El influencer político no quiere cambiar el país sino su número de seguidores y su campaña no empieza en el Sur, empieza en Instagram.
Marino Beriguete
El influencer político no es el futuro. Es un síntoma del presente.
El influencer político no es el futuro. Es un síntoma del presente.
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El influencer político no quiere cambiar el país, quiere cambiar su número de seguidores. Su campaña no empieza en las calles ni en las provincias del sur del país: empieza en su cuenta de Instagram, con un ring light encendido que dice “Cambio”.
Su discurso es una mezcla de frases motivacionales, indignación express y datos sacados de un hilo de Twitter. Dice que el pueblo está cansado, que hay que renovarlo todo, que llegó la hora de los jóvenes, de los limpios, de los “sin pasado político” … aunque a veces se le escapa que su tío fue ministro y su mamá empleada pública.
El influencer político no se mancha con ideologías. Eso está pasado de moda. Él prefiere decir que “no es de izquierda ni de derecha, sino de la gente”. Traducción: no sabe dónde está parado y prefiere que nadie le pregunte demasiado.
Habla bonito. Usa palabras como “disrupción”, “narrativas”, “ciudadanía empoderada”, “hackear el sistema”. Es carismático, sonríe siempre, se indigna por causas nobles, llora en vivo si hace falta. Tiene más likes que votos, pero con eso le alcanza para creerse presidenciable.
Su principal propuesta es él mismo. Su honestidad, su frescura, su cercanía. Cree que gobernar un país es una extensión natural de subir buenos reels. Piensa que, si logró movilizar 200 mil views en TikTok, puede manejar una deuda externa. Confunde comunidad con gobernabilidad. Confunde exposición con preparación.
Y claro, hay algo que no se puede negar: conecta. Porque la política tradicional se ha podrido tanto, que cualquiera que parezca “normal” se vuelve esperanza. Pero el problema no es cómo llega. El problema es qué pasa si gana.
Porque ahí ya no basta con caer bien. Hay que saber qué hacer. Y la historia está llena de influencers que, al llegar al poder, se dieron cuenta que los algoritmos no resuelven una crisis energética. Que no se puede bloquear a la oposición ni subir una historia para arreglar el desempleo
El influencer político no es el futuro. Es un síntoma del presente. Un país tan decepcionado de los políticos de siempre que prefiere elegir a alguien que al menos le caiga bien en el celular. Pero gobernar no es caer bien. Es hacerlo bien.
Demuéstrame que estoy equivocado
