Por Cándido Mercedes
“Es gran virtud del hombre sereno oír todo lo que censuran contra él, para corregir lo que sea verdad y no alterarse por lo que sea mentira”. (Johann W. Goethe).
Vivimos en una sociedad sempiternamente procrastinadora e inmensamente tautológica. Una sociedad de apariencia donde los actores políticos son cuasi, en su inmensa mayoría, bipolares y el ritmo del gatopardismo es su preferencia medular. Estamos en presencia de un corpus social que mejora, empero, que el peso de la sociología del deterioro se instala, creando una percepción de derrumbe en medio de indicadores que contrastan el relato de falsía.
Somos una sociedad donde la elite política y empresarial crea y coadyuva a la crisis de confianza que nos caracteriza, haciendo música con los países de la región con mayores niveles de desconfianza. Los medios de comunicación con el periodismo de “opinión” se encargan de socializar toda la leyenda urbana, que no tiene un hálito de datos, de información. Son los hacedores de la información como poder.
Vivimos en un cuadro social dramático que se refleja en la vida cotidiana a través del día a día que la prensa recoge como noticia.
El desequilibrio es nuestra zona vital: 3,500,000 de motores, donde solo 30,000 tiene licencias. A ninguna persona que compre un vehículo se le ocurre salir a la calle sin previamente haber agotado un proceso de aprendizaje. No así con el potencial motorista. El desempleo en la juventud duplica los demás grupos etarios. El embarazo en niñas y adolescentes ha disminuido, pero sigue siendo uno de los más altos de la región y mueren, en promedio, 8 personas diariamente por accidentes de tránsito.
El cuadro social, telúrico, volcánico, con lava, se hace más tétrico cuando observamos el trajinar en un hospital. Es la expresión máxima del desorden social y de la crisis de autoridad y de gestión de riesgos y de procesos. Existe una fisonomía bipolar, con trastorno narcisista maligno, cuando vemos el comportamiento de una gran parte de la elite que son nacionalistas solamente con respecto a Haití, no obstante, penosamente obsecuentes frente a la embajadora norteamericana en su rol de diplomática del Siglo XIX. Con un desparpajo, que su “pau pau” nos endosa la genuflexión más espantosa.
Una sociedad enteramente estereotipada, esquemática, etiquetada, maniqueísta, discriminadora, prejuiciosa, sin matices en el contenido. Una formación social que desde hace mucho tiempo se encuentra en una anomia social. La anomia social, según Anthonny Giddens y Philip W. Sutton, es “Sensación de intensa ansiedad y temor que genera la experiencia de la ausencia de normas sociales eficaces que suele producirse durante periodos de rápido cambio social”. Se conjuga la anomia social con la anomia institucional, que es la falta de aplicación de las normas establecidas.
Cuando crece la falta de aplicación frente a la desviación, los elementos sociales que ocurren al interior de un grupo o una institución determinada, los niveles de descomposición se agigantan y crean las grietas por doquier.
El típico ejemplo es lo que ocurre con una gran parte de profesores del Ministerio de Educación básica, que le tienen miedo, pánico a los alumnos. Estamos en presencia de una crisis del poder social, de una crisis de liderazgo a todos los niveles de la dimensión social y de los roles que como humanos nos caracterizan: familia, pareja, ocupacional y social.
Cuando el poder social, que es el grado de influencia de un individuo sobre otros, disminuye, el poder per se, se sobredimensiona. El poder que gravita solo por la posición es solo un poder legal, que no forja necesariamente liderazgo. El liderazgo es poder en sí mismo, empero, trasciende el puesto, el cargo.
El poder social, al decir de Bruce J. Cohen, es “Aquel que tiene la capacidad y habilidad de ejercer su velocidad sobre otra persona o grupo de personas”. En nuestro país hay pocas organizaciones que construyen poder, más allá de su materialidad. Los tres tipos de autoridad, fecundada por Max Weber: legal- racional, tradicional y carismática se encuentran en zonas grises, ocultas en un eclipse total. En la identificación del poder nos encontramos con tres categorías: reputacional, posicional y decisional.
La mayoría de los actores políticos solo asumen el posicional, pues adolecen del capital reputacional y el decisional no lo asumen en los momentos históricos que les ha tocado ejercer.
El poder social, que es influencia, deriva en nuevos comportamientos a través de la inteligencia asertiva, la cultura, la comunicación. Si desarrollamos el poder social donde quiera que interactuamos podremos evitar lo que se denomina el pánico moral, que es “Reacción societal exagerada frente a un determinado grupo o un tipo de comportamiento que se extiende como síntoma de un malestar social y moral más general”.
José Martí, con gran propiedad señalaba que había que ir a la raíz de las cosas, de los hechos. Vivimos en una sociedad con una carencia, falencia inaudita en materia de informarnos. Damos como válido nuestro juicio de valor; graficando en un: Yo creo, a mí me parece.
