Por Antonio Ledezma
Hay viajes que dejan imágenes imborrables. Mi reciente visita al Perú es uno de ellos. Acudí atendiendo la gentil invitación de nuestra amiga, de muchos años, Keiko Fujimori, para participar en los actos con motivo de su toma de posesión como presidenta. Lo hice con el inmenso honor de representar a María Corina Machado y a nuestro presidente electo, Edmundo González Urrutia.
Fueron jornadas cargadas de simbolismo democrático, de conversaciones sobre el porvenir de nuestras naciones y de renovadas esperanzas para quienes seguimos creyendo que la libertad siempre termina abriéndose paso.
Pero esta vez no deseo detenerme en esos acontecimientos. Quiero escribir sobre otro hecho que, aunque menos visible en los titulares, tiene una trascendencia inmensa para el futuro de Venezuela: la extraordinaria capacidad de nuestros compatriotas para convertir la adversidad en oportunidad.
Los millones de venezolanos que han salido forzosamente del país cargan una historia común. Dejaron atrás mucho más que una casa o un empleo. Dejaron padres, hijos, amigos, recuerdos, afectos y proyectos. Han vivido el desgarro de la distancia, esa agobiante nostalgia que aprieta el pecho al recordar la tierra donde nacimos, y esa embriagadora melancolía que acompaña a quien sabe que no emigró por elección, sino porque una dictadura convirtió su patria en un lugar inhabitable.
Sin embargo, nuestros compatriotas hicieron algo admirable. En lugar de rendirse ante el dolor, lo transformaron en fuerza. En vez de dejarse vencer por la incertidumbre, decidieron reinventarse. Donde otros habrían encontrado únicamente obstáculos, ellos descubrieron caminos.
Cada venezolano en el exterior guarda una historia de sacrificio. Muchos atravesaron la selva del Darién desafiando peligros inimaginables. Otros casi pierden la vida intentando cruzar el Río Grande. Miles soportaron interminables filas para regularizar su situación migratoria, noches enteras sin saber si al día siguiente conservarían el empleo o si serían deportados. No pocos han tenido que respirar profundamente al escuchar expresiones cargadas de xenofobia o prejuicios.
Esas experiencias existen y sería injusto ignorarlas. Pero tampoco sería justo desconocer una realidad mucho más poderosa: en la inmensa mayoría de los países que acogieron a los venezolanos ha prevalecido la solidaridad, el respeto y el reconocimiento al talento de nuestra gente. Millones de compatriotas encontraron comunidades que les abrieron las puertas y les permitieron demostrar de qué están hechos.
Hoy los venezolanos destacan prácticamente en todos los rincones del planeta. Desde Japón hasta la India; desde España e Italia hasta Texas, Argentina, Chile y Perú. Médicos que salvan vidas en los hospitales más prestigiosos; ingenieros que lideran innovaciones tecnológicas; periodistas que informan con rigor; músicos que llenan teatros; actores y actrices que triunfan en escenarios internacionales; investigadores, escultores, empresarios, deportistas y profesionales de todas las áreas que honran el nombre de Venezuela con su excelencia.
En el Perú encontré numerosos ejemplos de ese espíritu emprendedor. Ahí está el caso de Chamo Burger, personificado por José Miguel, joven que llegó prácticamente con “una mano delante y otra detrás” y hoy ha desarrollado una exitosa cadena de franquicias después de haber impuesto la sazón callejera de sus peculiares hamburguesas. O el extraordinario caso del restaurante Mérito, ideado por el venezolano Juan Luis Martínez, considerado entre los mejores del mundo. Alcanzar semejante reconocimiento en el Perú, referencia universal de la gastronomía, constituye una hazaña reservada para quienes combinan talento, disciplina y perseverancia. Y qué decir de “los tequeños y pastelitos” comercializados por los emprendedores Mervin, Zoeli y Wolfans, con su consumado sueño de Tentación, a través de plataformas digitales, para desembocar en la inauguración de su propia planta comercial en la zona de Chorrillos y ya suman tres locales.
También conocí la historia de médicos venezolanos que han levantado modernas redes de clínicas, médicos que al pisar tierra limeña laboraron como meseros mientras revalidaban sus títulos de medicina. Con su excelencia en servicios de salud lograron ganarse el respeto no solo por su impecable formación académica, sino por ese trato humano que distingue a nuestros profesionales de la salud. Ellos entienden que el mejor tratamiento muchas veces comienza con una palabra de aliento, una sonrisa sincera y una atención cargada de afecto.
