Una nación no se sostiene solo por la geografía o el pasado familiar, sino por una empresa común hacia el futuro. J. Ortega y Gasset
Por Manuel Núñez Asencio
Al confrontar las circunstancias de Haití, con la clásica obra de Ortega y Gasset, la España invertebrada se nos revelan las semejanzas y se nos esclarece su realidad histórica.
La primera pregunta que surge, al contemplar el destino de Haití, no es por qué fracasó su economía ni por qué se desplomaron sus instituciones. La pregunta capital es otra: ¿qué fue realmente la revolución haitiana? ¿Fue una revolución creadora o una mera sustitución de dominadores? ¿Fue el alumbramiento de una nación o el cambio de manos del aparato de coerción?
Porque, a la luz de los hechos, la revolución no abolió enteramente el antiguo régimen: heredó algunas de sus estructuras más severas. El régimen colonial fue sustituido por una monarquía y una presidencia vitalicia. Es decir que mientras Francia buscaba un porvenir republicano; Haiti se sumergía en las profundidades del absolutismo. El colono francés desapareció, pero no desapareció la compulsión del trabajo; la plantación fue combatida, pero el Estado procuró reconstruirla; el látigo del capataz fue condenado, más la corvée reapareció bajo otras formas y el látigo fue sustituido por la vara de jagüey . El campesino que había soñado la libertad descubrió pronto que la independencia política no equivalía a la emancipación social.
¿Acaso no se produjo entonces esa amarga ironía de la historia por la cual una revolución acaba realizando una contrarrevolución? La élite blanca criolla fue reemplazada por una élite negro-mulata que conservó buena parte de la maquinaria administrativa y económica heredada. Cambiaron los hombres, pero no siempre cambió el principio rector. El poder siguió concibiéndose como apropiación antes que como servicio; el Estado, como patrimonio antes que como misión.
Y aquí surge la interrogante orteguiana: ¿existe hoy en Haití un proyecto sugestivo de vida en común? Porque una nación no vive de su gloria inaugural. Vive del porvenir que promete. La independencia fue un acto inmenso, pero ¿qué empresa colectiva la sucedió? ¿Qué ideal fue capaz de congregar, más allá del recuerdo revolucionario, a las élites urbanas y a las masas campesinas? ¿Dónde está ese «mañana imaginario» del que hablaba Ortega, capaz de disciplinar el presente y ordenar los sacrificios del hoy? No conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo
Tal vez la tragedia haitiana consista precisamente en la ausencia de ese mañana. La revolución destruyó un orden, pero no logró edificar otro que suscitara adhesión duradera. El país quedó suspendido entre la memoria heroica y la imposibilidad de traducir esa memoria en organización estable.
Y entonces aparece el particularismo, esa enfermedad de las naciones que Ortega describió con tan penetrante lucidez. ¿Cómo pueden reconciliarse esos compartimentos estancos que son la élite occidentalizada y las masas rurales? ¿Cómo restaurar la sensibilidad mutua entre grupos que hace mucho dejaron de reconocerse?
La élite haitiana ha mirado frecuentemente hacia afuera. Primero hacia Francia; después hacia Norteamérica. Ha educado a sus hijos en lenguas y valores extranjeros, mientras el campesinado permanecía anclado en sus propias tradiciones, en el criollo y en las creencias populares. Se ha producido así una fractura espiritual: dos Haití coexistiendo sobre el mismo suelo sin llegar a constituir una unidad moral.
¿No es ésta la más grave de las invertebraciones? Porque una nación puede soportar la pobreza; puede incluso sobrevivir a las guerras civiles. Lo que difícilmente soporta es que sus clases dirigentes dejen de reconocerse en el pueblo y que el pueblo, a su vez, contemple a sus dirigentes como extraños.
Surge entonces otra pregunta, acaso más severa: ¿ha desertado la élite haitiana de su misión histórica?
En toda sociedad existen minorías rectoras. No porque la sangre las distinga, sino porque el mérito las obliga. Pero cuando la minoría deja de ser ejemplar y se convierte en simple beneficiaria del poder, la nación pierde su centro nervioso. Ya no hay dirección, sino administración del privilegio.
