La mentira de envejecer

Escuché que la gran mentira no era envejecer, sino abandonar el cuerpo. La frase me acompañó durante horas.

Marino Beriguete

No sé caminar sin mi mujer. Llevo cuarenta años con ella y, a esta edad, dependo mucho de su compañía para salir a caminar. Es una confesión extraña porque uno imagina que las dependencias importantes llegan con las grandes decisiones, pero a veces aparecen en cosas tan simples como dar un paseo. Si ella no se anima, yo tampoco. Y así vamos dejando para mañana lo que deberíamos hacer hoy.

Hace unos días vi un reel. Una mujer corría mientras decía que la gran mentira no era envejecer, sino abandonar el cuerpo. La frase me acompañó durante horas.

Cuando era joven iba al gimnasio antes de entrar en la universidad. No suponía ningún esfuerzo especial. Formaba parte de la rutina. Mi peso se mantenía estable y mi cuerpo respondía sin protestar. No tenía que negociar con él.

Hoy tengo sesenta y tres años. No puedo decir que mi cuerpo me haya abandonado. La verdad es menos amable. He sido yo quien se ha ido alejando de él poco a poco.

Lo sé porque me preocupa. Si no me importara, no pensaría en ello. El problema es que comprender algo no siempre significa actuar en consecuencia. Muchas mañanas decido salir a caminar después de leer un rato. Luego un rato se convierte en un capítulo, el capítulo en una tarde y la tarde en otro día más sentado.

Los libros tienen una cualidad maravillosa. Consiguen que el tiempo desaparezca. Pero también tienen un efecto secundario para quienes ya hemos cumplido cierta edad: nos mantienen quietos demasiado tiempo.

Por eso aquella frase siguió rondándome la cabeza. No porque sea completamente cierta. Hay cambios que llegan con los años y no dependen de nuestra voluntad. Pero también es verdad que muchas veces atribuimos a la edad cosas que pertenecen al abandono.

No se trata de parecer más joven. Se trata de conservar hábitos que nos permitan seguir sintiéndonos dueños de nuestro cuerpo el mayor tiempo posible.

A los sesenta y tres años empiezo a pensar que el verdadero desafío no es vencer a la edad. Es no rendirse antes.

Ojalá mi mujer se anime a volver a caminar conmigo porque si no la voy a ver desde arriba viuda y quizás ella caminando.

Demuéstrame que estoy equivocado…

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