Uno aprende que la mejor respuesta no es el desmentido, sino el silencio bien puesto, como una puerta cerrada.
Marino Beriguete
Los chismosos, en la era del espectáculo, no necesitan escenario propio; les basta el aliento ajeno, ese murmullo que corre como pólvora húmeda entre oficinas, pasillos y teléfonos encendidos.
Me dijo mi amigo Carlos que un actor, en su juventud, le enseñó a mirar el chisme como un ensayo en una sala de teatro donde no hay público: y la palabra todavía no cobra entrada ni aplauso. Pero añadió algo más peligroso: pero si le hace caso al chisme el ensayo se convierte en un espectáculo y las butacas empiezan a llenarse; llegan los curiosos, cronistas con hambre de titulares, mensajes que vibran en la palma de la mano, y, de pronto, la ficción se vuelve función continua en el teatro.
Pensé entonces que la lección era simple y feroz: no alimentar la maquinaria del ruido, no pagar entrada al teatro de los otros, porque siempre hay un mezquino que vigila cada gesto, cada pausa, cada sombra, para fabricar un argumento donde él sea juez y protagonista.
Hay que dejarlos sentados en su silla, con el libreto gastado, que finjan lectura o sabiduría de militancia antigua, mientras la vida ocurre afuera, con sus riesgos y sus avances.
Porque, en esta era del espectáculo, la tentación es llenar la sala de cualquier historia, pero la dignidad consiste en apagar la luz cuando la obra es mala, en salir sin ruido y dejar que el chismoso actúe solo, frente a un espejo que no devuelve aplausos.
Así, ese espectáculo pierde brillo, se queda sin coro, sin eco y sin esa multitud que convierte la miseria en noticia.
Y uno aprende, por fin, que la mejor respuesta no es el desmentido, sino el silencio bien puesto, como una puerta cerrada que obliga al ruido a quedarse afuera, donde siempre debió vivir, lejos de la conversación limpia de quienes prefieren vivir antes que comentar, y construir antes que destruir.
Porque, al final, el chisme es una obra breve, sostenida por la atención ajena; y cuando nadie mira, no cae solo el telón: se apaga la voz, se disuelve el personaje y queda, desnuda, la única verdad que no necesita público, la vida, avanzando sin permiso, sin aplausos y sin ellos.
Demuéstrame que estoy equivocado…
