¿Qué pasaría si ese 55 por ciento que dice rechazar a los partidos tradicionales decidiera votar por “Alofoke”, en el 2028?
Marino Beriguete
La política tiene mala costumbre. Cuando decepciona demasiado, fabrica presidentes que parecían imposibles. No ocurre por casualidad. Ocurre por cansancio. La gente deja de creer en las promesas y comienza a buscar cualquier puerta de salida.
¿Qué pasaría si ese 55 por ciento que dice rechazar a los partidos tradicionales decidiera votar por “Alofoke”, en el 2028? Y si ocurriera el milagro y los 250 millones de dólares que necesita para organizar su campaña para ser presidente aparecieran.

No es una pregunta absurda. Es una pregunta imaginaria. Supongamos que gana.
El primer decreto anunciaría a un procurador independiente. Uno que no deba favores. Uno que salga a buscar el dinero robado sin preguntar el apellido del sospechoso. Ese día muchos los exfuncionarios y expresidentes dormirían con ropa.
Luego llega el gabinete. No aparecen los rostros habituales. Entra gente conocida por los barrios antes que por salones del poder. Los analistas se escandalizan. Las redes celebran. El país se divide.
¿Qué sucede después?
Tal vez gobierne con mano dura. Quizá tome algunas recetas de Bukele. Tal vez copie el discurso frontal de Milei. O invente un camino propio. Nadie lo sabe. Las campañas siempre prometen más de lo que los gobiernos pueden hacer.
Los ministerios comienzan a transmitir en vivo. Las decisiones aparecen primero en las redes sociales y después en la Gaceta Oficial. Los periodistas corren detrás del teléfono. Los funcionarios también.
Cada mañana hay una transmisión desde el Palacio Nacional. El país despierta con un programa diario.
Los decretos llegan antes que los pronósticos de Jean Suriel. La oposición responde con videos. Los memes trabajan horas extras.
La política deja de hablar el idioma de siempre. Los tecnócratas fruncen el ceño. Los jóvenes prestan atención. Eso ya representa un cambio. La delincuencia baja. Al menos esa es la promesa. Los ladrones de cuello blanco descubren que las esposas también combinan con trajes caros. Algunos empresarios aplauden. Otros empiezan a revisar viejos contratos.
¿Y la economía? El dólar no entiende de discursos. La inflación tampoco. Los mercados observan con paciencia y desconfianza. Los inversionistas esperan resultados antes de los aplausos. Gobernar nunca ha sido un video viral. Los pobres esperan más. Siempre esperan más. Quieren hospitales que funcionen, pensiones dignas, escuelas abiertas y comida barata. No piden milagros. Piden normalidad.
Ahora imaginemos otro escenario.
El poder cambia a quien prometía cambiar el poder.
Los viejos apellidos regresan por la puerta principal. Los amigos de campaña descubren que Alofoke no contesta el teléfono. El círculo cercano se llena de figuras conocidas por las recepciones elegantes. El pueblo vuelve a mirar desde la acera.
La decepción llega temprano. Siempre encuentra la dirección correcta. La llamada Alocracia termina pareciéndose demasiado a aquello que prometía derrotar. Cambian los protagonistas. El libreto de gobernar permanece igual.
La presidencia del Senado podría recaer en una figura popular de las plataformas. La persecución contra la corrupción tendría un rostro famoso. El espectáculo ocuparía más espacio que las reformas. El país aprendería que la popularidad tampoco sustituye la capacidad de gobernar.
Este ejercicio no busca adivinar el futuro. Apenas propone una pregunta necesaria. Cuando una sociedad pierde la confianza en su sistema político, deja de votar por tradición y comienza a votar por castigo.
Y los votos de castigo tienen una virtud peligrosa. Llegan sin pedir permiso. Y a partir de ahora cualquier cosa puede suceder.
Vamos a divertirnos…
