Ni rojos, ni rojitos



Por Rafael Céspedes Morillo

Es muy probable que muchos de los grandes genios de la oposición venezolana no se hayan dado cuenta de que los personeros del régimen venezolano llevan meses negando al Chavismo, abandonando el antes destacado color rojo como elemento visual de identificación política. ¿Por qué, para qué y cómo están haciendo eso? Es mi opinión que debe ser el resultado de investigaciones profundas de su parte y, casi seguro, de un muy buen asesoramiento. Ambas cosas les deben estar diciendo a Jorge, Delcy y, en especial, al que más lo usaba, Diosdado Cabello, que ahora viste más de traje azul de sastre de primera mano, en vez de la camisa roja de “obrero cotizado”.

Es que ahora la pava ya no pone los huevos en el mismo lugar; ahora es en otro. Pero, sobre todo, se refiere a que “nosotros ahora somos otros”. Esas cosas las hacen los asesores: recomendar alejarse de lo que pueda recordar situaciones no muy gratas, aunque las sigan haciendo. El tema no es necesariamente dejar de serlo, sino dejar de aparentarlo y, más aún, dejar de recordarlo.

“Con el mazo dando” ya no da. No faltará mucho si sienten la necesidad de proclamar que reconocen que el “comandante eterno” se equivocó en algunos detalles; que ya no es tan eterno; que se le apagaron los ojitos; que ya no nos ve como nos veía siempre; que las UBCh no son necesarias; que las masas merecen reivindicaciones. En fin, que debemos caminar por otras rutas. Miren bien: “hemos cambiado”.

Pero ese pueblo de Venezuela no solo sufrió durante casi 30 años, sino que en esos años aprendió a conocer al cojo sentado, y no es cierto que se tragará el cuento de que esos diablos ahora son angelitos.

Los personeros del régimen del mal —porque así es como merecen ser llamados— no van a confundir al pueblo venezolano. Y si bien es cierto que aún no se han terminado de librar de ellos, es cuestión de meses, ojalá que semanas. Pero creo que en 2026 se tocará diana y, a más tardar en 2027, las alboradas de libertad real y democracia genuina llegarán a Venezuela.

No critico lo que hacen ellos; es un derecho que les asiste: proteger sus intereses, al margen de que estos perjudiquen al pueblo, lo que nunca ha sido de su consideración. Rafael Sarrias, testaferro de Diosdado, sabe de lo que hablo. Es un empresario cuyos intereses son: dinero, dinero y más dinero.

Esta persona, propietario de una casa en Cumbres de Curumo, donde viví por algún tiempo, a quien incluí en la comisión de traspaso de mando, y a quien le conseguí que Chávez le firmara un libro que entonces estaba de moda —firma que sería el regalo de cumpleaños de parte de su esposa, quien fue la que me pidió ese favor—, ese “hermano”, un tiempo después de mi salida de la cercanía del chavismo, me vio en el lobby del Hotel Tamanaco y no me conoció, por eso no me saludó. ¡Claro!, en cinco años se cambia mucho… asumo que por mis cambios.

Pero ocurre que parece que eso tuvo que ver con otras cosas más. Por ejemplo, a raíz de la victoria de Chávez, viendo yo que la primera dama necesitaría ayuda en algunas áreas de su nuevo desempeño, le recomendé a Beatriz Sarrias, madre de Rafael. La llevé a La Viñeta; allí Marisabel la entrevistó y le dijo que la llamaría. Unas semanas después la llamó y la designó gerente general de la Fundación del Niño.

Un mes después de su designación, Marisabel me llamó y me preguntó si doña Beatriz me había dicho de su nombramiento. Le respondí que no. Yo no sabía que estaba al lado de Beatriz cuando me hizo esa llamada y entonces le dijo, de modo que yo la escuchara:

—“Beatriz, ¿tú le diste las gracias a Céspedes por tu designación aquí?”

Beatriz respondió que no había podido hacerlo.

—“Pues toma, él está al teléfono”.

Y fue así como esa señora me “agradeció” por la alta posición que le habían otorgado, gracias a mi recomendación, cosa que hice no para que me lo agradecieran, sino como un agradecimiento de mi parte hacia ella por su comportamiento en esos meses en que viví al lado de su residencia, porque donde vivíamos éramos vecinos sin verjas y, en ocasiones, ella y su hija me visitaban.

Nunca más he sabido de ellos, salvo que tienen avión privado y viven como cualquier gran millonario. Pero ahora visten de azul y no de rojo.

Sin embargo, el pueblo les dirá aquel refrán:

“Te conozco, bacalao, aunque vengas disfrazado”.

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