Por Daniel Toribio
Ese escenario obliga a escoger entre decisiones incómodas. Reducir el déficit ayuda a contener las presiones inflacionarias. Incrementar el gasto impulsa la actividad en el corto plazo, pero dificulta el retorno de la inflación hacia la meta del banco central. Ahí entra en juego el factor lame duck. No cambia por sí solo el resultado de una votación, pero sí puede inclinar decisiones cuando las mayorías son estrechas.
Cuando desaparece la presión de la reelección, cambia la forma de hacer política.
En la política estadounidense existe una expresión: lame duck. Se refiere al funcionario que ya anunció su retiro o decidió no buscar la reelección y, por tanto, quedó liberado de la presión de las urnas.
Conserva todas sus facultades, pero ya no necesita convencer al electorado. Esa circunstancia modifica sus incentivos y, en algunos casos, también la forma en que vota.
El concepto cobra importancia cuando se acercan las elecciones de medio término de noviembre.
En esa etapa, el Congreso entra en modo electoral. Los legisladores que aspiran a otro mandato suelen medir el costo político de cada voto. Los lame ducks disponen de mayor margen para respaldar acuerdos difíciles o rechazar iniciativas que responden más al cálculo electoral que a la racionalidad económica.
Varios senadores republicanos atraviesan esa etapa. Permanecerán en sus cargos hasta enero de 2027 y seguirán decidiendo sobre impuestos, gasto público, endeudamiento, leyes y confirmaciones de funcionarios.
La economía amplifica ese efecto.
Estados Unidos creció a una tasa anualizada de 1.5 % en el segundo trimestre de 2026, por debajo del 2.1 % del primero. El consumo privado se aceleró, pero la caída del gasto público y la reducción de inventarios moderaron el crecimiento. La economía sigue expandiéndose, aunque perdió impulso.
La inflación tampoco terminó de ceder.
El índice de precios del gasto en consumo personal, principal referencia de la Reserva Federal aumentó 3.7 % interanual en junio. La inflación subyacente alcanzó 3.3 %. Ambas permanecen por encima de la meta de 2 %, razón por la cual la Fed mantiene una política monetaria restrictiva.
Ese escenario obliga a escoger entre decisiones incómodas. Reducir el déficit ayuda a contener las presiones inflacionarias. Incrementar el gasto impulsa la actividad en el corto plazo, pero dificulta el retorno de la inflación hacia la meta del banco central.
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Ahí entra en juego el factor lame duck.
No cambia por sí solo el resultado de una votación, pero sí puede inclinar decisiones cuando las mayorías son estrechas. Esa posibilidad aumenta su importancia en un Senado dividido y en un año marcado por la presión electoral.
Mientras muchos legisladores analizan cada decisión pensando en la próxima campaña, quienes ya no volverán a las urnas tienen mayor libertad para apoyar un acuerdo fiscal impopular, exigir disciplina presupuestaria o bloquear propuestas concebidas con fines electorales.
Eso no significa que siempre votarán distinto. Significa que el cálculo electoral pesa menos sobre sus decisiones.
Las elecciones de medio término suelen convertirse en un examen sobre la economía. En ese escenario, el voto de quienes ya no dependen del próximo comicio puede influir más de lo que su número sugiere.