¿No ha ocurrido esto repetidas veces en Haití? ¿No se ha reducido el Estado a un mecanismo de enriquecimiento privado? ¿No han sido demasiados los gobernantes que administraron la ruina mientras acumulaban fortunas? Si así ha sido, no debe extrañar que el pueblo haya perdido la fe en la autoridad y que la palabra patria haya dejado de suscitar entusiasmo.
Pero tampoco puede absolverse a las masas de toda responsabilidad. Ortega advertía contra la aristofobia: el rechazo sistemático a toda excelencia, la sospecha hacia cualquiera que pretenda dirigir con autoridad moral. Una sociedad donde nadie quiere obedecer y donde todos desconfían del mérito termina entregándose al imperio de los peores.
¿No es ésa la amarga realidad del Haití contemporáneo?
Las bandas armadas no son una anomalía histórica. Son la expresión extrema del vacío institucional. Allí donde el Estado desaparece, la fuerza ocupa su lugar. Allí donde la ley deja de inspirar respeto, el fusil se convierte en árbitro. El imperio de las bandas no es la causa última del desorden; es su consecuencia más visible.
Y todavía queda la cuestión más profunda, la que toca el fundamento mismo de la nación: ¿puede un Estado sostenerse únicamente sobre la raza?
La revolución proclamó que todos los ciudadanos serían negros. Fue una afirmación política comprensible en su hora, una respuesta al orden colonial. Pero la biología no basta para fundar una comunidad histórica. La sangre no sustituye a las instituciones; el color no reemplaza al derecho; la memoria del agravio no puede ser el único cemento de una sociedad.
Ortega habría dicho que la nación es una obra de incorporación continua. No basta con compartir el origen; es preciso compartir el destino. Y cuando el destino colectivo se disuelve, la identidad racial puede transformarse en refugio emocional, pero difícilmente en programa político.
Finalmente surge la pregunta más dolorosa: ¿por qué el Estado haitiano parece desfallecer cada vez que se enfrenta a la responsabilidad de sostenerse por sí mismo?
¿Por qué esa reiterada dependencia de potencias extranjeras, de misiones internacionales, de ayudas perpetuas? ¿Por qué esa incapacidad para convertir la soberanía formal en soberanía efectiva?
Quizá porque la independencia, por gloriosa que sea, no garantiza la existencia nacional. La libertad no consiste solamente en expulsar al extranjero. Consiste, sobre todo, en crear instituciones que sobrevivan a los hombres y en cultivar una voluntad colectiva que haga del sacrificio un deber compartido.
He ahí la paradoja de Haití: fue la primera república negra del mundo y, sin embargo, todavía parece buscar el principio espiritual que transforme aquella hazaña en una nación plenamente vertebrada.
La revolución prometió la redención. La historia, sin embargo, ha sido más severa que las ilusiones revolucionarias. Y acaso la lección más amarga sea ésta: las revoluciones destruyen con rapidez; las naciones, en cambio, sólo se construyen lentamente, mediante la disciplina, la continuidad y esa difícil virtud que consiste en anteponer el destino común a las pasiones del instante.
Haití nació de una de las más extraordinarias revoluciones de la edad moderna. Su independencia fue una hazaña militar y moral sin precedentes. Pero la victoria contra el enemigo exterior no resolvió el problema más arduo: la articulación interior de la comunidad. La nación se constituyó sobre una negación —la abolición de la esclavitud y la expulsión del colono—, pero no siempre consiguió traducir aquella negación en una obra positiva y continua. Ortega observó que las naciones no subsisten por la memoria de sus triunfos, sino por la ilusión de sus mañanas. Allí donde falta ese «mañana imaginario», los grupos humanos dejan de sentirse asociados y comienzan a vivir como islas.
