Los mejores tiempos y los peores tiempos

Marino Beriguete

Quisiera ser optimista. De hecho, me gusta la gente optimista. Me gusta escuchar a quienes creen que las cosas pueden mejorar porque suelen trabajar para que mejoren. Pero hay días en que la realidad se presenta con una contundencia difícil de ignorar. Entonces uno mira alrededor y se pregunta si estamos viviendo una etapa de progreso o una etapa de retroceso. Quizás ambas cosas al mismo tiempo.
He leído varias traducciones de Charles Dickens. Algunas llaman a una de sus novelas Tiempos difíciles.

Otras conservan el título de Historia de dos ciudades. En sus primeras páginas aparece una frase que atraviesa los siglos sin perder vigencia: “Eran los mejores tiempos y los peores tiempos”. Hay citas literarias que sobreviven porque describen una época concreta. Esta permanece porque describe casi todas las épocas.

El país de hoy, el que vivimos tú y yo, ofrece hoy señales contradictorias. Hay obras, crecimiento económico y avances tecnológicos que hace apenas unas décadas parecían inalcanzables. También existe una generación joven con acceso a herramientas de conocimiento que sus padres ni siquiera imaginaron.

Sin embargo, junto a esos avances aparecen preocupaciones que afectan la vida diaria de miles de personas.

El costo de la vida continúa ocupando las conversaciones de muchos hogares. Los salarios no siempre avanzan al mismo ritmo que las necesidades. La compra del supermercado, el pago de los servicios y las responsabilidades familiares obligan a realizar cálculos permanentes. Mientras tanto, buena parte del debate público parece desarrollarse en un escenario distante de esas preocupaciones.

La educación tampoco ocupa el lugar que debería. Se habla mucho de infraestructura, de plataformas y de estadísticas, pero menos de la formación de ciudadanos capaces de comprender la complejidad de su tiempo. Una sociedad puede acumular información y, aun así, carecer de criterio para interpretarla.

La política atraviesa dificultades evidentes. Gobierno y oposición mantienen una confrontación constante que, en ocasiones, parece más orientada a producir titulares que a resolver problemas. La exageración se ha convertido en una herramienta frecuente. La rectificación rara vez recibe reconocimiento. Cada bando habla para los suyos y escucha poco a los demás. El resultado es una disminución progresiva de la confianza pública.

También se percibe un deterioro del lenguaje. Las palabras son utilizadas con rapidez, pero no siempre con precisión. La discusión pública se llena de consignas, acusaciones y respuestas inmediatas. El ruido desplaza a la reflexión. La popularidad se confunde con autoridad y la visibilidad con credibilidad.

La tecnología ha ampliado nuestras posibilidades de comunicación, aunque también ha multiplicado los desafíos. Nunca fue tan sencillo acceder a información y nunca fue tan necesario verificarla. La mentira circula con una velocidad extraordinaria. La verdad suele avanzar con más lentitud porque exige comprobaciones.

Estos problemas no pertenecen únicamente a nuestro país. Ocurren en muchas democracias. Sin embargo, eso no reduce nuestra responsabilidad. Al contrario, obliga a prestar más atención.

A pesar de todo, no creo en el pesimismo como programa de acción. Disponemos de recursos, conocimiento y talento suficientes para construir una sociedad mejor. La cuestión no es quién tendrá la razón en la próxima campaña electoral. La cuestión es si seremos capaces de exigir dirigentes más preparados, instituciones más fuertes y ciudadanos más comprometidos. Tal vez Dickens tenía razón. Tal vez vivimos, simultáneamente, los mejores tiempos y los peores tiempos. Y precisamente por eso debemos decidir cuáles queremos dejar como herencia.

Demuéstrame que estoy equivocado…

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