Escuálidos, Majunches y Sayonas



“Quienes han sido objeto de esa metralla verbal de la dictadura han respondido de manera diametralmente opuesta. María Corina Machado no ha entrado en ese lodazal. No ha convertido la política en un intercambio de improperios. No ha respondido a la injuria con más injuria. No ha confundido firmeza con estridencia. Ha hecho algo mucho más trascendente: ha elevado el debate a la altura de una nación que quiere reconstruirse”.

Por: Antonio Ledezma

Conviene decirlo con claridad, cuando un poder necesita insultar para sostenerse, ya ha confesado su fracaso.

Durante más de dos décadas, el aparato propagandístico de esa corporación criminal que usurpa el poder en Venezuela ha intentado degradar la política hasta convertirla en una feria de apodos. No han sabido gobernar con ideas, y por eso han pretendido gobernar con motes.

Como si la historia de un país pudiera escribirse a punta de burlas de esquina.

Así comenzó la infamia. Primero fueron los “escuálidos”. Luego los “majunche”. Más tarde los “apátridas”, los “pitiyanquis” y toda esa neolengua del desprecio diseñada para dividir a la nación en bandos irreconciliables. No era retórica espontánea, era una estrategia deliberada de deshumanización. Porque es más fácil perseguir a quien previamente has caricaturizado.

La lista de agravios es casi pintoresca, si no fuera tan reveladora. A Henrique Salas Römer lo redujeron a “Frijolito”, como si el debate político fuese un sketch de televisión. A Enrique Mendoza lo convirtieron en “Pato Donald”, en un intento infantil de descalificación. A Henrique Capriles lo etiquetaron como “majunche”, creyendo que la burla sustituye al argumento. Y en su fase más decadente, han querido rebautizar a Edmundo González como “inmundo”, confirmando que cuando el discurso se agota, lo que queda es la vulgaridad.

Ni María Corina Machado ha escapado de esa letanía de agravios. La han llamado “La Sayona”, entre otros epítetos que por respeto a la sindéresis que debe preservar esta tribuna prefiero no reproducir. Porque una cosa es denunciar la ignominia, y otra replicarla.

También fui objeto de ese repertorio de agravios.

Creyeron que me disminuían llamándome “vampiro”. Y la respuesta no la di yo, la dio la ciudadanía, que me honró con su voto mayoritario en las elecciones de 2008 y en 2013. Es que el venezolano, incluso en medio de la adversidad, conserva intacto un instinto moral: distingue entre la ofensa y la dignidad.

Es que esto es medular. El insulto no es un exceso, es una política de Estado. Es el lenguaje de un poder que no puede exhibir resultados y necesita fabricar enemigos. Es la coartada de un modelo que, incapaz de generar prosperidad, se alimenta del resentimiento.

Mientras tanto, quienes han sido objeto de esa metralla verbal han respondido de manera diametralmente opuesta. María Corina Machado no ha entrado en ese lodazal. No ha convertido la política en un intercambio de improperios. No ha respondido a la injuria con más injuria. No ha confundido firmeza con estridencia. Ha hecho algo mucho más trascendente: ha elevado el debate a la altura de una nación que quiere reconstruirse.

Sus palabras no están diseñadas para humillar, sino para convocar. Ha llamado a la unidad sin preguntar procedencias ideológicas. Ha tendido puentes entre sectores históricamente enfrentados. Ha presentado ideas, proyectos y una visión de país que devuelven sentido a la palabra futuro.

Y cuando ha tenido que hablar con firmeza, lo ha hecho sin ambages, con la claridad de quien no necesita disfrazar la verdad: “expropiar es robar”. Una frase que desmonta, en pocas palabras, todo el andamiaje del expolio.
Desde una perspectiva internacional, lo que ocurre en Venezuela no es un simple conflicto político: es un caso paradigmático de cómo los regímenes autoritarios degradan el lenguaje para justificar la represión.

Primero etiquetan, luego excluyen, finalmente persiguen. Es un patrón conocido en la historia contemporánea.

Pero hay algo que ese libreto no logró prever. El venezolano no se dejó reducir a esos motes. Ese al que llamaron “escuálido” hoy es un ciudadano global que compite con éxito en cualquier economía. Ese “majunche” despreciado es hoy parte de una diáspora que acumula talento, experiencia y capital humano. Y esa mujer a la que pretendieron descalificar como “Sayona” es hoy la líder que articula la esperanza de una transición democrática.

Tanto agravio para terminar exhibiendo su propia bancarrota moral. Porque el insulto, cuando se vuelve sistemático, deja de ser un arma… y se convierte en una confesión. Confesión de debilidad. Confesión de miedo. Confesión de que ya no convencen ni a los suyos. Conviene advertirlo: mientras ese coro de voces soeces sigue atrapado en su retórica de odio, Venezuela avanza —firme e indetenible— hacia la reconstrucción de su institucionalidad.

No será una tarea menor. Habrá que desmontar un entramado de expolio, restituir la seguridad jurídica, reconstruir la confianza y sanar las heridas de una sociedad fragmentada. Pero hay algo que ya está claro: el país que viene no se edificará sobre insultos, sino sobre ideas.

Porque al final, la historia no la escriben los que gritan más alto. La escriben los que tienen razón. Y esa razón —sostenida en la dignidad, la verdad institucional y la esperanza de una alborada— ya no hay quien la detenga.

Antonioledezma.net

Comparte esto!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *