La paradoja electoral dominicana: Fe democrática y desafección partidaria



Por: Pedro Luis Gago Clérigo
Aprendiz de análisis político y marketing electoral. Discípulo “gilista”.

En su reciente artículo «La paradoja electoral dominicana (2 de 3)” el consultor Leonardo Gil vuelve a ofrecer una mirada imprescindible sobre la metamorfosis del electorado en la República Dominicana.

Gil desentraña la aparente contradicción de nuestro sistema comicial: la coexistencia de una Junta Central Electoral (JCE) respaldada institucionalmente y una ciudadanía que apoya masivamente la democracia como ideal (74%), pero que se distorsiona ante una oferta partidaria percibida por el 47% como «más de lo mismo».

Esta pieza profundiza el hilo conductor que Gil ha venido tejiendo en sus publicaciones anteriores. En «El liderazgo que los dominicanos parecen estar buscando», planteó que la sociedad exige un «Protector que Hace Progresar». Luego, en «La política ya no consiste en convencer» y en su obra La Ingeniería de la Identidad del Votante, demostró que el elector no es una página en blanco, sino que interpreta los mensajes desde sus propias matrices identitarias.

Finalmente, al analizar «La nueva abstención dominicana», advirtió que la baja participación dejó de ser una coyuntura para convertirse en un rasgo estructural.

En esta nueva entrega, Gil conecta de forma impecable esos tres ejes: el abstencionista actual no es un ciudadano antidemocrático ni apático, sino un elector exigente. Al votante opositor se le combate con propuestas; al abstencionista hay que convencerlo primero de que acudir a las urnas marca una diferencia real.

Desde la perspectiva de la consultoría internacional, la solidez analítica de Gil es incontestable. Si bien en análisis de mayor aliento técnico se observan omisiones relativas a barreras logísticas o al voto en el exterior, es de estricta justicia reconocer que dichas ausencias obedecen a las inevitables limitaciones de espacio y extensión que imponen los medios de comunicación donde publica sus artículos.

Por ello evaluando la pieza dentro de los márgenes de su formato periodístico, el argumento de Gil es impecable, oportuno y de una profunda sofisticación teórica.
Por ello, en esta ocasión asigno a esta opinión una calificación general de 96 sobre 100, desglosada en un 97/100 en la calidad de la forma (por una prosa elocuente, sintética y de alto impacto público) y un 95/100 en la solidez sustantiva.

Gil firma un diagnóstico imprescindible: el mayor peligro para la democracia no surge cuando el ciudadano deja de creer en ella, sino cuando, creyendo en el sistema, no encuentra en los candidatos una sola razón para votar.

Comparte esto!