Regreso entonces a aquella antigua afirmación sobre la nobleza del poeta.
Por Marino Beriguete
No recuerdo dónde leí que para ser buen poeta había que tener un alma noble, cierta pureza de pensamiento y respeto por la palabra. Quizás esta última condición la añadí yo con los años. La recordé mientras veía a Plinio Chahín llorar durante la presentación de su libro Manual para minotauros, en la Librería Cuesta.
Plinio daba las gracias a familiares y amigos cuando la emoción le impidió continuar durante unos segundos. No hubo cálculo ni preparación. Lloró delante de todos con la naturalidad de quien, llegado cierto momento de su vida, comprende cuánto debe a quienes permanecieron cerca. Los que estábamos allí aplaudimos.
Entre esos amigos estaban Soledad Álvarez, José Mármol y Basilio Belliard. Mármol y Belliard participaron como padrinos de la presentación. Los cuatro han sostenido durante décadas una conversación literaria hecha de poesía, ensayo, crítica, docencia, lecturas y discusiones. No siempre han pensado de la misma manera, como corresponde entre escritores, pero han compartido una dedicación persistente a la literatura.
Manual para minotauros no es un libro de poesía. Es un libro en prosa sobre escritores, obras y lecturas que han acompañado a Chahín. Allí aparece un autor formado durante años de lectura y escritura, atento a Lezama Lima y Saint-John Perse, pero dueño ya de un criterio reconocible. Su prosa tiene claridad, reflexión y disciplina. No pretende impresionar al lector mediante exhibiciones innecesarias. Busca decir aquello que considera necesario y hacerlo con precisión.
Quizás por eso aquel llanto resultó más importante que cualquier discurso de la noche. Vivimos tiempos en los cuales demasiadas personas sienten la obligación de presentarse como triunfadores, de anunciar sus reconocimientos y administrar públicamente cada éxito. Plinio hizo algo más sencillo: agradeció.
Regreso entonces a aquella antigua afirmación sobre la nobleza del poeta. No sé quién la escribió ni puedo asegurar que fuera exactamente así. Tampoco importa demasiado.
Lo cierto ocurrió ante nosotros. Plinio Chahín miró a su familia, recordó a sus amigos, habló de quienes lo acompañaron durante años y quiso seguir hablando. La voz no respondió. Había publicado un nuevo libro y estaba rodeado por gente querida. Entonces, sencillamente, Plinio Chahín también lloró públicamente.
Demuéstrame que estoy equivocado.
