Quien aspire a dirigir el país necesitará entender que la confianza pública ya no se obtiene únicamente con discursos o caravanas.
Marino Beriguete
Si las elecciones de 2028 fueran hoy, ninguno de los tres partidos principales obtendría la mayoría necesaria para imponerse en primera vuelta. El partido gobernante ha perdido capacidad para convencer porque sus errores se acumulan y buena parte de su dirigencia ha preferido promover figuras individuales antes que explicar resultados concretos. Así resulta difícil sostener una administración que necesita renovar credibilidad cada día. Las obras públicas no bastan cuando la comunicación oficial llega tarde o carece de sentido estratégico. La valoración ciudadana desciende lentamente y ese desgaste termina reflejándose en las encuestas.
La Fuerza del Pueblo enfrenta otro problema. Aunque conserva liderazgo reconocido, no parece contar hoy con suficientes dirigentes para cubrir todas las candidaturas con fortaleza territorial. Además, su dirección continúa dominada por figuras veteranas mientras una generación más joven espera espacios que nunca llegan. Esa distancia limita su capacidad para conectar con el electorado que decidirá la próxima competencia.
En el Partido de la Liberación Dominicana persisten las disputas internas. Todo indica que el candidato anterior volverá a imponerse mediante maniobras partidarias más que por entusiasmo ciudadano. Gonzalo tampoco parece reunir las condiciones para alcanzar la presidencia en ese escenario. Además, los comunicadores digitales y los canales de YouTube influirán cada vez más en la formación de opiniones políticas. Ningún partido puede ignorar ese cambio cultural ni responder con métodos pasados.
El panorama luce complicado porque la fragmentación crecerá si nadie logra construir acuerdos amplios. Tendremos un Estado más débil, un Congreso dividido entre varias fuerzas políticas y gobiernos municipales repartidos entre distintas organizaciones. Gobernar exigirá negociación permanentemente, capacidad para escuchar y disposición para corregir errores sin esperar nuevas crisis. La ciudadanía demandará resultados verificables y menos propaganda.
Quien aspire a dirigir el país necesitará entender que la confianza pública ya no se obtiene únicamente con discursos o caravanas. También deberá formar equipos competentes, abrir espacios para nuevos liderazgos y mantener una relación constante con la sociedad. De continuar esta tendencia, la segunda vuelta será inevitable y el próximo presidente asumirá con un mandato legítimo pero condicionado por una representación dispersa. Esa realidad obliga a revisar estrategias, y escuchar mejor al país antes de votar.
¿Quién ganará? Esperemos…
