Sucesos en la hacienda



Por Rafael Céspedes Morillo

Corría el mes de junio, de un año bisiesto, cuando un grupo de personas se asociaron para adquirir una gran hacienda. Tenía unas 48 mil tareas, era fértil, con opción para la ganadería, y también con tramos excelentes para la agricultura. Incluso se decía que había varios tipos de minerales en ella; quién sabe si hasta petróleo, comentaban algunos.

Los socios eligieron un capataz que venía precedido de buena fama: capaz, experimentado, serio y conocedor de la gran mayoría de las áreas requeridas para el mejor desempeño como para ser un buen jefe de la hacienda. Aunque algunos no lo veían como del lugar —pues su familia venía de otro sitio muy lejano—, él, sin embargo, había nacido allí, y se asumía que tenía amor por esos terrenos, pues le eran conocidos, y de algún modo le habían servido para desarrollarse como profesional, como padre de familia y más, además de que nunca mostró actitud contraria al lugar.

Era conocido como Leo, probablemente un apodo, ya que su nombre real no era conocido, salvo por sus más íntimos de la familia. Leo se casó con una joven llamada Raisa, una de las hijas de unos comerciantes de la comunidad. Hacían una bonita pareja, de la que nunca se escuchó comentario negativo en ninguna dirección. Más bien, eran respetados como ejemplo de una buena familia.

Cuando la hacienda fue puesta en manos de Leo, se veía cierta prosperidad. Se escuchaba decir que las reses se habían multiplicado, que los cerdos engordaban más rápido y que el maíz florecía más, y por ende, la cosecha tenía más mazorcas. Aunque no faltaban quienes comentaban que las gallinas y los pollitos morían en un porcentaje muy elevado, y que la piña, aunque en mayor cantidad, no tenía el buen sabor de costumbre, dicho de otra manera, había nubes negras y algunas luces.

Algunos de los propietarios de la hacienda se acercaron a Leo para decirle que había comentarios sobre ciertos empleados que vendían frutos por debajo de las alambradas, que los pollos se vendían a quienes ofrecían comisiones por detrás, y le señalaron algunos puntos oscuros que evidentemente no se podían tolerar. Leo les respondió que eso no era cierto, que él sabía lo que hacía, y que, si no estaban de acuerdo, esperaran a que se cumpliera el contrato entre él y ellos, y entonces nombraran a otro capataz. Leo parecía soberbio.

La situación se complicó cuando algunos de los residentes comenzaron a protestar por el trato recibido, y Leo empezó a cancelar a todos los que se le oponían. La hacienda se fue convirtiendo en un lugar donde había que hacer —y hasta decir— lo que ordenaba Leo, o les harían la vida imposible a quienes se atrevieran a desafiar al jefe supremo en que se había convertido aquel supuesto humilde señor.

En la hacienda corría el miedo: si querías mantener tu empleo —y quién sabe si algo más que eso—, debías estar callado, obedecer sin criticar. Esa parecía ser la norma: cero críticas, cero oposición, porque aquí mando yo.

Pero siempre surge uno, a veces más, que no están listos para ser simples peones, ni físicos ni mentales. Porque ellos, como el caso de Rafa, no tienen que fingir ni callar. Él es de los que propagan y dicen: “Mis palabras tienen valor, pero no tienen precio”. De modo que nadie me callará, nadie me dirá qué decir, nadie me dirá de qué y cómo debo hablar. En mi caso, solía decir Rafa, hablará la conciencia, el deber, el decoro, dejando abierto el gran espacio para levantar la bandera de la verdad y la honestidad.

Algunos como él han demostrado, en años y años de vida privada y pública, que no cambian principios por principados. Es mejor que esos Leo den un paso atrás y, repasando la historia, vean los casos de los grandes caciques con sus malos comportamientos, y hagan de sus vidas un ejemplo opuesto al que han sido esos similares. Amar la verdad es una manera de vivir; amar la honestidad, un comportamiento. Y seguros están esos Rafa de que la dignidad no es negociable, aunque lo persigan indirectamente vía cercanos.

Dios abrirá la puerta de la verdad y vendrá un mañana mejor, con real justicia. Para la próxima, al elegir un nuevo capataz debemos tener capacidad para ver más allá de lo que dicen.

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