática y colaboradora.

La delación se ha convertido en una herramienta habitual contra la corrupción. Y quizás sea útil. Tal vez permita abrir expedientes, seguir rutas de dinero y desmontar estructuras que de otra forma permanecerían intactas. Pero deja un sabor amargo. Porque la sociedad no reclama únicamente información. Reclama justicia. Y no siempre son la misma cosa.

Cuesta entender cómo alguien involucrado en un entramado criminal termina negociando comodidad a cambio de declaraciones. Roba miles de millones, devuelve una parte, menciona dos o tres nombres importantes y de pronto aparece retratado como un hombre arrepentido, casi honorable.

Prisión domiciliaria, condenas reducidas, acuerdos especiales. El ladrón deja de ser ladrón porque coopera. Y el país asiste a ese espectáculo con una mezcla de resignación y cansancio.

Tampoco creo en la persecución política. Ningún gobierno tiene derecho a usar la justicia como instrumento de venganza. Una acusación no puede sostenerse solamente porque alguien señale con el dedo. Cada expediente debería construirse con pruebas sólidas, con rigor y sin titulares apresurados. Pero demasiadas veces el proceso parece escrito para las cámaras antes que para los tribunales.

Entonces la justicia se convierte en teatro. Y cuando la política invade los tribunales, todo termina negociándose: la libertad, las penas, el relato y hasta la indignación pública. Lo grave no es solo la corrupción. Lo grave es la costumbre. La sensación de que ya nadie se sorprende cuando un funcionario entra pobre y sale millonario.

Pensé que a estas alturas algo iba a cambiar. Pero la corrupción se volvió paisaje. Y cuando el robo se normaliza, lo que empieza a deteriorarse no es solo un gobierno. Es la confianza entera en la democracia.

Demuéstrame que estoy equivocado.

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