Y junto a ellos florecen cientos de emprendimientos más, restaurantes de comida venezolana donde nunca faltan las arepas, las cachapas, los tequeños o la carne en vara; panaderías, cafeterías, empresas tecnológicas, academias, centros educativos para la primera infancia como esa ilusión que tienen “entre pecho y espaldas” Norka Pernalete de establecer en Barquisimeto su propio preescolar; proyectos de atención para adultos mayores, firmas de consultoría, compañías de logística y emprendimientos digitales que hoy generan empleo y riqueza allí donde se establecen.
Otros emprendimientos de naturaleza financiera derribando barreras que parecían infranqueables marcando un rumbo accesible hacia el microcrédito; o del sector textil, con la atractiva moda por delante, como ha podido proyectar Celene Oropeza. Todos confirmando que lo verdaderamente importante es comprender que detrás de cada uno de esos éxitos existe un aprendizaje invaluable. La diáspora venezolana no solo ha trabajado. Ha aprendido nuevas formas de hacer empresa, nuevas tecnologías, distintos modelos educativos, mejores prácticas administrativas, culturas organizacionales más eficientes, normas de convivencia ciudadana y formas modernas de producir riqueza.
Y junto a esos nombres conocidos existe un ejército silencioso de compatriotas cuyo éxito raras veces ocupa titulares, pero cuya contribución resulta igualmente admirable. Son miles de pequeños y medianos empresarios que comenzaron desde cero, muchas veces vendiendo una arepa, horneando pan, conduciendo un taxi, reparando teléfonos o trabajando jornadas dobles para reunir el capital con el cual levantar un negocio propio. Hoy generan empleo, pagan impuestos, contribuyen al desarrollo de los países que los recibieron y, al mismo tiempo, mantienen intacto el sueño de ver renacer a Venezuela.
Ese conocimiento representa uno de los mayores activos con que contará Venezuela cuando recuperemos nuestra democracia. Después de veintisiete años de una amarga dictadura, llegará inevitablemente la hora de reconstruir la República. Y ese inmenso desafío no recaerá únicamente sobre quienes permanecieron resistiendo dentro del país. También contará con esa formidable legión de venezolanos dispersos por el mundo que volverán llevando mucho más que sus maletas.
Regresarán con experiencia internacional, con capital humano, con redes de contacto, con conocimientos técnicos, con visión empresarial y con una cultura del esfuerzo fortalecida en circunstancias extraordinariamente difíciles.
Ellos sabrán cómo organizar escuelas modernas para nuestros niños, centros de atención dignos para nuestros adultos mayores, empresas tecnológicas competitivas, proyectos turísticos capaces de mostrar al mundo nuestras playas, montañas, ríos, selvas, manglares, los Médanos de Coro, los Andes nevados, el Amazonas, los Llanos y esa biodiversidad privilegiada que Dios regaló a Venezuela.
La reconstrucción nacional no comenzará desde cero. Comenzará apoyándose en millones de venezolanos que, sin proponérselo, han cursado durante estos años el más exigente posgrado que existe: el de sobrevivir lejos de la patria, aprender en otras culturas y triunfar sin olvidar jamás de dónde vienen. Cuando Venezuela vuelva a ser una nación libre, veremos regresar no solamente a nuestros hijos. Volverán empresarios, científicos, artistas, emprendedores, educadores, médicos, ingenieros y trabajadores formados en los mejores escenarios del mundo. Entonces comprenderemos que aquella tragedia que obligó a tantos venezolanos a marcharse terminó sembrando, paradójicamente, una inmensa reserva de talento repartida por los cinco continentes.
Esa será la gran fuerza del renacer venezolano. Porque la dictadura expulsó a millones de compatriotas, pero jamás pudo expulsar de sus corazones el amor por Venezuela. Ese amor sigue intacto. Y será precisamente ese amor, enriquecido por la experiencia y el conocimiento adquiridos en el mundo, el que hará posible la más grande empresa colectiva de nuestra historia: reconstruir la patria para que nunca más un venezolano tenga que abandonar su tierra buscando el futuro que siempre debió encontrar en ella.
