Las nuevas energías, más allá del petróleo



Por Antonio Ledezma

Guardo entre mis recuerdos más vivos de infancia la llegada del agua potable a nuestra casa en San Juan de los Morros. Aquella alegría familiar estaba vinculada con la presa Tierra Blanca, construida entre la capital guariqueña y Villa de Cura. También llegó la electricidad por medio de CADAFE. Para un niño de familia humilde, esos servicios representaban progreso, dignidad y oportunidades. Igualmente mostraban la capacidad de una democracia que invertía la riqueza nacional en obras públicas y ascenso social.

Esa experiencia conserva plena vigencia al pensar en el futuro energético de Venezuela. Durante más de un siglo, el petróleo financió carreteras, escuelas, hospitales, acueductos, industrias y ciudades. También moldeó una economía excesivamente concentrada en la renta de los hidrocarburos. Hoy nos corresponde ampliar el horizonte y convertir nuestras ventajas naturales en una matriz energética diversa, moderna y sostenible.

El petróleo y el gas continuarán formando parte de la economía mundial durante años. Venezuela debe administrarlos con eficiencia, transparencia y responsabilidad ambiental. Sus ingresos pueden respaldar la reconstrucción del sistema eléctrico, la investigación científica, la formación técnica y el desarrollo de fuentes renovables. Así, cada barril extraído ayudará a sembrar las capacidades productivas de las próximas generaciones.

Las cifras muestran la magnitud de la tarea. Según la Agencia Internacional de Energías Renovables, Venezuela tenía en 2024 alrededor de 17.024 megavatios de capacidad renovable instalada. De ese total, apenas 50 megavatios correspondían a energía eólica y cuatro a energía solar. La hidroelectricidad concentra, por tanto, casi toda la capacidad renovable del país. Estas cifras se refieren a capacidad instalada y deben distinguirse de la generación efectiva, aunque el desequilibrio resulta evidente (IRENA, 2025).
El contraste con las metas oficiales del pasado merece una reflexión. El plan eléctrico 2013-2019 contemplaba incorporar 500 megavatios de energía eólica.

El registro de 2024 equivale a una décima parte de aquella aspiración. La distancia acumulada revela fallas de ejecución, deterioro institucional, inseguridad jurídica y pérdida de talento profesional (IRENA, perfil de políticas para Venezuela).

La energía solar ofrece una oportunidad inmediata. Venezuela está situada en una franja tropical con radiación aprovechable durante todo el año. Un estudio académico basado en el Atlas Global de IRENA sitúa el recurso solar promedio nacional cerca de 236 vatios por metro cuadrado. El Banco Mundial y Solargis, mediante el Atlas Solar Global, ofrecen mapas de alta resolución que permiten estudiar el potencial fotovoltaico de cada territorio (Banco Mundial; Clean Energy, 2024).

Podemos imaginar parques solares en zonas de alta irradiación y miles de sistemas distribuidos sobre techos de hospitales, escuelas, universidades, industrias, fincas y viviendas. La generación cercana al lugar de consumo reduce pérdidas en las redes y fortalece la autonomía de comunidades expuestas a interrupciones. Combinada con baterías y una gestión digital moderna, también puede sostener centros de salud, sistemas de bombeo y servicios esenciales.
La energía eólica presenta ventajas igualmente valiosas. La península de Paraguaná constituye uno de los corredores más prometedores. Una investigación basada en datos de 1980 a 2020 estimó allí una densidad media de potencia cercana a 250 vatios por metro cuadrado y una velocidad media aproximada de 5,65 metros por segundo a 90 metros de altura.

Los propios autores recomiendan mediciones locales y estudios de factibilidad antes de decidir inversiones; el recurso identificado justifica avanzar hacia esa fase con seriedad (Clean Energy, Oxford Academic).

El desarrollo solar y eólico puede complementar la generación hidroeléctrica. Durante los períodos de menor disponibilidad de agua, ambas fuentes aportarían respaldo al sistema. En épocas favorables, los embalses ofrecerían flexibilidad frente a la variabilidad del sol y el viento. Esta articulación permitiría reducir la vulnerabilidad ante las sequías y mejorar la seguridad energética.

Nuestra llamada energía blanca constituye un patrimonio estratégico. La recuperación de Guri y del sistema asociado al río Caroní exige mantenimiento, rehabilitación de turbinas, modernización de subestaciones, redes de transmisión confiables y personal altamente capacitado. También conviene evaluar pequeñas centrales hidroeléctricas en lugares técnicamente adecuados, con estricta protección de los ecosistemas y de las comunidades. Los ríos sostienen energía, biodiversidad, alimentación y vida humana; cada proyecto debe armonizar esos valores.