Tal parece ser, en esta lectura, el drama haitiano. No una escasez de energía histórica, sino una dispersión de ella. Cada grupo ha tendido a vivir para sí mismo, como si la nación fuese un accidente y no un destino. Las élites urbanas, educadas frecuentemente en modelos extranjeros, buscaron durante largos períodos la legitimidad fuera de sí mismas. Las masas rurales, guardianas de tradiciones profundas y de una cultura vigorosa, quedaron muchas veces separadas de los centros de decisión. Entre unas y otras no siempre se estableció ese intercambio de ejemplo y adhesión que Ortega consideraba la sustancia misma de la sociedad.
Pedro Henríquez Ureña habría advertido que las culturas no perecen por falta de inteligencia, sino por ausencia de armonía. Y Haití parece haber padecido precisamente esa dificultad: la de reunir en una sola corriente espiritual elementos históricos diversos. El criollo y el francés, la ciudad y el campo, la herencia africana y la aspiración occidental, la revolución y la administración; todo ello coexistió, pero no siempre se integró.
El país se asemeja entonces a un archipiélago social, cuyos puentes son frágiles y cuyos habitantes se observan con recelo o indiferencia.
Ortega llamó a este fenómeno particularismo. Cada grupo cree representar la totalidad y deja de contar con los demás. La consecuencia inevitable es que la nación pierde elasticidad. Ya no es un organismo vivo, sino una yuxtaposición de voluntades divergentes. El Estado deja de ser el árbitro y se convierte en el botín. Las instituciones ya no son la expresión de una empresa común, sino el escenario de disputas sucesivas.
De ahí que el filósofo español hubiese visto con preocupación la reiteración de crisis políticas, golpes de Estado, intervenciones extranjeras y fracturas sociales. No porque estos episodios sean la causa del mal, sino porque son sus síntomas.
La enfermedad reside más hondo: en la dificultad de crear una conciencia nacional capaz de sobreponerse a los intereses inmediatos y a las divisiones heredadas.
En España invertebrada, Ortega atribuye gran importancia a las minorías rectoras. No se refiere a una aristocracia de sangre ni de riqueza, sino a una aristocracia del mérito y del servicio. Una nación se sostiene cuando sus mejores hombres y mujeres se sienten obligados a dar ejemplo, y cuando la sociedad reconoce en ellos una autoridad moral. Cuando las élites desertan de esa misión, o cuando la sociedad deja de creer en ellas, sobreviene la crisis de la ejemplaridad.
Esta reflexión puede iluminar ciertas etapas de la historia haitiana. Allí donde las élites se repliegan sobre sí mismas, donde la educación se divorcia de las necesidades colectivas o donde el éxito individual se mide por la distancia respecto del país, aparece una suerte de desarraigo interior. No es únicamente emigración física; es emigración espiritual. El país deja de ser una obra por realizar y se convierte en una fatalidad de la que conviene escapar.
Ortega habría considerado esto una forma extrema de invertebración. Porque una nación existe mientras sus hijos creen que vale la pena construirla. Cuando esa fe se debilita, las instituciones se erosionan, la autoridad pierde prestigio y la acción directa ocupa el lugar de la ley. Las bandas, los caudillos o los poderes fácticos no crean el desorden; prosperan allí donde el orden ha dejado de ser una convicción compartida.
Sin embargo, la filosofía orteguiana no es una filosofía del fatalismo. En sus páginas late siempre la idea de que los pueblos pueden rehacerse si recuperan un proyecto sugestivo de vida en común. Ninguna decadencia es irreversible mientras exista energía moral. Ninguna fractura es definitiva mientras subsista la voluntad de integración.
Tal vez ahí resida la enseñanza más profunda que España invertebrada ofrece para comprender a Haití. Los pueblos no están condenados por su origen, por su raza ni por sus desgracias históricas. Están amenazados únicamente cuando renuncian a imaginar un futuro común. La nación no es la tierra, ni la sangre, ni siquiera la memoria; es la decisión cotidiana de vivir juntos para algo.
Y acaso sea esa la pregunta que Ortega dirigiría a Haití: no qué fue, sino qué quiere ser. Porque una sociedad empieza a sanar el día en que deja de contemplar sus ruinas y vuelve a concebir, con serenidad y esperanza, la arquitectura de su porvenir.