Todo estudio, ya sea cualitativo o cuantitativo, lleva sobre sus hombros los actores involucrados, las muestras representativas y el cuadro comparativo para neutralizar el síndrome de la cultura del ombligo, de la autocomplacencia, para no ver lo que hay alrededor. La congoja que se anida en mi ser es ver que somos la séptima economía de la región, sin embargo, en términos de desarrollo humano, Costa Rica, Chile y Uruguay se encuentran muy por encima de nosotros. Cuando vemos la inversión en salud:
1) República Dominicana: 1.9% del PIB.
2) Costa Rica: 6% del PIB.
3) Uruguay: 10% del PIB.
4) Chile: 7% del PIB.
Los tres países referidos tienen democracia plena, en cambio, nuestro país tiene una democracia defectuosa, no obstante, un riesgo político mínimo. Costa Rica, Uruguay y Chile tienen la categoría de Grado de Inversión que la nación de Duarte y Luperón no ha logrado, con lo que ello representa y conlleva positivamente.
Hemos mejorado en materia de transparencia en los últimos 6 años, de 28 a 37 y de la posición 136 a la 99. Esto quiere decir que en el año 2000, 136 países de 180 estaban mejor que nosotros y que solo nos situábamos mejor que 44 países. El promedio de los 182 países evaluados por Transparencia Internacional fue de 42, colocando a Republica Dominicana por debajo con 5 puntos. En cambio, Costa Rica, Chile y Uruguay se encuentran muy por encima del promedio: 56, 63 y 73.
¿Qué explica esa desazón social, política e institucional, que cuasi nos desgarra al compararnos con otros países de la región? En Dominicana la circulación de la partitocracia es mínima, ello hace visible que parte del liderazgo de hace 36 años ocupe todavía un sitial de primer orden. Eso no ocurre en los países aludidos.
Verbigracia: Ricardo Lagos podía volver si hubiese querido ir de nuevo a la presidencia de Chile y no lo hizo. Michel Bachelet por igual. Oscar Arias Sánchez, de Costa Rica, lo propusieron para una tercera oportunidad y se negó. Manuel López Obrador, de México, ejerció su ejercicio presidencial y ni por un instante pensó en reformar la Constitución para volver. Pepe Mujica no volvió en Uruguay, ni María Sanguinetti. Nelson Mandela, de Sudáfrica, no volvió a la presidencia a pesar de que toda la sociedad aspiraba que volviera.
A veces pienso, como hipótesis, que no hemos llegado a un punto de inflexión álgido de conflictividad, porque en el imaginario del dominicano, 61 años después de la Revolución de Abril, esa epopeya, el acontecimiento más importante del Siglo XX, ha quedado signado, entre otros factores, que debemos respetar el orden institucional que en ella murieron más de 5,000 hombres y mujeres en tan solo cinco meses. La guerra es la política llevada al grado más alto del conflicto.
Esa ruptura institucional de 1963 derivó en la Revolución y a conducirnos a una mayor madurez política en la clase política. En los momentos difíciles, los actores políticos, empresariales, sociales, se han puesto de acuerdo (1978, 1986, 1990, 1994). Madurez no significa calidad política. La calidad política encierra los niveles y grados de transformación de la sociedad dominicana.
Aquí, problemas coyunturales han pasado a ser problemas estructurales:
1) Energía eléctrica,
2) Educación,
3) Salud,
4) Agua,
5) El déficit fiscal del Banco Central, desde el 2003.
6) Juventud.
7) Capital humano.
8) Ambiental.
9) Sistema pluvial y del alcantarillado del Gran Santo Domingo.
10) Seguridad ciudadana.
11) El eje transversal de la institucionalidad.
12) La problemática de la deuda (el pago de intereses ya es más alto que la inversión en educación).
El grado y calado de transformación de la sociedad dominicana tiene que cimentarse en el capital humano como soporte medular de los cambios estructurales, que derivarán en otros sustanciales como si fuese una cadena de valor. El capital humano somos nosotros, con conocimientos, habilidades, experiencias. Capital humano, en la sociedad digital, significa transformar la información en conocimiento.
Significa trascender el conocimiento en sí mismo para abordar, en la praxis, en competencia. Vale decir, el capital humano se convierte en un círculo virtuoso que lo toca todo y penetra, en consecuencia, en más capital social y genera mayor cohesión social.
El liderazgo que arribe a partir del 2028 tiene que enfocarse en una agenda definida, clara y con visión de futuro. Asumir, interiorizar cuatro o cinco desafíos nodales, empero, que los otros no disminuyan por el grado de priorización asumido. El país, la nación, la sociedad amerita de un nuevo liderazgo que no esté tan contaminado como los que han dirigido, algunos de los cuales se transformaron exponencialmente desde la perspectiva social y económica.
Alguien dijo una vez “La avaricia es un continuo vivir en la pobreza por miedo a ser pobre”.
Requerimos de un liderazgo que reconozca la importancia del empresariado como creadores de riqueza, pero donde las políticas públicas no estén subordinadas a los grupos corporativos. Deseamos actores políticos que no contemporicen con la corrupción y la impunidad.
Que se coloque a la altura de la circunstancia histórica que les ha tocado vivir. Ana Frank dijo una vez “¡Que maravilloso es que nadie necesite esperar un solo instante para empezar a mejorar el mundo!”.