La extensa fachada caribeña merece atención científica. El oleaje, las corrientes y los movimientos de marea podrían ofrecer soluciones para islas, comunidades costeras o instalaciones portuarias. La evidencia disponible continúa siendo limitada. Una revisión académica regional identificó apenas cinco trabajos venezolanos relacionados con energía eólica marina, olas o mareas. El punto de partida debe ser un atlas oceanográfico nacional, acompañado por estaciones de medición, evaluaciones ambientales y proyectos piloto junto con universidades y centros internacionales (Sustainability, 2023).

El hidrógeno abre otro campo de posibilidades. El hidrógeno verde se produce mediante electrólisis del agua alimentada con electricidad renovable. Venezuela podría ubicar proyectos cerca de fuentes solares, eólicas o hidroeléctricas y orientar la producción hacia fertilizantes, siderurgia, refinación, transporte pesado y actividad portuaria.
El hidrógeno azul parte generalmente del gas natural e incorpora captura y almacenamiento de carbono. Venezuela posee gas, experiencia industrial y conocimientos petroquímicos que pueden servir de base para proyectos de transición.

Su desempeño climático dependerá de la eficiencia de la captura, el control de las fugas de metano y la medición completa de las emisiones. La Agencia Internacional de Energía recomienda evaluar cada proceso por sus emisiones reales, pues las clasificaciones basadas en colores ofrecen información incompleta (IEA).

La producción de hidrógeno también obliga a cuidar el agua. La electrólisis requiere un mínimo químico cercano a nueve litros por cada kilogramo de hidrógeno, al cual se agregan las necesidades de purificación, enfriamiento y operación. Nuestra riqueza hídrica impone una responsabilidad: elaborar balances locales, proteger el consumo humano y los ecosistemas, y considerar aguas residuales tratadas o desalinización en proyectos costeros (IRENA, Water for Hydrogen Production; FAO-AQUASTAT).

El mercado mundial de hidrógeno de bajas emisiones se encuentra en una etapa inicial. Durante 2024 representó menos del uno por ciento de una demanda global cercana a cien millones de toneladas. La escala actual aconseja inversiones graduales, compradores identificados, infraestructura planificada y reglas estables. Al mismo tiempo, deja abierto un espacio para que nuevos productores construyan ventajas durante la próxima década (IEA, Global Hydrogen Review 2025).
La transición energética venezolana requiere instituciones capaces de inspirar confianza. Hace falta un regulador independiente, estadísticas públicas, licitaciones competitivas, seguridad jurídica, normas para la generación distribuida y una política tarifaria que combine sostenibilidad financiera con protección social.

Hace falta también un fondo de transición alimentado por ingresos petroleros, sometido a controles ciudadanos y orientado a infraestructura, ciencia y educación.
Las universidades, los trabajadores del sector eléctrico, los técnicos forjados desde PDVSA de sus mejores tiempos, los emprendedores y la diáspora pueden formar una gran alianza de conocimiento. Venezuela dispone de profesionales que han participado en proyectos energéticos dentro y fuera del país. Recuperar ese talento será tan importante como instalar paneles, turbinas o electrolizadores.

En los llanos aprendimos que los balancines petroleros podían convivir con fundos productivos, sistemas de riego, rebaños y cultivos. Esa imagen resume una visión de país: hidrocarburos bien administrados, campos fértiles, agua protegida, industrias competitivas y nuevas energías trabajando juntas. Una economía con capacidad para garantizar alimentos esenciales a las familias, producir excedentes exportables y crear empleos dignos en todo el territorio.

Tenemos sol, viento, ríos, costas, gas, tierras y talento humano. Contamos con una historia de grandes obras y con generaciones preparadas para levantar otras nuevas. La prosperidad futura dependerá de instituciones democráticas, planificación técnica y perseverancia nacional. Al mismo tiempo, la recuperación del parque termoeléctrico existente debe formar parte de la respuesta inmediata a la crisis eléctrica. Venezuela cuenta con plantas capaces de respaldar al sistema cuando disminuye el aporte hidroeléctrico, siempre que se rehabiliten con rigor y dispongan de gas natural o combustibles confiables, mantenimiento, repuestos y operadores calificados.

La documentación oficial presentada ante la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático describe una matriz en la cual la termoelectricidad aporta aproximadamente una quinta parte de la generación nacional (Gobierno de Venezuela, 2024). Recuperar unidades hoy inactivas aliviaría las restricciones de corto plazo, reduciría la dependencia de una sola fuente y daría al país el tiempo indispensable para desplegar, con planificación y transparencia, los parques solares, eólicos y demás tecnologías de la nueva etapa energética.

Venezuela puede volver a encenderse. Esta vez, con todas sus energías.

AntonioLedezma.net

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