El drama de Haití no consiste únicamente en su pobreza ni en la fragilidad de sus instituciones; reside, sobre todo, en la dificultad de haberse constituido como una comunidad de destino. Tal es la conclusión a la que convergen, desde perspectivas distintas, James G. Leyburn, Pascal Boniface y, por vía filosófica, José Ortega y Gasset. Todos ellos entrevén una nación fracturada, donde las partes no han logrado fundirse en un organismo armónico y duradero.
La revolución de 1804 destruyó el orden colonial y realizó una hazaña que asombró al mundo, pero no consiguió abolir enteramente las estructuras espirituales que aquel había dejado. La élite blanca desapareció; en su lugar surgió una minoría negro-mulata que, con frecuencia, reprodujo antiguas formas de separación social y de concentración del poder. La independencia política no se tradujo siempre en integración nacional. El país quedó dividido entre una minoría urbana, educada en modelos extranjeros, y una vasta masa campesina que desarrolló sus propias formas de resistencia y supervivencia.
Esta fractura produjo una suerte de colonización interior. Las élites buscaron reconocimiento fuera de sus fronteras y miraron hacia París, luego hacia Nueva York, mientras las masas rurales permanecían apartadas de los centros de decisión. Así nació un doble Haití: el oficial y el real, el de la administración y el de la subsistencia, el del francés y el del criollo. Entre ambos fue desapareciendo la sensibilidad mutua hasta convertir a la nación en un conjunto de compartimentos estancos.
A esa división se añadió una pérdida gradual de confianza en las propias fuerzas. La epopeya revolucionaria permaneció como un recuerdo glorioso, pero el presente fue acumulando frustraciones: gobiernos efímeros, intervenciones extranjeras, corrupción y violencia. El Estado dejó de ser una empresa colectiva para convertirse muchas veces en instrumento de facciones o en mecanismo de enriquecimiento privado. Allí donde la ley perdió prestigio, la fuerza ocupó su lugar; y donde las instituciones dejaron de inspirar respeto, surgieron los poderes armados y la acción directa.
El resultado es una nación que parece vivir más de la memoria de su origen que de la esperanza de su porvenir. Haití conquistó tempranamente la independencia, pero todavía busca esa independencia más profunda y difícil que consiste en reconciliar a sus clases, restaurar la ejemplaridad de sus élites y ofrecer a todos sus hijos una empresa común capaz de suscitar adhesión y sacrificio.
Porque las naciones no se sostienen por la raza, ni por la gloria pasada, ni siquiera por el recuerdo de sus héroes. Se sostienen por la voluntad de continuar juntas. Y acaso el problema fundamental de Haití sea precisamente ése: haber ganado la libertad sin haber alcanzado todavía la plena vertebración de su destino histórico.
La comparación entre Dantès Bellegarde y José Ortega y Gasset conduce a una conclusión tan sugestiva como dolorosa: Haití no ha perecido por falta de heroísmo ni por ausencia de inteligencia, sino por la dificultad de convertir ambas virtudes en una empresa nacional permanente. El primero quiso demostrar al mundo que Haití era una nación culta, heredera a la vez de África y de Francia, capaz de integrarse en la civilización universal sin renunciar a su personalidad histórica; el segundo enseñó que ninguna nación subsiste por la sola virtud de su pasado, sino por la existencia de una minoría ejemplar y de un ideal colectivo que mantenga unidas a sus partes.
Allí donde ambos pensamientos se encuentran, emerge el verdadero drama haitiano.
Bellegarde contempla a Haití con el fervor del patriota ilustrado. Quiere rescatarla de la caricatura que la reduce a revoluciones, tiranías y desórdenes. Busca en su historia las pruebas de una vocación superior, insiste en la capacidad intelectual de sus élites y en la riqueza espiritual de su tradición. Pero precisamente porque ama a su patria, deja entrever la herida que la corroe: la distancia inmensa entre esa minoría cultivada y la masa popular, entre el Haití que piensa y el Haití que sobrevive.
Ortega habría reconocido en esa fractura el síntoma inequívoco de la invertebración. Porque una nación no es la mera coexistencia de hombres sobre un territorio; es una solidaridad activa, una circulación continua de energías morales entre quienes dirigen y quienes siguen. Cuando esa circulación se interrumpe, el cuerpo social pierde sensibilidad; sus órganos dejan de colaborar; las partes viven separadas, y la nación, aunque conserve sus fronteras, empieza a disolverse interiormente.
Tal parece haber sido la tragedia haitiana. La independencia creó un Estado, pero no logró siempre fundar una comunidad orgánica. La élite, a la que Bellegarde atribuye altas cualidades intelectuales, no consiguió integrar a la masa rural en un proyecto común ni hacer de la cultura un instrumento de cohesión nacional. La energía espiritual se concentró en pequeños círculos urbanos, mientras vastos sectores del país permanecían aislados por la pobreza, el analfabetismo y la desconfianza.
De ahí nace la paradoja que ambos autores, cada uno a su manera, dejan planteada: Haití posee una conciencia heroica de su origen, pero una conciencia incierta de su destino. Ha exaltado la epopeya de la independencia, pero no siempre ha logrado convertir esa memoria en una disciplina creadora. Ha producido hombres de letras, diplomáticos y pensadores de gran talla, pero no ha conseguido que la cultura descienda hasta las raíces profundas de la nación y haga vibrar al unísono a todos sus hijos.
El resultado es ese fenómeno que Ortega llamaría un cuerpo sin columna vertebral: una nación donde la autoridad moral se debilita, donde las élites y las masas dejan de contar unas con otras y donde el Estado pierde progresivamente su capacidad de representar el interés general. No es una ruina material lo que se contempla, sino una atrofia de las funciones superiores del organismo nacional.
Sin embargo, ni Bellegarde ni Ortega fueron hombres resignados al fatalismo. Ambos creyeron que los pueblos pueden rehacerse cuando recuperan la conciencia de su misión. Pero esa restauración exige algo más que reformas administrativas o consignas revolucionarias. Exige una minoría que vuelva a ser ejemplar, una masa que recobre la confianza en sí misma y, sobre todo, un proyecto de vida en común que sustituya la dispersión por la solidaridad.
Porque las naciones no se salvan únicamente por sus héroes fundadores.
Se salvan cuando cada generación encuentra una razón para continuar la obra inconclusa de las anteriores. Y acaso el drama más hondo de Haití sea precisamente éste: haber conquistado muy temprano la libertad política y seguir buscando, todavía, la difícil arquitectura espiritual que haga de esa libertad una nación plenamente realizada.
Referencias bibliográficas
- Bellegarde, D. (1953). Haití et son peuple. Paris: Nouvelles Éditions latines. (Edición digital producida en 2016 por Jean-Marie Tremblay para Les classiques des sciences sociales).
- Casséus, J. (2017). Bossales et Créoles : développement du capitalisme et processus de racisation en Haïti (Tesis doctoral). Université du Québec à Montréal.
- Filosofía Desatada. (s.f.). DOCUMENTAL Ortega y Gasset | Análisis completo de España Invertebrada [Archivo de video]. YouTube.
- Larose, S., & Sanon, G. F. (2024). Créolité, bossalité et au-delà: penser la complexité de l’identité haïtienne. Cahiers internationaux de sciences sociales, 1(1). Éditions Charesso.
- Leyburn, J. G. (1946). El pueblo haitiano (J. M. Castelao, Trad.). Buenos Aires: Editorial Claridad. (Obra original publicada en inglés como The Haitian People).
- Ortega y Gasset, J. (1921). España invertebrada: Bosquejo de algunos pensamientos históricos. Madrid: Calpe.
- Palabras desde el sótano. (s.f.). «España invertebrada» de Ortega y Gasset (resumen) [Archivo de video]. YouTube.
- Ruiz Fernández, J. (2008). La idea de filosofía en Ortega y Gasset (Tesis doctoral). Universidad Complutense de Madrid.
- YouTube Source. (s.f.). Haïti, un avenir spolié | Expliquez-moi… [Archivo de video]. YouTube (Referencia identificada en el estado del cuaderno)
